miércoles, 29 de diciembre de 2010

CNN+ y la deflación cualitativa

Anoche asistí a una ceremonia inusual y por demás triste, el final de las emisiones de CNN+. Ya conocía su inminencia desde días atrás, pero esperaba que se produjera hoy a medianoche. De modo que, cuando llegué anoche a casa y sintonicé el canal, a las 23.30, me sorprendió escuchar a Benjamín López – gran presentador, ojalá volvamos a verle pronto, donde sea – anunciando que eran los últimos minutos de emisión. La escenificación, más que digna, fue dignísima, a pesar de la enorme trascendencia del hecho. La propietaria PRISA hizo leer una nota explicando que el canal ha sido deficitario desde que se fundó, hace doce años, y que en los últimos tres años había perdido 40 millones de euros, con expectativas no mejores para los próximos tres. A continuación, los trabajadores, en el único y postrer gesto de muy comedida disconformidad, hablaron de “frías cifras, que no conocen de ilusiones y esfuerzos”. A las 00.00 en punto de hoy, la señal de CNN+ fue sustituida por la carta de ajuste del nuevo canal, que pasa a ocupar su vacío: GH24, o sea, Gran Hermano non-stop.

La desaparición de CNN+ es una metáfora de lo que no dudo en llamar deflación cualitativa. Sostengo desde hace casi dos años que estamos en una situación inherentemente deflacionista. Muchos ignorantes desprecian esta afirmación porque ven subir el IPC; este año, dos puntos porcentuales. Pero puede haber deflación aunque los precios no bajen, y no bajan por los esfuerzos que están haciendo el Banco Central Europeo y los gobiernos de la Unión Europea. Los precios tendrían que bajar porque cada vez hay menos demanda para productos de calidad. Pero, como no bajan, lo que ocurre es que el sistema ajusta costes a la baja, y donde no los puede ajustar, sustituye productos costosos y de calidad superior por productos baratos y de ínfima calidad. La excelencia es sustituida por basura: deflación cualitativa.

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lunes, 31 de mayo de 2010

Escasea el crédito. ¿Por qué?

La escasez de crédito en España tiene un origen claro: el exceso de endeudamiento de familias y empresas. Ahora bien, muy poca gente parece entender de dónde viene este exceso de endeudamiento. Muchos se apuntan a la teoría de que los españoles hemos estado viviendo por encima de nuestras posibilidades durante años. Una idea muy conveniente para quienes quieren convencernos de que tenemos que ser más pobres, y actuar consecuentemente con ello, para salir de la crisis.

Siempre que alguien sugiere que tengo que hacerme a la idea de ser más pobre, temo que me robe o me haya robado ya la cartera. Es una idea que no se sostiene, y hace falta ser especialmente tonto para creérsela. Uno puede vivir por encima de sus posibilidades cuando alguien le subvenciona. A nosotros nos ha subvencionado la Unión Europea, mediante fondos estructurales y otras ayudas: unos 210.000 millones de euros entre 1989 y 2006, 12.000 millones al año de promedio, menos del 2 por ciento del PIB en el mejor de los años. Eso es lo que hemos perdido. No explica ni de lejos nuestros problemas.

¿Cómo nos hemos endeudado tanto, entonces? No nos endeudado por vivir por encima de nuestras posibilidades, sino por invertir en lo que nunca podremos rentabilizar; fundamentalmente, en vivienda. Ahora ha corrido la cifra de 150.000 millones de créditos de difícil cobro que gravita a corto plazo sobre la solvencia de la banca. ¿Qué es esto? Hay, según estimaciones, un parque de 700.000 viviendas puestas a la venta pero invendibles. A un crédito medio ligeramente superior a 200.000 euros por vivienda, resultan los 150.000 millones de euros. Eso es el 15 por ciento del PIB

Pero eso es sólo el parque de viviendas puestas a la venta. ¿Cuál es el volumen de viviendas de alquiler que van a estar permanentemente subocupadas, sobre todo en la costa de Levante, mientras no salgamos de la crisis o incluso después? Se habla de un billón de euros. Eso es casi el 100 por cien del PIB. Así se explica fácilmente la práctica totalidad de nuestro endeudamiento privado. Mientras todas esas viviendas no se amorticen – y se amortizan muy lentamente, pueden creerme – la economía española no será capaz de generar recursos para renovar la oferta de crédito al sector privado. En la financiación de las viviendas, está enganchado el sistema bancario. En el “disfrute” de la inversión estamos empantanados todos.

¿Vivir peor resuelve algo? Bueno, permite reducir el apalancamiento algo más deprisa. Pero el problema no es el largo plazo. La solución natural pasa por una reducción drástica del precio de la vivienda, no en el 30 por ciento que se dice que ha ocurrido ya, sino en mucho más. ¿Hasta dónde? Hasta que resulte tan barata que el resto del mundo vuelva a invertir en ella, se subrogue en las hipotecas y nos libere anticipadamente de la deuda.

Durante el debate en la Facultad de Económicas de la Complutense, el pasado día 20, se insinuó que el modelo del ladrillo tenía su origen en la mala calidad del mercado laboral español. Esto es coger el rábano por las hojas. Más acertado estuvo José Manuel Campa, secretario de Estado de Economía hace un año, cuando sugirió que el modelo de ladrillo y turismo es nuestro destino. La solución natural es especializarnos en sol y playa, que es lo que tenemos, lo mismo que otros tienen petróleo o una mano de obra frugal y laboriosa. Lo único que tenemos que encontrar es un nivel de precios que sea competitivo.

¿Dónde está el riesgo? Si los precios de la inversión residencial caen demasiado deprisa, los impagados hipotecarios aumentarán. Los bancos se harán con un parque de viviendas cada vez mayor, y cada vez menos valioso. La crisis bancaria está, así pues, como se suele decir, servida. Por eso, frenando la salida de su parque de viviendas al mercado, el sistema bancario hace lo posible para impedir la caída de precios. Impedirla es también la prioridad de todos.

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@purgatecon

lunes, 15 de marzo de 2010

No hemos aprendido nada

El pasado viernes, 12 de marzo, el presidente de la comisión económica de la CEOE, José Luis Feito, declaró abiertamente su opinión (aquí) de que, sin “contracción salarial”, no hay salida de la crisis que valga. Los trabajadores tienen que aprestarse a ver reducidos sus salarios, y los parados mucho más, y más cuánto más tiempo permanezcan en el paro.

Es un ejemplo manifiesto de que el ser humano es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra, o, como decía Churchill, un ser incapaz de elegir lo mejor incluso cuando todas las demás opciones han sido descartadas. (Gracias, Jorge Hurtado, por la cita). A mediados de la década de 1930, Gran Bretaña había acertado a evitar el garrafal error cometido en Estados Unidos al dejarse caer a los mayores bancos (como nosotros mismos hemos conseguido evitarlo ahora) pero sus estadistas incurrieron en la simpleza de creer que el problema eran los salarios. ¿Por qué no invierten los empresarios?, era la pregunta lógica. Y la no menos lógica respuesta era: porque no ganan bastante. ¿Y por qué no ganan bastante? Porque no hay suficiente demanda. ¿Y por qué no hay suficiente demanda? Porque los precios siguen estando demasiado altos. Al dar esta última respuesta, ya se estaba metiendo la pata. Al añadir: “y los precios continúan altos porque los salarios también lo están”, la pata se había hundido hasta el corvejón, como suele decirse. La respuesta correcta era: porque falta dinero para sostener un mayor volumen de renta agregada, al actual nivel de precios o incluso a un nivel de precios ligeramente superior.

Durante varios años, los británicos – en realidad, los residentes en toda la Commonwealth – vieron cómo precios y salarios descendían en una vertiginosa espiral deflacionista. Los productos se “abarataban” pero al hacerlo traían consigo nueva destrucción de dinero (porque el dinero se destruye sin necesidad de quemar billetes: ¡ah!, ¿qué no lo sabían?) y, al destruirse, el escaso que iba quedando se encarecía, o lo que es lo mismo, reclamaba mayores cantidades de bienes y servicios que habían de traducirse en nuevas rebajas de precios (y salarios); y así sucesivamente, en un cuento de nunca acabar.

Los británicos nunca salieron por sí mismos de la trampa. Fueron los estadounidenses, que bajo la presidencia de Hoover habían cometido el error de 1932 con los bancos, pero que a partir de1933 con Roosevelt escarmentaron en cabeza ajena y comprendieron que la salida no estaba en atizar la espiral deflacionista, sino en un esfuerzo vigoroso por hacer subir los precios y salarios. La economía, con frecuencia, es contraria a la intuición.

Utilizaré una imagen para hacer el asunto más comprensible. Estamos empantanados con el automóvil en el barro. Se trata de salir, en eso hay acuerdo. Pero no acelerando, pues así nos hundimos más y más. La forma es ganar tracción con cualquier cosa que tengamos a mano. La economía española tiene que ganar tracción para continuar avanzando. No realmente para salir, todavía, porque no se trata de un simple charco sino de un verdadero pantano cuyo final no está a la vista. Lo seguro, sin embargo, es que si nos empeñamos en acelerar, nos hundimos en las arenas movedizas.

Todo esto, claro está, suena a marciano también a la ortodoxia financiera, cuya sola estrategia es parar el motor, decir “Hasta aquí hemos llegado”, y esperar a que las locomotoras del crecimiento vengan a remolcarnos. El único problema es que las famosas locomotoras o están tan empantanadas como nosotros, o habiendo salido ya del pantano no quieren entrar de nuevo en él a remolcarnos. En el primer caso reconocerán ustedes a Estados Unidos, Japón y Alemania; en el segundo, a China.

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lunes, 25 de enero de 2010

Deflación

Una cosa es que todos nos alegremos de que la economía española dé muestras de no haber entrado en una espiral deflacionista, lo que se sabe por el registro del IPC en los últimos meses, y otra muy distinta que haya que asistir impasibles al triunfalismo desplegado desde la secretaría de Estado de Economía, para quien el dato de diciembre demuestra que la marcha de los precios durante el último año y medio no constituye un episodio de deflación. Si se tiene en cuenta que los precios se han comportado como lo han hecho sobre todo porque los precios del petróleo subieron en diciembre, hay pocas razones para el optimismo. Pues el encarecimiento de la energía no dejará de estrujar el bolsillo de los españoles e intensificará las tensiones sobre la demanda agregada, ya muy debilitada por la mayor tendencia al ahorro de hogares y empresas. Con la misma facilidad que la administración predijo que la subida de precios a final de año sería positiva (sin más que mirar el ínfimo registro de diciembre de 2008), ahora se puede predecir que en primavera de este año la inflación interanual será negativa. En otras palabras, la tendencia subyacente continúa siendo deflacionista.

Las dificultades se acumulan. El Banco Central Europeo, que no conoce más riesgo estructural que la inflación descontrolada, ya ha anunciado que no renovará la concesión de liquidez extraordinaria con que tuvo que transigir en el otoño de 2008. “¡Qué caída más tonta!”, parece querer decir al cerrar el paréntesis. Sorprende que no forme parte de las prioridades de la Presidencia española de la UE el introducir un cambio decidido de esta orientación. Pues no otros que los bancos españoles (y la banca europea, en general) se han hecho cargo de la deuda pública que financia el déficit de las administraciones públicas de nuestro país, considerablemente acrecentado durante la crisis. Para los bancos es lucrativo obtener dinero del BCE al uno por ciento para comprar deuda soberana de España. Pero, cuando el BCE cierre el grifo, ¿qué creen ustedes que pasará? Con harto dolor de su corazón, los bancos venderán la deuda en los mercados internacionales, el precio de la deuda bajará, y la confianza en el crédito español se resentirá. Parece que el gobierno confía en estar allí para parar el golpe, recomprando su propia deuda con los mayores ingresos de la subida del IVA, que nos tiene prometida para mediados de año. Puede que salga bien, puede que no. Pero ¡hay que ver lo que dan de sí las especulaciones sobre diez puntos porcentuales más en la tasa de ahorro! Nos está bien empleado: nosotros ahorrando más y el dinero llevándoselo los jeques del petróleo y el gobierno, para salvar sus trampas. Lo que tendríamos que hacer es gastar más, vivir como cigarras y no como hormigas, y volver a confiar en quienes nos dicen que todo esto no es más que una pasajera crisis de confianza.

Ciertamente, no todo son malas noticias. Dado el déficit exterior de la economía española, uno habría esperado una recesión más profunda y prolongada. Con un saldo negativo por cuenta corriente superior a 100.000 millones de euros en cada uno de los ejercicios de 2007 y 2008, más uno adicional que no se puede estimar provisionalmente en menos de otros 60.000 millones, se podría haber esperado una restricción monetaria mucho más aguda, con sus inevitables secuelas sobre la liquidez del sistema bancario. Eso no ha ocurrido, sin embargo. Quienesquiera que sean los no residentes a cuyas manos está pasando continuamente, desde residentes, la titularidad de los saldos bancarios que financian nuestro exceso importador, no están sacando el dinero del país, pese a que nada les impide hacerlo. Sean quienes fueren, esos no residentes están sosteniendo las finanzas (y, de rechazo, la economía real) de este país: su actuación es la que verdaderamente está impidiendo que la deflación subyacente se convierta en declarada y a tumba abierta. Sin duda, tienen buenas razones para proceder de esa manera, pero que eso sea así no es motivo para lanzar las campanas al vuelo.

¿Y quiénes son esos misteriosos no residentes? Se necesitaría levantar el secreto bancario para formarse una idea más precisa. Y ni siquiera así, toda vez que el juego de sociedades interpuestas podría distorsionar la imagen. Se puede conjeturar, no obstante, que los bancos europeos y, en general, del mundo desarrollado, se han vuelto mucho más cautelosos en la relocalización internacional de sus saldos de efectivo, para no dar lugar a catástrofes locales con potenciales repercusiones globales; en este sentido, la fortaleza del sistema bancario español puede estar ayudando a presentar a nuestros bancos como una localización refugio. Perfecto; la conjetura parece indicar que el Banco de España está haciendo sus deberes. Pero atención: se trata de posiciones a corto plazo. Todo sugiere que la coyuntura española está “cogida con alfileres”, como vulgarmente se dice.

Más valdría afrontar, de una vez por todas, una acción decidida para que el BCE adopte la política monetaria acomodante que corresponde a una situación estructuralmente deflacionista. Y reformar el Tratado de Maastricht, si llegara a ser necesario para facultar al BCE a desarrollar esa política sin complejos.

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