domingo, 28 de febrero de 2010

Apuestas

Nos escribe Germán a otros amigos y a mí, proporcionándonos el enlace a una página de Facebook que postula a Carlos Berzosa como ministro de Economía, “aprovechando los cambios que José Luis Rodríguez Zapatero realizará en su equipo de gobierno cuando finalice el semestre de Presidencia europea” (aquí). Los promotores parecen dirigentes de la Izquierda Socialista (aquí). Germán dice que no quiere hacer proselitismo, pero lo cierto es que me pone en un brete: el de tomar posición respecto de una propuesta que, por mi relación personal con Carlos, con quien compartí en el pasado departamento en la Complutense y comparto ahora soledad académica como co-firmantes del manifiesto de los 700, no puedo ignorar.

Seré breve. Primero, él es un economista crítico; yo no lo soy. En esta situación, no paso de ser un modesto keynesiano. Es decir, un modesto seguidor de la banking school en una era en que la currency school impera prácticamente sin discusión. Pero – sinceramente – me encuentro lejos de las teorías conspirativas que suelen servir de Deus ex machina a los economistas críticos. No creo que la causa de la crisis actual radique tanto en el afán depredador del capitalismo como en la ineptitud de quienes tienen poder de decisión, tanto en el sector público como en el privado.

Segundo, Carlos Berzosa es un gestor de orden. En 2007, hubo un conflicto en las Facultades de Filosofía de muchas universidades contra el máster obligatorio de formación de profesorado de enseñanza secundaria. Carlos, como rector de la Universidad Complutense, asistió a una multitudinaria asamblea y se comprometió a batallar contra el máster. Sin embargo, meses después, cuando el ministerio de Educación dejó claro que no daría marcha atrás, el rector aceptó la realidad y presentó un plan de estudios del máster al consejo de gobierno. Los alumnos le llamaron ‘traidor’ y se encerraron en el rectorado, pero no cedió. Como ministro de Economía, llegado el momento, hará lo que la Unión Europea, el Fondo Monetario Internacional, o quien diablos sea que mande en ese momento, diga que hay que hacer si la situación se torna insostenible. Que es exactamente lo que creo que un ministro de Economía tiene que hacer.

Tercero, con todo y eso, que se le nombre ministro de Economía en el próximo cambio de gobierno equivaldría a una auténtica fuga hacia delante de José Luis Rodríguez Zapatero. El mainstream tiene mucha fuerza entre los economistas de este país, y la condición de un economista como “crítico” no se le perdona con facilidad. Dudo que Carlos Berzosa sea conocido internacionalmente, sobre todo en Europa. Pero, de ser nombrado ministro, se lo conocería de inmediato, y con pelos y señales. No les arriendo la ganancia en ese caso, ni a él ni al presidente de gobierno que le nombre.

Y cuarto y último, no puedo compartir el optimismo de los promotores de la operación cuando afirman que “un baluarte de la Economía Crítica es lo que está demandando este país como solución a los múltiples problemas en los que nos han metido los conservadores de izquierda y de derecha con tanto neoliberalismo”. Con el debido respeto, nadie puede aportar solución a esta crisis. Como afirmó una vez Galbraith, y nos ha recordado recientemente Krugman, de una crisis así no hay salida nacional que valga, sino únicamente políticas para “ir a peor lo más despacio posible”.

Explicaré este punto con un ejemplo numérico. Si asignamos a la situación actual un valor de -2 (menos dos), el tándem Salgado/Campa nos llevará a -3 en 2011, -4 en 2012 y -5 en 2013. Un ministerio dirigido por Carlos Berzosa nos mantendría en -2 hasta 2012, para luego llevarnos (digamos) a -7 de golpe en 2013. Eso, suponiendo que volviera a ganar el PSOE.

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viernes, 26 de febrero de 2010

Esto sólo lo arreglamos entre todos

Llevo dos días dándole vueltas a la campaña lanzada por la Fundación Confianza, que preside el ex ministro Javier Gómez Navarro. Ya saben, los anuncios de TV ésos de alguna gente conocida y otra desconocida, que nos dicen que esto lo arreglamos con optimismo entre todos.

Con Gómez Navarro hay otras personalidades muy notables en política: Miquel Roca i Junyent, Antonio Garrigues Walker y Guillermo de la Dehesa. Detrás están las Cámaras de Comercio y dieciocho empresas que han contribuido con entre 150.000 y un millón de euros cada una, hasta totalizar un presupuesto de cuatro millones. (Aquí la noticia de El País). Cuando se entra en la web de la campaña, se encuentra uno al apóstol de la banalidad económico-financiera, Leopoldo Abadía, junto con populares como Pau y Marc Gasol, Carlos Sainz, Edurne Pasabán, Andreu Buenafuente y Ferrán Adriá, amén de un carnicero, un panadero, un peluquero, un taxista, una estudiante y algo así como un centenar de publicistas, periodistas, planificadores de medios, expertos en marketing y gentes del ramo. Curiosa composición. Tienen un contador de adhesiones (poco serias, hay que decirlo: Pepi, Juani, Nonó y nombres parecidos), y en dos horas he visto subir el contador en más de quinientas. Van casi por seis mil, esperemos que algo más diversificados que los promotores.

La campaña se presenta como una iniciativa empresarial de aliento a la recuperación de la confianza en mitad de la crisis. Algunas frases con gancho: “Contagiar el optimismo, como antes nos contagiamos el pesimismo”, “Ningún gurú arreglará esto”, “Estar obsesionados por el dinero es de idiotas”, y lindezas parecidas. Supongo que quieren decir que no hay que esperar salvadores sino que debemos arrimar el hombro todos, aunque naturalmente unos más que otros.

La presencia de Roca y Garrigues es un auténtico dejà vu. En 1984, ambos protagonizaron la creación de un partido político de centro, el Partido Reformista Democrático, con la intención de recoger votos de la extinta UCD. En las elecciones de 1986 obtuvo menos del 1 por ciento de apoyo, y ni un solo escaño. Se disolvió en seguida. Pero he aquí, como si de un auténtico Guadiana se tratara, que vemos resurgir su sombra un cuarto de siglo después.

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martes, 23 de febrero de 2010

El mercado laboral que viene

Vuelve el gobernador del Banco de España a la carga con la reforma laboral – aunque no dice con claridad en qué consiste – y siguen los Cien ilustres economistas y la CEOE a vueltas con el asunto, aunque tampoco todos hablan exactamente de lo mismo. En contra sigue la “tenue alianza” de Zapatero y los sindicatos (en palabras de mi amigo Jorge Hurtado, que enseña Sociología en la Universidad de Alicante). Y está más claro que nunca por qué es tenue: durará lo que dure la capacidad de Zapatero de convencer a su propio partido de que España está saliendo de la crisis. En la entrada anterior ya di concretas señales de cuáles son los plazos para que la ilusión se desvanezca.

De modo que hay que ponerse de una vez por todas en la situación de purgatorio económico: no va a haber crecimiento del empleo ni reducción del desempleo y de su carga financiera mientras se persista en el actual política fiscal y monetaria. En el marco presupuestario del Plan de Austeridad aprobado por el gobierno el 29 de enero (aquí y aquí, mis comentarios), las políticas sociales están condenadas a plazo más corto que medio (1 ó 2 años). Con la caída de las políticas sociales, o incluso antes, como medida desesperada para sostenerlas, vendrá la reforma laboral.

¿En qué consistirá ésta? A mi modo de ver, en dos puntos fundamentales. Primero, rebaja de las indemnizaciones por despido improcedente, desde 45 días por año a – digamos – 30. Los sindicatos aceptarán esto como un mal menor frente a la supresión de la tutela judicial del despido. Como esto resultará inútil para reducir el desempleo, en menos de tres años, es decir, en el primer año de la próxima legislatura parlamentaria, se estará planteando, por un gobierno del PP o por un gobierno socialista con decidida orientación tecnocrática, el plato fuerte, a saber, la supresión de la cláusula erga omnes en los convenios colectivos.

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lunes, 22 de febrero de 2010

Teoría de José Luis Rodríguez Zapatero

Se hablado y se habla de las improvisaciones y bandazos del presidente de gobierno en materia de política económica. Creo que no hay tales. Lo que veo es un buen ejemplo de lo que en teoría de juegos se denomina “estrategia mixta”, es decir, una estrategia que se compone de otras dos, cada una de las cuales se sigue con arreglo a una determinada función de probabilidad. Es como si cada vez que se está en la duda se lanzara una moneda al aire, y saliendo cara se siguiera la estrategia A, y saliendo cruz la B. A cualquier observador externo le parecería que el jugador da “bandazos” o que improvisa. Pero no: lo que pasa es que sigue una estrategia mixta.

Las dos estrategias que el gobierno mezcla son las siguientes. Una es nítidamente de izquierdas, de expansión del gasto social hasta donde sea necesario para proteger en esta crisis a los más débiles; su portavoz es el propio Zapatero. La otra es una estrategia tecnocrática de consecución del equilibrio financiero, de reducción del déficit público hasta volver a cumplir con los requisitos del Pacto de Estabilidad y Crecimiento; su portavoz cualificado es José Manuel Campa, secretario de Estado de Economía y número 2 de Elena Salgado. Parece haber un pacto implícito de que los dos pueden decir lo que piensan, aunque lo que uno representa se dé de bofetadas con lo que piensa el otro. Mientras Zapatero ha persistido en no abaratar el despido, Campa fue firmante del manifiesto de los Cien ilustres economistas, y siempre ha dicho que se siente “cómodo” entre sus propuestas. Cuando Zapatero apoyó a Blanco en el asunto de la presunta conspiración de los especuladores contra el euro, Campa no tardó en aclarar en París que él no cree que haya semejante conjura. Y así en todo.

¿Qué utilidad tiene mezclar estrategias? En el caso del gobierno español, una muy clara: ganar tiempo mientras opta definitivamente por una de las dos. Es como apostar al rojo y al negro, a la vez, jugando a la ruleta; pero no una ficha a cada uno – pues eso sería absurdo – sino una al negro mientras se apuesta al rojo siguiendo la famosa progresión denominada martingala invertida. Por ejemplo, Campa dijo en Londres que el PIB español continuará cayendo en 2010 (un 0,3%) y que el empleo no crecerá hasta 2011. Incluso esto resulta difícil de creer, pero Zapatero, en el debate parlamentario sobre medidas económicas, fue más lejos y afirmó que España saldrá de la recesión en el primer semestre de 2010 y que creará empleo en el segundo. Más increíble todavía. La cuestión interesante es: ¿por qué dice esto Zapatero?

Como he dicho, parece haber un pacto dentro del gobierno y de la cúpula socialista. Zapatero confía en su suerte, que no le ha abandonado todavía; así pues, dobla sus apuestas. Si en junio el PIB, en tasa interanual, continúa cayendo, gana Campa y Zapatero, plegándose a la ortodoxia financiera, acepta una reducción del gasto público más intensa que lo previsto (según prometió el secretario de Estado en Londres). Si en junio el PIB está creciendo, gana Zapatero y obtiene seis meses más de gasto social sin restricciones. Si a fin de año empieza a crearse empleo, gana otra vez Zapatero y obtiene un margen adicional de tiempo para su política social. Pero si Zapatero se equivoca en sus previsiones para junio y diciembre, Campa gana la partida, Zapatero se va al dique seco y Elena Salgado (que está teniendo buen cuidado de no mezclarse en las tomas de posición de su segundo) coge las riendas del gobierno para gestionar un pacto con CiU para lo que queda de legislatura.

Está claro que el purgatorio económico ya ha condenado a Zapatero. Para ser candidato en 2012 no le bastará con tener suerte. Haría falta un verdadero milagro económico.

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domingo, 21 de febrero de 2010

Las razones de un cambio

Hasta ahora, este blog se ha llamado de forma distinta: “Ningún almuerzo es gratis”. Hace una semana, un amigo me advirtió de que hay otro blog con nombre parecido: “Nada es gratis”. Comprobé que es cierto. Mala suerte. Mi nombre es apreciablemente mejor. “Nada es gratis” no pasa de ser una trivialidad, y además poco divertida. En cambio, “Ningún almuerzo es gratis” es una traducción bastante fiel del refrán inglés “There ain’t such a thing as a free lunch” o “There is no such a thing as a free lunch”, un dicho que tiene larga tradición en el pensamiento económico. Milton Friedman utilizó la segunda forma para titular uno de sus libros. La frase aparece en numerosos libros de texto y hay quien considera que es el núcleo del pensamiento económico.

En consecuencia, me he resistido varios días a valorar siquiera la posibilidad de un cambio. Pero hay dos razones de peso para reconsiderar esta actitud. La primera es que, pese a todo, hay demasiada proximidad semántica entre ambos nombres. Dado que el de ellos es anterior, podría parecer que simplemente trato de diferenciar mi producto del suyo. Nada más lejos de mi intención.

La segunda razón es más fundamental. Las vueltas que le he dado al asunto me han ayudado a comprender que “Ningún almuerzo es gratis” refleja muy pobremente mis ideas sobre la crisis. Y éste es, eminentemente, un blog sobre la crisis. En realidad, mis ideas ahora tienen muy poco que ver con las de Friedman. En general, soy bastante crítico con la definición convencional de economía en los términos de Lionel Robbins, como ciencia que trata de la asignación de recursos escasos susceptibles de usos alternativos. Tengo la convicción de que ésta es una crisis de insuficiencia de demanda efectiva. Es como si el sistema económico se hubiera vuelto loco. Los recursos no son escasos; más bien al contrario, son superabundantes en cierto sentido, y aún así no se los puede emplear. Por tanto, existe la posibilidad de que haya almuerzos gratis, a condición de encontrar los recursos necesarios entre los que están ociosos y de movilizarlos oportunamente.

Una vez decidido el cambio de nombre, había que elegir el recambio. He optado por un título inspirado en Paul Krugman, a saber, “Purgatorio económico”. Eso sí define, con bastante claridad, a mi juicio, la situación en que el capitalismo se encuentra. En esa situación, la tarea fundamental estriba, por ahora, en evitar que el purgatorio se convierta en infierno económico. Como ha dicho el propio Krugman, en ir a peor lo más despacio posible.

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viernes, 19 de febrero de 2010

Subida puntual de los tipos de interés

Anoche, de forma completamente inesperada para los mercados y aguardando al cierre de Wall Street, la Reserva Federal estadounidense (Fed, para los amigos) subió su tipo de redescuento del 0,5 al 0,75 por ciento. Hoy la preocupación se ha apoderado de los mercados y caen las Bolsas de todo el mundo.

Numerosos analistas valoran la medida como el anuncio, por parte de la Fed, de que el periodo de emergencia financiera, iniciado en septiembre de 2008, toca a su fin. Confiemos en que esta interpretación esté equivocada porque, si la Fed estima que la salida de la crisis es cosa hecha y esta subida augura otras en el futuro inmediato, podemos darnos por perdidos. La propia Fed ha declarado que la medida no anuncia una escalada de tipos de interés, y me parece que lo sensato es creer sus palabras. Las autoridades monetarias suelen tener sus declaraciones públicas por una herramienta más, y sería absurdo que dos herramientas (declaración y subida de tipos) se dieran de bofetadas. Entonces, ¿por qué la subida?

Ésta es mi conjetura. Los tipos de mercado están subiendo muy rápidamente, al menos en Europa, debido a la situación de alarma desatada por la deuda de Grecia y que ha amenazado con contagiarse a otros países, entre ellos España. Como muestra se puede citar la subasta de Letras del Tesoro a 12 meses en nuestro país, que se cerró al 0,836 por ciento el 19 de enero y se ha cerrado al 0,863 por ciento el 16 febrero: una subida de 27 puntos básicos en menos de un mes. Y la expectativa del mercado es que los tipos – y no sólo a corto – van a subir aún más. Mientras el tipo a un año está por debajo del 1 por ciento, la última subasta de Bonos del Estado a 3 años se cerró al 2,63; la última de Bonos a 5 años, al 2,839; la última de Bonos a 10 años, al 4,096; la última de Obligaciones a 15 años, al 4,668; y la última de Obligaciones a 30 años, al 4,801. Este perfil de tipos, ascendente en función del plazo, indica a las claras que el mercado espera una subida escalonada de tipos a todos los plazos (excepto quizá el máximo, que parece haber tocado techo, dadas las expectativas).

Me parece que la Fed tan sólo pretende desincentivar la incorporación de los bancos estadounidenses a la fiesta de la deuda pública europea, que aparta al ahorro de aquel país de contribuir a su formación bruta de capital.

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jueves, 18 de febrero de 2010

"Cuelgues" y "descuelgues"

En una entrada anterior me referí al manifiesto de los Cien ilustres economistas y a su concepto de la reforma laboral en lo concerniente al despido (aquí y aquí). Entonces dejé pendiente el tratar sus ideas respecto de la negociación colectiva; no porque sean menos importantes, sino al revés, porque su transcendencia para el modelo de relaciones laborales de este país es mucho mayor (en mi modesta opinión). Voy a saldar esa deuda ahora.

La propuesta de los Cien sobre la negociación colectiva está esbozada en su manifiesto (aquí), pero lo que ahí se dice es que la negociación colectiva está demasiado centralizada en España; por tanto, sugieren, habría que descentralizarla para que lo pactado responda mucho más fielmente que ahora a la situación concreta de las empresas. Más razonable, imposible, pero demasiado abstracto para mi gusto. Obtuve un bit adicional de información en las pasadas Jornadas de Alicante sobre Economía Española, en que el primer firmante y presuntamente uno de los principales redactores del manifiesto de los Cien nos explicó a los allí reunidos, con un poco más de detalle, su propuesta. Quiero con esto indicar que se trata de información de primera mano.

Lo que entonces se nos dijo es que la cláusula de descuelgue, que se incorpora a todos los convenios colectivos de ámbito superior al de empresa, es insuficiente para recoger la enorme variedad de situaciones empresariales que uno se puede encontrar. La propuesta, en concreto, consistía en sustituir la cláusula de descuelgue por una nueva “de cuelgue”, es decir, que en vez de ser las empresas que no pueden cumplir las disposiciones del convenio colectivo las que tengan que demostrar que no pueden, al efecto de “descolgarse”, sean, en su lugar, las empresas que crean que pueden las que se “cuelguen” de él voluntariamente.

Me temo que los Cien ilustres economistas no han pensado hasta el final lo que esta opción representa. Hace más de diez años, Juan Ignacio Palacio y yo, en un capítulo de la obra colectiva dirigida por José Luis García Delgado España, economía: ante el siglo XXI, exploramos la posibilidad de reconstruir el modelo de relaciones laborales sobre esa base y otras compatibles con ella. Con la perspectiva y el reposo de ideas que da el tiempo transcurrido, ahora puedo decir que ese modelo supondría romper con la institucionalización de que han sido objeto patronales y sindicatos en este país, y que es, en gran medida, causante de sus bajos niveles de afiliación. El nuevo marco de relaciones laborales aumentaría notablemente la autonomía de las partes. Y eso, si las cartas vienen mal dadas, podría traer una quiebra de la paz social, que ha sido hasta ahora uno de los activos fundamentales de nuestra democracia.

Los tiempos cambian. La máxima sabiduría radica en reconocer el cambio y aceptarlo. Pero esto no tiene nada que ver con la arrogancia del aprendiz de brujo.

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Gracias, Cinco Días

El diario económico Cinco Días publica hoy la entrada que apareció aquí mismo sobre Luís Ángel Rojo. Ha sido gracias a los excelentes oficios de un buen amigo. Gracias, José Luís.

Para quienes se perdieran la edición impresa, se puede acceder a la edición online (aquí).

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miércoles, 17 de febrero de 2010

La Unión Europea y Grecia

Leo en algún periódico una crítica al socialista Papandreu, el primer ministro griego, por haber hecho hace algunos meses promesas electorales sin conocer a fondo el estado de las finanzas de su país. A quien hace tal crítica no se le ha de ocultar que mal podía el hombre conocer el verdadero estado de esas finanzas, teniendo en cuenta que su antecesor en el cargo, el conservador Karamanlis, había desfigurado las cuentas hasta hacerlas irreconocibles y ocultar, así, la auténtica dimensión del déficit público.

Lo que está haciendo la Unión Europea con Grecia no tiene nombre. El ensañamiento de que están haciendo gala sus miembros no se explica ni por el miedo al contagio ni por un verdadero deseo de resolver los problemas del socio en dificultades. Es, más bien, un efecto demostración en negativo. Se trata de evidenciar, por vía del castigo que se inflinge a Grecia, que los demás estamos bien lejos de vernos en esa situación; cuando lo cierto es que más de uno está más cerca que lejos. Y también hay una especie de carta a los Reyes Magos. Todas las medidas que se exige a Grecia (y conste que todavía no se le ofrece nada concreto a cambio), incluyendo la reducción del déficit en 4 puntos porcentuales del PIB en un solo año, con indicación expresa dentro de un mes del plan concreto para lograrlo, más la reforma laboral y de las pensiones (podemos imaginar en qué sentido, sin necesidad de más datos), son medidas que los ministros del ECOFIN reunidos en Bruselas ayer desearían de buen grado ver hechas realidad en sus propios países. Sienten miedo de plantearlas frontalmente, y confían en que el escarmiento que se está haciendo con Grecia “ablande” en todas partes a la sociedad civil y los sindicatos.

Los mercados trajeron esta crisis y, ¡qué poco hemos aprendido!, los mercados dictan la forma de hundirnos cada vez más en ella.

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lunes, 15 de febrero de 2010

1932

Habrán oído toda clase de peregrinas explicaciones. Que si Grecia y España no han hecho sus deberes, que si hay una conspiración contra España (que no se puede comparar con Grecia, faltaría más), que si la conspiración es contra el euro, que si lo que hay es una especulación capaz de arruinar países enteros, que si un keynesianismo trasnochado es el responsable... Pero todas ellas, o son falsas, o tienen algo de superficial.

Brevemente, la crónica de los hechos se podría resumir así. Tras la quiebra de Lehmann Brothers, en septiembre de 2008, universalmente considerada como el comienzo oficial de la crisis, todos los organismos internacionales difundieron la doble consigna de sostener al sistema bancario (contaminado, en medida entonces aún ignorada, por activos tóxicos) y poner en marcha impulsos fiscales para sostener la demanda. Todo ello presuponía, previsiblemente, fuertes incrementos del gasto público y, en presencia de una más que probable caída de la recaudación tributaria, un aumento considerable del déficit público. Parecía preferible la financiación ortodoxa de ese déficit, pero la destrucción de riqueza registrada durante la crisis, unida a la general ausencia de liquidez, no permitían albergar muchas esperanzas de que el ahorro disponible pudiera hacerse cargo de la financiación que iban a necesitar, prácticamente todos al mismo tiempo, los países más sacudidos por la crisis.

En el caso de la Unión Monetaria Europea, la solución pasó por una serie de operaciones suplementarias de financiación del Banco Central Europeo a plazo de un año, a un coste para las entidades bancarias del 1 por ciento de interés anual. El negocio no estaba mal: los bancos obtenían prestado al 1 por ciento y lo invertían en deuda pública al 3 y pico por ciento. Así se ha estado financiando el déficit público durante casi año y medio. En la actualidad, hay vivos 614.000 millones de euros, resultantes de tres operaciones que vencen: el 1 de julio, 442.000 millones; el 1 de octubre, 75.000 millones; y el 23 de diciembre, los restantes 97.000 millones.

El otoño pasado el BCE se tomó en serio los indicios, observados desde el verano, de que Alemania y Francia estaban en franca reactivación. El temor a rebrotes inflacionistas volvió a instalarse en el centro de sus preocupaciones. La reactivación franco-alemana prometía disminuir rápidamente el déficit, reconduciéndolo a la tasa del 3 por ciento, fijada como máximo en el Pacto de Estabilidad y Crecimiento, que la Unión Europea había decidido dejar en suspenso temporalmente en lo más álgido de la crisis. Pero ahora las cosas cambiaban; el liderazgo franco-alemán iba a permitir disciplinar a los demás miembros de la Unión Monetaria, sobre todo algunos, mucho menos serios a todos los niveles, empezando por los PIGS (siglas de Portugal, Italia, Grecia y Spain, o sea, España, que componen la palabra inglesa CERDOS). Consecuentemente, el BCE anunció que este año 2010 ya no habría más operaciones suplementarias de financiación a plazo de un año.

Lo que está por ocurrir es lo siguiente. La financiación a un año ha condicionado el vencimiento de la mayor parte de la deuda pública, que ha tenido que emitirse a corto plazo. Así, en el caso de España, en 2010 hay que obtener 225.000 millones de euros, de los cuales únicamente 34.000 euros son para financiar el déficit público de este año; el resto es renovación de deuda que financia el déficit de años anteriores. Con las operaciones a un año, una gran parte de esas necesidades ha podido ser cubierta por la banca, que a su vez obtenía sus recursos del BCE. Pero, ahora, ¿qué habrá que hacer? Sólo hay una respuesta: acudir al mercado de capitales, convencer a los ahorradores de que nuestra deuda es tan segura como la que más. Y todos los países de la Unión Monetaria con necesidades financieras tendrán que hacer lo mismo, al mismo tiempo. La competencia será feroz, y es dudoso que haya recursos para todos. De ahí los temores que han surgido en torno a la situación financiera de los más débiles: Grecia, Portugal, España…

He aquí, para chasco, que Alemania está viendo frenar en seco su reactivación. Con esto no contaban quienes dirigen el BCE. Si Alemania no cierra la brecha de su déficit, como estaba previsto, terminará compitiendo con Grecia, España y los demás países débiles para renovar su propia deuda. Difícilmente habrá para todos. El error podría ser de los que hacen historia, a la altura del cometido por la Reserva Federal en 1932, cuando optó por “disciplinar” al sistema bancario estadounidense denegando su apoyo a las entidades con mayores problemas por considerarlas “ineficientes”. Quebró uno de cada diez bancos y se evaporó un tercio de todos los ahorros materializados en depósitos. La primera medida de Roosevelt en la presidencia fue decretar unas ‘vacaciones bancarias’ para evitar la propagación de las quiebras. Pese a todo, Estados Unidos se deslizó hacia lo más profundo de la Gran Depresión y tendría que pasar más de un lustro antes de que el país empezara a ver la luz al final del túnel. Error tan monumental es el que se quiso evitar a toda costa en el otoño de 2008.

Pues bien, si las cosas vienen mal dadas, dentro de un siglo se podría hablar todavía del gran error de 2010, cuando el BCE dejó caer a buen número de países de la Unión Monetaria por exceso de celo en disciplinarlos. Un error que los estadistas del futuro tratarán de evitar por todos los medios, por lo funestos efectos que habrán de derivarse de él.

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domingo, 14 de febrero de 2010

Luís Ángel Rojo Duque

Anoche se celebró en un restaurante de Madrid una cena homenaje al Profesor Luís Ángel Rojo, organizada por sus ex alumnos de la Universidad Complutense de la promoción que empezó sus estudios en 1969 y los terminó en 1974. Había allí una treintena de ellos y algunos consortes. Estaban presentes un subgobernador y un director del servicios de estudios del Banco de España, un vicepresidente ejecutivo del ICEX, un ex director de Telefónica, cinco catedráticos de Universidad amén de otros profesores, técnicos comerciales del Estado, empresarios y profesionales de la más variada índole. Es un homenaje que la mayoría deseaba tributarle desde hace tiempo.

En los discursos se puso de manifiesto el porqué. Luís Ángel Rojo lideró un experimento peculiar en el tardo-franquismo, a saber, conseguir que un grupo de alumnos aprendiera economía a pesar de empezar sus estudios con la policía permanentemente dentro de la Universidad, en el campus de concentración de Somosaguas. El método: una selectividad bastante dura en primero de carrera, que dejó a los cerca de quinientos del comienzo reducidos a dos quintas partes de esa cifra en segundo, entre Económicas y Empresariales, y un contacto mucho más estrecho de lo acostumbrado hasta la fecha entre profesor y alumno, para lo cual el Profesor Rojo y los demás promotores del nuevo plan de estudios tuvieron que rodearse de equipos de profesores jóvenes, absolutamente entregados a su trabajo. Rojo, en particular, nos hizo leer en segundo la Teoría General de Keynes, en tutorías donde se discutía el libro capítulo a capítulo, epígrafe a epígrafe. En su propia alocución el Profesor comentó que acababa de leer el último libro publicado en Inglaterra sobre Keynes, y su sensación, al terminarlo, de que el autor no sólo sabía menos de Keynes que él mismo, sino también menos que la mayoría de los presentes. No lo he leído, pero estoy seguro de que no exageraba un ápice.

Todos los miembros de la promoción han valorado siempre esto como un privilegio, que hay que reivindicar en una época en que cualquier ignorante se permite denostar a Keynes sin haberlo leído, tal vez creyendo (en su estulticia) que Friedman o Von Mises han salido estupendamente parados con la presente crisis. Pero, con todo, no es lo más importante que yo, personalmente, aprendí de Rojo. Lo más importante se me reveló en una ocasión que estuve deseoso de relatar anoche, y que no relaté porque no era uno de los cuatro oradores que habían pedido con antelación el uso de la palabra. Voy a hacerlo ahora.

Fue un lunes, 10 de mayo de 1971, muy cerca del final de curso. Rojo llevaba, desde octubre, desgranando, ecuación a ecuación, el modelo de determinación de renta, empleo y precios que luego publicaría en forma de libro. Semana tras semana, entre sus interminables paseos por la tarima, de derecha a izquierda y de izquierda a derecha (como alguien recordaba en la cena), había ido construyendo ecuación tras ecuación, hasta llenar la pizarra, y explicando cómo las ecuaciones se reunían para completar sistemas donde el número de ecuaciones coincidía sorprendentemente con el de incógnitas; y cómo, tras cada sistema, venía otro, y luego otro, hasta perfilar la magna construcción intelectual del modelo IS-LM. La semana anterior acababa de abrir el modelo, para dar cabida a la influencia del resto del mundo en la economía nacional. Yo empezaba a preguntarme para qué diablos valía todo aquello, y – lo confieso – a aburrirme un poco. Por lo visto hasta ese momento, la carrera no se diferenciaba mucho del bachillerato. Las asignaturas eran de muy variado contenido, de materias que me gustaban más que la física y la química, pero parecía haber un descorazonador continuo de conocimientos que se iban acumulando en nuestra memoria desde la infancia, esperando ser de utilidad en algún futuro indeterminado. Ese día, sin embargo, Rojo le dio un vuelco radical a mi percepción del conocimiento.

Cuando todos esperábamos que empezara a escribir las ecuaciones del modelo explicadas hasta ese momento, como tenía por costumbre al inicio de la clase, se nos encaró (cosa inusual, porque era muy tímido) y dijo: “Hoy es un día histórico”. No recordaba yo haber oído nada en la radio, que entonces escuchaba todas las mañanas. Nos explicó que el día anterior, domingo, el Bundesbank – banco central de la Alemania Federal – había sacado al marco del sistema de tipos de cambio fijos regulado por el Fondo Monetario Internacional, y que el florín holandés había salido también del sistema para “pegarse” a la flotación del marco. “¿Por qué ha hecho esto el Bundesbank?”, interrogó al vacío. Y sin esperar nuestra respuesta empezó a escribir ecuaciones, mientras las comentaba. Pero no en el orden habitual, de la primera a la última, sino que empezó por una de en medio, explicando de qué forma el excedente exportador de Alemania afectaba a la oferta monetaria doméstica. Y luego saltó a dos ecuaciones que solía escribir 45 grados arriba, a la izquierda, para explicar cómo eso afectaba a las decisiones de gasto de familias y empresas. Y luego mostró cómo esos cambios afectaban a todo el sistema de variables reales, sin posibilidad de modificarlas en la situación de pleno empleo en que se encontraba la economía alemana. Mis ojos seguían atónitos las evoluciones de Rojo por el encerado, rellenando las ecuaciones que faltaban. No estoy seguro de haber podido seguir entonces, con absoluto rigor, todas las interrelaciones, pero sí alcancé a percibir el modelo de la IS-LM cargado de una poderosa fuerza dinámica, capaz de hacer evidente por qué los directores del Bundesbank, economistas entre los mejores del mundo, habían hecho lo que acababan de hacer.

Fue una de las dos ó tres mejores clases que he recibido en mi vida. En ella aprendí algo que también saben muy bien mis compañeros de la promoción 1969-74. Que no hay análisis de la realidad económica que valga un pimiento sin una buena teoría que lo sustente.

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viernes, 12 de febrero de 2010

El gobierno económico de Europa

Ayer, 11 de febrero de 2010, la UE dio un paso de gigante hacia la puesta en marcha de un gobierno económico para Europa. En el menú del Consejo Extraordinario estaba, junto con los inevitables entremeses de Haití, entrante al centro de la mesa, inexcusable para saciar el wishful thinking (¿es eso lo que algunos llaman “buenismo”?) de todo buen europeo, había un plato fuerte del que Alemania y Francia reclamaron ración doble: Grecia. Tras la confusión de las últimas jornadas, los mercados estaban ansiosos, bien de medidas a favor del miembro renqueante, que justificaran de plano la especulación contra el euro, bien la expresa renuncia a ayudarlo, siguiendo el liderazgo del Reino Unido, que ya ha dicho que el problema hay que encasquetárselo al Fondo Monetario Internacional, lo que tendría por efecto liquidar políticamente el proyecto del euro.

Pero el Consejo Extraordinario no hizo ni cosa ni otra. Con una declaración política que promete ayudar a Grecia cuando Grecia lo pida, desautorizó completamente al Reino Unido (que ya podría ir pensando qué es lo que hace en una Unión Europea contra la que apuesta sistemáticamente). Pero tampoco dijo, de forma ni clara ni confusa, qué, en concreto, se propone hacer. Parece que los detalles quedan a cargo de Alemania y Francia, puesto que los demás no podemos ni imaginar el comprometer un euro. La cosa se está poniendo tan fea que incluso Francia y Alemania han declinado proponerse un plan o siquiera un plazo para pergeñarlo. Alemania acaba de saber que su tan cacareada reactivación se estanca (aquí la noticia) y, en tales circunstancias, incluso un país tan minúsculo como Grecia – comparado con España, claro está – resulta un bocado demasiado grande para Francia sola.

¿Qué es lo que se pretende, entonces? Ahora, únicamente dar un respaldo político a los planes de ajuste duro de Grecia (hay previsto un descenso del 20 por ciento de los sueldos de los funcionarios, tras lo que vendrá el de todos los salarios), supuestamente para reforzar su credibilidad ante los mercados con vistas a las próximas emisiones de deuda soberana. Es decir, lo que se espera es que Grecia coloque bien su deuda y que nadie tenga que invertir un euro en su rescate. Estos caballeros pretenden que el almuerzo les salga gratis. Tiempo perdido; tiempo miserablemente perdido. No están las cosas como para favorecer a gorrones.

¿Para este parto de los montes se convocó de urgencia un Consejo Extraordinario de jefes de Estado y de gobierno, con Grecia como único punto del orden del día (y Haití de adorno)? Naturalmente que no: los 27 reunidos allí pueden ser un caradura y 26 presuntos gorrones, pero ninguno es tonto. Había una razón muy concreta y más importante que tranquilizar durante unas horas (aquí, aquí y aquí la noticia) a los mercados. Y una razón para convocar el Consejo precisamente ese día, lo que explica la urgencia. Los sindicatos griegos habían convocado para ayer una huelga general. Contra esa huelga general fue el Consejo. Era como decirles a los sindicatos griegos: “Ya veis, toda Europa respalda la política de austeridad de vuestro gobierno. ¿Cómo se os ocurre protestar por una simple rebaja del 20 por ciento, con los problemas que esto nos está causando al resto de los europeos (y los padecimientos que sufren los haitianos)?

Por primera vez, la Unión Europea ha hecho suya la política económica de uno de sus miembros, con tales efectos políticos que su gobierno ya no podría dar marcha atrás aunque quisiera. Además, se ha establecido un precedente en el fondo y en la forma. De una manera muy concreta, ha empezado el gobierno económico de Europa. Y ha empezado siendo beligerante contra una huelga general. Peor augurio, imposible.

Con lo fácil que sería reformar el Tratado de Masstricht para dar entrada a políticas del Banco Central Europeo de apoyo a los gobiernos en épocas de crisis salvajes, como en la que nos encontramos. No otra cosa es lo que hacen la Reserva Federal estadounidense y el Banco de Inglaterra. ¿Por qué empeñarnos en ser el bastión de la ortodoxia financiera en todo el mundo? ¿Porque Alemania todavía necesita pasar por el psicoanalista para recuperarse del trauma nacional que le supuso la gran inflación de 1922-23? Sencillamente, ridículo.

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jueves, 11 de febrero de 2010

Las cuentas de Campa

De todo lo que ha ocurrido en los últimos diez días, lo prioritario me parece que es examinar con lupa – con el telón de fondo de la crisis de Grecia – las explicaciones dadas por el secretario de Estado de Economía, José Manuel Campa, a círculos financieros internacionales en Londres el lunes pasado. Dejó bien claro que el gobierno español está determinado a reconducir el déficit público hasta la cota del 3 por ciento del PIB, fijada por el Pacto de Estabilidad y Crecimiento que precedió a la creación del euro, y a hacerlo para 2013. Dado que el cuadro macroeconómico presentado despertaba cierta desconfianza entre los asistentes, se le preguntó si el gobierno tenía un plan B para el caso de que tuviera razón el Fondo Monetario Internacional en sus previsiones sobre España (más pesimistas que las del gobierno). Campa contestó que sí: reducir el gasto público hasta donde resulte necesario.

Para los lectores que hayan perdido el hilo, se puede añadir lo siguiente. El gobierno prevé que el PIB español caerá todavía un 0,3 por ciento en 2010, para aumentar el 1,8 en 2011, el 2,9 en 2012 y el 3,1 en 2013. El FMI estima que el crecimiento puede ser hasta un punto y medio porcentuales menos en cada año. Las consecuencias de esto último serían devastadoras para los planes del gobierno, ya que un crecimiento inferior redundará en menores ingresos tributarios y en mayor gasto público (en prestaciones por desempleo, por ejemplo); el resultado será más déficit público. Una pregunta interesante es: ¿en cuánto habría que reducir el gasto para asegurar el objetivo de 2013, suponiendo que las estimaciones del FMI, y no las del gobierno español, fueran acertadas?

Como no dispongo de proyecciones precisas de los ingresos tributarios, tengo que conformarme con cálculos basados en supuestos. Mi principal supuesto es que el volumen del déficit depende de la participación del gasto de las administraciones públicas en el PIB. De manera que si se trata de llegar a un 3 por ciento de déficit en 2013, se podrá lograr con un gasto de las administraciones públicas del orden del 19,3 por ciento del PIB, independientemente del valor absoluto del propio PIB. Bajo este supuesto, el acierto de las previsiones del FMI sobre España obligaría al gobierno en esta estrategia a reducir en términos reales el gasto público por importe de 3.300 millones de euros en 2011, 6.400 millones en 2012 y 9.200 millones en 2013, adicionales a las reducciones ya previstas por el gobierno.

Ésta es la clase de ajuste que nos espera, teniendo en cuenta que en las previsiones del FMI el empleo continuará contrayéndose en 2011 – si bien levemente – para empezar a recuperarse gradualmente en 2012 y 2013. No, desde luego, como para reducir el gasto en más de 15.000 millones en ese bienio, lo que vendría a ser algo así como un Plan E a la inversa durante dos años.

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viernes, 5 de febrero de 2010

Batacazo de la Bolsa

Ayer el Ibex 35, índice bursátil del mercado continuo español, protagonizó su caída más importante desde octubre de 2008. Y es de mayor gravedad que las de aquel mes, porque si entonces la Bolsa española cayó con las demás Bolsas del mundo arrastrada por la quiebra de Lehmann Brothers, ahora ha encabezado las pérdidas, al estar situada en el ojo del huracán.

Las esperanzas del algún analista financiero anoche, para quien el ‘pánico vendedor’ vendrá seguido de un ‘pánico comprador’ son una extemporánea carta a los Reyes Magos. Si ayer el Ibex 35 cayó el 5,6 por ciento, en el momento de escribir estas líneas sigue cayendo entre un 2,2 y un 2,5 por ciento adicional, lo que totaliza alrededor del 8 por ciento de pérdidas en dos días. Luego de haber rebasado por un instante los 13.000 puntos, ahora juega a entre Pinto y Valdemoro con la barrera psicológica de los 10.000. Aunque la mantenga al final de la sesión, el descalabro no tiene paliativos.

Un dato especialmente preocupante es que, según TVE esta mañana, ayer los inversores extranjeros deshicieron posiciones en el mercado español por la monumental cifra de 26.000 millones de euros. ¿La fuente – desconocida – quiere decir que los operadores españoles recibieron del exterior órdenes de ventas por ese importe? Habrá que confirmarlo.

En un artículo anterior (éste) indiqué que una de las claves de que la situación de España sea menos mala es la solidez de nuestro sistema bancario, que ha podido convertirse en una localización refugio para saldos de efectivo a corto plazo, denominados en euros. Ahora bien, si la huida de capitales extranjeros invertidos en la Bolsa se traduce en retirada masiva de fondos de nuestros bancos, las cosas todavía pueden pintar mucho peor. El riesgo explicaría la celeridad con que Botín ha salido a sacarle las castañas del fuego al gobierno ante la avalancha de críticas internacionales, incluida la de Almunia.

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jueves, 4 de febrero de 2010

Las cuentas del Gran Capitán

¿Por qué me empieza a parecer que el revuelo creado por la propuesta del gobierno de retrasar la edad de jubilación es una cortina de humo? Es verdad que en la decisión puede haber influido la presidencia española de la Unión Europea: cuando varios países empiezan a estudiar el asunto, el presidente Rodríguez Zapatero desea dar ejemplo y mostrar que hace sus deberes. Pero él mismo sabe que los buenos políticos matan dos pájaros de un tiro. El primero es ése, pero ¿cuál es el otro que tiene que llevarse su ración de plomo?

Muchos se preguntan: ¿por qué sacar este tema, cuyos efectos no se notarán hasta 2025 y en todo caso no necesita una decisión antes de 2013, ahora, cuando hay otros problemas más urgentes? Es la adivinanza del color del caballo blanco de Santiago. Lo que la cortina de humo pretende tapar son estos problemas más urgentes, ya casi angustiosos, hasta el extremo de que han forzado al gobierno a pisar el acelerador de su viraje hacia la ortodoxia financiera. La oposición, como está mandado, también mata sus dos pájaros de un tiro. Con la cantinela de que el gobierno carece de rumbo y no para de improvisar y dar bandazos, lo desgasta e induce a la opinión a creer que un golpe de timón es improvisación y falta de política.

Pero no; no hay ninguna improvisación ni falta de política. El gobierno ha dado otra vuelta de tuerca al giro que inició, aún tímidamente, con los presupuestos generales del Estado para 2010. Entonces redujo en un 0,8 por ciento la participación del gasto público en el PIB; ahora, la ha reducido en un 0,5 por ciento adicional, a la que deberá sumarse otro 2,6 por ciento en 2011-2013. Como resultado, el gasto público en ningún momento será ya superior al de 2010 (tras los últimos recortes, sólo un 1 por ciento por encima del de 2009, en términos reales), con lo que la estrategia de recuperación se centra en confiar en que la demanda de consumo y la de exportaciones – ya que la inversión continuará débil durante todo el periodo – tiren del carro, como vulgarmente se dice. Pero, ¿cómo va a haber en 2013 un 5 por ciento más de consumo que en 2008, con un 4 por ciento menos de empleo? So pena de que el gobierno esté pensando en abrir una brecha social tremenda y cuente con el consumo de unos ricos mucho más ricos, eso no se lo puede creer nadie.

Pero al final, ni siquiera esto es lo importante, hoy. Lo importante es que el gobierno ha hablado de gastar ya este año, sobre lo presupuestado hace unos meses, del orden de 5.000 millones de euros menos, cuando el año pasado, por estas fechas, empezaba a gastar 8.000 millones más; a ello se suma la espada de Damocles de la subida del IVA en julio (que no va a ayudar al consumo privado, dicho sea de paso). La reacción natural de muchos contratistas del sector público, y posiblemente la de otros empresarios, será no renovar contratos temporales. El gobierno admite que el empleo caerá todavía un 2 por ciento en 2010.

Pero que se ande con ojo. Porque un 2 por ciento es lo que ha caído ya, sólo en enero.


(Esta entrada sustituye a otra, publicada unas horas antes. Mi amiga Salce Elvira me dio la oportunidad de constatar la disparidad entre algunas de las cifras contenidas en la anterior versión y las contempladas en el Plan de Austeridad aprobado por el gobierno el pasado 29 de enero. Gracias, Salce. Pido disculpas por las molestias).

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miércoles, 3 de febrero de 2010

El ICO no se entera

No hay peor ciego que el que no quiere ver. El Instituto de Crédito Oficial ha dado a conocer a bombo y platillo los datos de su indicador de confianza de los consumidores en enero, que registra su máximo desde agosto pasado. Y lo ha dado a conocer con el triunfalismo a que se nos tiene acostumbrados desde la Administración: “Los españoles dan un voto de confianza a la economía”, reza el titular. Hace gala el ICO de poca prudencia, al manifestarse de esa forma tan sólo un día después de que se haya conocido que el paro creció en un cuarto de millón de personas en lo que llevamos de 2010.

Lo que el ICO y otros observadores empeñados en tratar la crisis como un problema de confianza no quieren entender es que la confianza juega un papel secundario entre nuestros problemas. Lo que ellos interpretan como esperanzador signo de reactivación no es más que un ejemplo, previsiblemente efímero, de ‘tirones’ compulsivos de la demanda, carentes de recorrido. La tasa de ahorro ha crecido en diez puntos porcentuales, del 14 al 24 por ciento, entre el otoño de 2008 y el de 2009. Recurrentemente, quienes disponen de recursos para ahorrar, y ahorran, ven en cualquier signo positivo de la coyuntura la ocasión que llevan meses esperando para volver a gastar. Creía el ciego que veía, y eran las ganas que tenía.

Así, la Administración, no viendo porque no quiere ver, y los consumidores, creyendo que ven lo que desean ver, se engañan mutuamente y encadenan una serie de ‘tirones’ de demanda, que los problemas de fondo terminan por cortar en seco.

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Casi cuatro millones seiscientos mil

Ésa es mi estimación del número de parados en España a fines de enero de 2010. Veamos.

El paro registrado en los servicios públicos de empleo ascendió en enero a 124.890 personas más, con un total acumulado superior a cuatro millones. Pero el número de cotizantes descendió en 257.828, lo que revela – por simple diferencia – que 132.938 personas perdieron sus puestos de trabajo pero no se apuntaron en las oficinas de colocación.

¿A qué se debe este comportamiento? Primero, a que esas personas no tienen necesidad de hacerlo porque no disfrutan del derecho a percibir prestación alguna; se trata, por tanto, de personas abocadas a un empeoramiento brusco de su nivel de vida. Y, segundo, a que no tienen esperanzas de que los servicios públicos les proporcionen empleo; esto determina que la estimación del paro registrado subestime el desempleo real. De ahí que se otorgue más fiabilidad a la cifra de paro estimado por la Encuesta de Población Activa (EPA).

Ahora bien, la EPA del cuarto trimestre de 2009 estimaba un paro de 4.326.500 personas. Si a esa cifra se suma la pérdida neta de puestos de trabajo en enero, se tendrá un total de 4.594.328.

Si febrero resulta tan malo como enero y marzo es sólo un poco mejor, al término del primer trimestre de 2010 el paro habrá superado la fatídica cifra de cinco millones. Ojalá que no.

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martes, 2 de febrero de 2010

La reforma laboral de los Cien

En un artículo anterior, traté de mostrar cuál es la opinión sobre la reforma laboral que, desde hace más de treinta años, tienen los empresarios de este país (aquí). En éste me ocupo de la defensa de reformas laborales, con matices frente a la anterior, que ha hecho un grupo de notables economistas (“los Cien”), que se ha sumado a las peticiones de reforma laboral el año pasado, cuando publicaron un famoso Manifiesto (texto).

Estos economistas ven con preocupación la dualidad existente en el mercado laboral español en términos de un segmento de trabajo sobreprotegido y un segmento de trabajo precario. La primera de sus propuestas consiste en reunificar ambos bajo un contrato único de trabajo con despido libre – es decir, sin intervención administrativa o judicial alguna – y con indemnización de 12 días tras el primer año y creciendo a razón de dos días por año hasta un máximo de 36 días por año de servicio. En sus primeras formulaciones, los Cien insistían en que no querían afectar a los derechos adquiridos y sí exclusivamente a los nuevos contratos, en los que se suprimiría la temporalidad. Pero declaraciones más recientes dan a entender que el contrato se aplicaría a todos, contratados y por contratar, con lo que la indemnización máxima de los primeros se reduciría de 45 a 36 días por año (aquí, penúltimo párrafo).

Con independencia de si la nueva indemnización se aplica a todos o sólo a los nuevos, la cuestión crucial, a mi juicio, es que presupone el despido libre: no habría despido justo ni injusto, procedente o improcedente, para nadie. Si un trabajador no cumple con sus obligaciones, se le paga la indemnización correspondiente y ya está. Si cumple pero su puesto “deja de estar disponible”, por usar el ocurrente eufemismo de la película Up in the air, pues se le paga la indemnización correspondiente y ya está. Además de una rebaja en las indemnizaciones, no habría salarios de tramitación, porque no habría tramitación alguna. Socialmente, los Cien justifican su propuesta por la supresión de la contratación temporal, la más precaria; económicamente, opinan que un único contrato laboral facilitaría la gestión de los recursos humanos en las empresas. Así, creen que se podría recuperar una tasa de paro del 10 por ciento en seis años y medio, en lugar de los diez que estima la Fundación de las Cajas de Ahorros dejando las cosas como están.

Mi reflexión como economista es que, con independencia de los efectos que se dice perseguir con ella, de llevarse a la práctica, la propuesta debilitará sensiblemente a los sindicatos. No sé si éste es un efecto contemplado o no. Lo seguro es que, si se instaura el despido libre y se reduce la indemnización máxima en un veinte por ciento, los bastiones laborales de empleo indefinido, que han sido y todavía son el grueso de la fuerza de movilización de los sindicatos, perderán fe en éstos, que tendrán menos capacidad de convocatoria y los efectos se harán notar en la negociación colectiva. Insisto en que no sé si se persigue este efecto, aunque otra propuesta de los Cien, relativa a la propia negociación colectiva, parece indicar que sí; trataré este tema en otro artículo.

En todo caso, me parece un error de bulto en el momento actual, por dos razones, que fueron las que me movieron a firmar el manifiesto alternativo, llamado "de los 700" (texto) y a presentarlo públicamente y defenderlo en radio y televisión, aunque no se tratara, ciertamente, del manifiesto que yo habría escrito. La primera de las razones es que la coyuntura sigue siendo deflacionaria en lo subyacente, y una reforma como la propuesta aumentará las tensiones deflacionistas. La segunda es que, con el nivel de problemas macroeconómicos que acumula España, el pacto de rentas es una opción a la que quizá haya que recurrir apresuradamente no dentro de mucho. Y un pacto de rentas necesita de sindicatos responsables, desde luego, pero fuertes y no débiles.

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lunes, 1 de febrero de 2010

El despido libre en la Constitución

En la Constitución Española de 1978 (CE 1978) existen dos artículos que entran en conflicto y entre los que se ha intentado establecer un equilibrio de suyo inestable. Declaran, respectivamente, el derecho al trabajo y el derecho a la libre empresa. El primero es mucho más ambiguo, y se ha querido interpretar de diversas formas, según los intereses en juego. Así, se lo ha querido ver como un contrapeso al derecho de huelga, en el sentido de que también hay un derecho a no seguir la huelga, esto es, un derecho a trabajar que hipotéticamente podrían conculcar los piquetes, y se trataría de prohibirles legalmente el hacerlo, para lo que, en consecuencia, se los califica en nuestro país de informativos, subrayando así que no deben de intimidar. Esta interpretación no se sostiene, toda vez que al derecho de huelga la propia CE 1978 lo adjetiva de fundamental, mientras que al derecho al trabajo no. En técnica jurídica, al parecer, la diferencia consiste en que el derecho fundamental puede ejercerse directamente, sin necesidad de legislación orgánica que lo desarrolle, en tanto que el derecho constitucional pero no fundamental necesita de dicha legislación para poder ejercerse. De ahí que nunca haya dejado de ejercerse el derecho de huelga aun cuando no hay ley de huelga que la regule, entre otras cosas porque los sindicatos se han opuesto (porque podían hacerlo) a que la haya. En otras palabras, incluso sin llegar al extremo de la violencia física, cuyo monopolio pertenece en un Estado de derecho a los poderes públicos, hay muchas coacciones que los piquetes de huelga pueden ejercer, coacciones que naturalmente ejercen y que hacen de su calificación de “informativos” un verdadero eufemismo. Y es que, en esta interpretación, el derecho al trabajo no está regulado, circunstancia que lo convierte en papel mojado.

La segunda interpretación del derecho constitucional al trabajo afirma que nadie puede ser arbitrariamente desprovisto de sus medios de subsistencia. En este sentido, un trabajador asalariado, que desempeña decentemente su trabajo, no puede ser despedido sin motivación alguna; motivación que debe ser sustanciada ante la autoridad competente, en unos casos judicial, en otros administrativa. Este es el derecho constitucional pero no fundamental al trabajo que desarrolla, como es preceptivo, el Estatuto de los Trabajadores. Y es esta regulación la que permite afirmar que el despido no es libre en España, aunque es cierto que puede llegar a producirse al final de un proceso en el que se ha demostrado judicialmente que es injusto, es decir, arbitrario, sin otra motivación que la voluntad del empresario de llevarlo a cabo, porque otra cosa sería dejar sin efecto el derecho a la libre empresa, que también reconoce la CE 1978.

Es así como el Estatuto de los Trabajadores, de forma tan alambicada, ha establecido un equilibrio inestable entre dos derechos, a la vez constitucionales y no fundamentales, que se contradicen mutuamente. Inestable, porque para el empresario es una costosa cortapisa, en tiempo y dinero (hay unos salarios de tramitación durante el proceso legal), el tener que pasar por una o varias instancias oficiales para llegar a un punto al que se ha propuesto llegar en todo caso. De ahí deriva la permanencia de la reivindicación del despido libre en el programa de la patronal española, que ante cualquier situación de dificultad ve en su consecución una fuente de posibles ahorros, que serían de mayor o menor ayuda para la supervivencia de la empresa. De otro lado, sin embargo, está la exigencia constitucional de coherencia entre las normas legales: establecer el despido libre, por más que fuera indemnizado, supondría vaciar de todo contenido un derecho constitucional, el derecho al trabajo. Un incómodo precedente, en el mejor de los casos.

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Reformas del mercado de trabajo

Desde hace casi un año, la reforma laboral es la única medida activa contra el desempleo que alcanzan a concebir las cabezas pensantes de este país. El asunto es difícil de discutir, porque parece que uno defiende a capa y espada el estado de cosas existente. No es así. Inicio aquí una serie de artículos breves que pretenden dar un vistazo panorámico al asunto. Empiezo por el planteamiento general de la reforma.

La reforma laboral se ha convertido en España en un mantra; ya sé que sus defensores sostienen que no, pero es un verdadero mantra: un canto religioso que se entona para conjurar males. Al coro de cantores acaba de unirse el Partido Popular, vinculando dos cosas que en principio no tienen relación, a saber, la reforma laboral y la edad de jubilación.

El primero en hablar de la reforma laboral, en el sentido actual de flexibilizar el mercado de trabajo, fue Carlos Ferrer Salat, y lo hizo en octubre de 1977, con ocasión de la fundación de la Confederación Española de Organizaciones Empresariales y para explicar por qué la gran patronal se abstenía de apoyar los Pactos de La Moncloa. España tenía, según él, relaciones de trabajo franquistas; era necesaria una reforma para adecuarlas a los requerimientos de una economía de mercado (algo, añadió a título personal, que no había existido en España desde comienzos del pasado siglo) y los Pactos – según él – ignoraban olímpicamente esa necesidad. Lo cierto es que el mercado laboral se adaptó a las necesidades de una economía de mercado con el Estatuto de los Trabajadores, a principios de 1980. No quedó conforme, sin embargo, la patronal con esta norma, y siguió reclamando más reformas y mayor flexibilidad. En 1984, se legalizó la contratación temporal, con la oposición de los sindicatos, que auguraron la pronta aparición de un segmento de precariedad en la población laboral española.

Desde entonces, no ha habido momento de crisis económica en que la CEOE no haya reclamado cotas crecientes de flexibilidad para salir de apuros. Flexibilidad en el despido, sobre todo, pues se busca la implantación del despido libre. Muchos, sobre todo en el ámbito sindical, opinan que en España ya hay despido libre (aunque indemnizado). Esto no es exactamente así, pese a que lo que se quiere decir – que el empresario siempre puede despedir a quien le dé la gana, pagando – es indudablemente cierto. Pero, técnicamente hablando, el despido no es libre, ya que aún subsiste una mediación judicial o administrativa (según el caso), cuya absoluta supresión es lo que se entiende por flexibilidad.

Pero si, tradicionalmente, la flexibilidad ha sido entendida como despido libre, recientemente, y desde círculos distintos de los empresariales, se une la exigencia de reformar la contratación colectiva. Conviene distinguir claramente entre ambas reformas, ya que los que reclaman una no tienen por qué estar de acuerdo con la otra.

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Jubilación

Ni de lejos es el financiero, con la incertidumbre que arroja sobre el futuro de las pensiones, el problema más importante de la jubilación, por más que sea el que preocupa ahora al gobierno. Aunque no es lo mismo, financieramente hablando, un sistema que tiene que mantener personas con un promedio de cinco años de vida tras el retiro laboral, que otro que debe sostener personas capaces de vivir quince años después del mismo, sí se podría pedir a la solución que fuera un poco más imaginativa y capaz de afrontar otros problemas a la vez que se ataca éste. Alargar dos años la edad de jubilación no es la clase de solución apropiada al siglo XXI.

Las décadas que el mundo tiene por delante son de la globalización tanto o más que las anteriores, aunque se olvide con la crisis. A estos efectos, el modelo español de jubilación – que la propuesta del gobierno no viene a remover en absoluto: al contrario, pretende apuntalarlo – ya era bastante malo hace diez años, y ha ido empeorando. El defecto fundamental es que una economía nacional, como la española, que compite globalmente con unas cuantas decenas de economías nacionales más, algunas muy eficientes, no puede permitirse el lujo de desperdiciar recursos productivos, y muchas personas de más de 65 años (no todas, ciertamente), a las que se impone el retiro forzoso, lo son. Ese despilfarro crece con cada año de esperanza de vida que los avances médicos arrebatan a la muerte.

El argumento que a veces se esgrime, de que los mayores quitan el puesto de trabajo a los más jóvenes, muestra a las claras la pobreza de expectativas de nuestra sociedad. Naturalmente que las personas de edad avanzada compiten con los jóvenes en una franja de los empleos disponibles; pero es una triste solución, amén de ineficiente, conceder a los segundos un ‘monopolio’ de esos empleos a costa de retirar del mercado laboral a las primeras. Porque así se incurre en dos males económicos, a saber, se pierden ventajas de la competencia y a la fuerza se deja ociosos recursos productivos. Ambos hándicaps no pueden sino lastrar la competitividad global de la economía española.

Las personas de edad avanzada combinan dos características, en cierto modo contradictorias, pero que definen el drama de nuestra condición mortal. Por una parte, se sienten crecientemente cansadas del esfuerzo realizado a lo largo de su vida laboral, que pesa sobre condiciones físicas (y, a partir de cierto momento, también intelectuales) cada vez más precarias. Por otra, frecuentemente se encuentran en el clímax de su vida intelectual; su experiencia se aúna al conocimiento, especialmente si no han dejado de adquirir éste a lo largo de la vida. Los esquemas de formación continua, propiciados por el llamado Plan Bolonia, se basan precisamente en la percepción de esta característica. Al llegar a la edad legal de jubilación, muchos acaban de alcanzar, por así decirlo, su plena madurez profesional. Y si es cierto que son incapaces de desempeñar ciertos empleos, con 65 años muchas siguen siendo muy capaces de afrontar las tareas y responsabilidades de otros. Estos ‘otros’ son empleos de que prescinde la economía española, con pérdida de competitividad global.

Un día de éstos, mencionaré un par de ejemplos – uno de trabajo manual y otro de trabajo intelectual – en los que personas mayores competirían con ventaja con otras más jóvenes y su aportación incrementaría notablemente la eficiencia de las empresas. Después, hablaré de las soluciones que se me ocurren al problema de mantener en activo a personas de esa clase que lo deseen, y así ayudar a sufragar las cargas de la seguridad social.

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