lunes, 15 de marzo de 2010

No hemos aprendido nada

El pasado viernes, 12 de marzo, el presidente de la comisión económica de la CEOE, José Luis Feito, declaró abiertamente su opinión (aquí) de que, sin “contracción salarial”, no hay salida de la crisis que valga. Los trabajadores tienen que aprestarse a ver reducidos sus salarios, y los parados mucho más, y más cuánto más tiempo permanezcan en el paro.

Es un ejemplo manifiesto de que el ser humano es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra, o, como decía Churchill, un ser incapaz de elegir lo mejor incluso cuando todas las demás opciones han sido descartadas. (Gracias, Jorge Hurtado, por la cita). A mediados de la década de 1930, Gran Bretaña había acertado a evitar el garrafal error cometido en Estados Unidos al dejarse caer a los mayores bancos (como nosotros mismos hemos conseguido evitarlo ahora) pero sus estadistas incurrieron en la simpleza de creer que el problema eran los salarios. ¿Por qué no invierten los empresarios?, era la pregunta lógica. Y la no menos lógica respuesta era: porque no ganan bastante. ¿Y por qué no ganan bastante? Porque no hay suficiente demanda. ¿Y por qué no hay suficiente demanda? Porque los precios siguen estando demasiado altos. Al dar esta última respuesta, ya se estaba metiendo la pata. Al añadir: “y los precios continúan altos porque los salarios también lo están”, la pata se había hundido hasta el corvejón, como suele decirse. La respuesta correcta era: porque falta dinero para sostener un mayor volumen de renta agregada, al actual nivel de precios o incluso a un nivel de precios ligeramente superior.

Durante varios años, los británicos – en realidad, los residentes en toda la Commonwealth – vieron cómo precios y salarios descendían en una vertiginosa espiral deflacionista. Los productos se “abarataban” pero al hacerlo traían consigo nueva destrucción de dinero (porque el dinero se destruye sin necesidad de quemar billetes: ¡ah!, ¿qué no lo sabían?) y, al destruirse, el escaso que iba quedando se encarecía, o lo que es lo mismo, reclamaba mayores cantidades de bienes y servicios que habían de traducirse en nuevas rebajas de precios (y salarios); y así sucesivamente, en un cuento de nunca acabar.

Los británicos nunca salieron por sí mismos de la trampa. Fueron los estadounidenses, que bajo la presidencia de Hoover habían cometido el error de 1932 con los bancos, pero que a partir de1933 con Roosevelt escarmentaron en cabeza ajena y comprendieron que la salida no estaba en atizar la espiral deflacionista, sino en un esfuerzo vigoroso por hacer subir los precios y salarios. La economía, con frecuencia, es contraria a la intuición.

Utilizaré una imagen para hacer el asunto más comprensible. Estamos empantanados con el automóvil en el barro. Se trata de salir, en eso hay acuerdo. Pero no acelerando, pues así nos hundimos más y más. La forma es ganar tracción con cualquier cosa que tengamos a mano. La economía española tiene que ganar tracción para continuar avanzando. No realmente para salir, todavía, porque no se trata de un simple charco sino de un verdadero pantano cuyo final no está a la vista. Lo seguro, sin embargo, es que si nos empeñamos en acelerar, nos hundimos en las arenas movedizas.

Todo esto, claro está, suena a marciano también a la ortodoxia financiera, cuya sola estrategia es parar el motor, decir “Hasta aquí hemos llegado”, y esperar a que las locomotoras del crecimiento vengan a remolcarnos. El único problema es que las famosas locomotoras o están tan empantanadas como nosotros, o habiendo salido ya del pantano no quieren entrar de nuevo en él a remolcarnos. En el primer caso reconocerán ustedes a Estados Unidos, Japón y Alemania; en el segundo, a China.

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@purgatecon

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