viernes, 19 de noviembre de 2010

Teorías de la crisis

Dos teorías compiten por explicar la crisis económica; hay otras, pero son peregrinas. Contra lo que tiende a creer el público, ambas parten de la base de que, aunque el detonante fue financiero, las causas de la crisis son más profundas.

Una apunta a la rigidez de los mercados. Si los mercados fueran perfectamente flexibles, viene a decir, desvíos erráticos del equilibrio darían lugar a ajustes vía precios y no vía cantidades. En otras palabras, una caída en la demanda tendría por efecto la reducción (quizá sólo temporal) de los salarios y no del empleo. Una crisis fortuita, como la de los activos “tóxicos” en 2007, con mercados flexibles, apenas habría tenido efectos sobre el empleo. El problema es que el mundo real se aparta mucho de ese modelo ideal, con lo que la mencionada perturbación ha hundido en el mayor marasmo a la economía global. No se puede garantizar un retorno rápido al pleno empleo, pero sí efectuar las reformas necesarias para que la siguiente crisis no tenga efectos tan devastadores. Esta forma de pensar es propia de lo que Keynes llamó escuela “clásica”, aunque el término es confuso. Yo prefiero llamarla austriaca, porque es consecuencia de la influencia que han adquirido economistas como Ludwig von Mises y Friedrich Hayek, pertenecientes a dicha escuela.

La teoría alternativa sostiene que el desempleo crónico es fruto de una excesiva acumulación de capital, intensificada, en los primeros momentos de la globalización, al concentrarse el ahorro de todo el mundo en la formación de capital en los países desarrollados. Conforme el ahorro mundial empieza a invertirse más homogéneamente por el planeta y los países emergentes rivalizan con los desarrollados en oportunidades de negocio, la inversión en estos últimos pierde fuerza y los efectos multiplicadores sobre la demanda agregada se hacen notar, en forma de desempleo crónico en los países desarrollados y crecimiento más intenso en los emergentes. Exactamente lo que vemos ahora. Esta teoría podría denominarse “keynesiana”, aunque yo prefiero llamarla clásica. Y es que Keynes era enteramente un clásico en cuanto a la previsión del estado estacionario, aunque divergiera de Ricardo y los clásicos posteriores en el estudio de los asuntos financieros, en los que Ricardo seguía a la escuela monetaria de Thornton y Keynes, en cambio, a la bancaria de Tooke. La verdadera ruptura se establece cuando los “austriacos” pretenden instaurar una confianza inconmovible en la capacidad del capitalismo para superar todos los obstáculos al crecimiento.

Los clásicos eran tan pesimistas como Keynes; la diferencia es que los clásicos veían el estado estacionario lejos y Keynes veía al mundo ya inmerso en él. Creo que ni una cosa ni la otra: el estado estacionario global parece aún lejano, pero hemos llegado a una suerte de estado estacionario local en Japón, que fue el primero, y ahora en Estados Unidos y Europa. Me temo que estos países no lograrán salir, por mucho que lo intenten. Japón lleva veinte años sin conseguirlo. Las reformas estructurales - en particular, la tan celebrada reforma laboral - no pueden nada contra el paro generado por el estado estacionario, y no sirven sino para destrozar la cohesión social. Quizá una revolución tecnológica, que no se vislumbra aún en el horizonte, pueda romper los límites del estado estacionario; quizá. De momento, la única salida realmente eficaz al desempleo es la emigración. Y no a Alemania, sino a China, la India, Brasil y los países que muestran verdadero dinamismo económico. Mientras nos mentalizamos a ello, sólo caben cuidados paliativos: políticas de estímulo fiscal y gestión monetaria acomodante. Es lo que hace Estados Unidos, y lo que deberíamos hacer nosotros.

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miércoles, 17 de noviembre de 2010

La economía política de hoy día

Quienes sostenían, hace mes y medio, que no había crisis de la deuda soberana en Europa, ahora desahogan sus nervios urgiendo a Irlanda a que tome una decisión sobre su rescate. Parecen sordos: Irlanda ya la ha tomado, y es negativa. El gobierno irlandés, reforzado con la red de seguridad tendida por la Unión Europea, va a tratar de cruzar el tempestuoso océano de la tormenta financiera, para llegar a mares más tranquilos. Mucho peor lo tiene Portugal. El vecino país está perdido. Las aguas podrán calmarse para Irlanda, pero Portugal carece de fundamentos como para resistirse a embates del calibre que está aguantando Irlanda. ¿Y España?

Lo he dicho y lo repito, el mar de fondo de la crisis de la deuda soberana europea, lo mismo la primavera pasada que este otoño, tiene su origen en la sospecha de los mercados, que empieza a convertirse en certeza, de que Europa se precipitó al trocar los estímulos fiscales en consolidación fiscal. Se está ahogando el crecimiento antes de que éste se haya afirmado lo imprescindible para considerarlo “sostenido”. Aquí todo el mundo es antikeynesiano, aunque pocos tienen el coraje de declararse “austriacos”. ¿En qué creen? Es la economía política del ama de casa (copyright, aquí): ningún ama de casa sensata gastaría más de lo que su marido trae a casa, y tampoco deben hacerlo los gobiernos. Nadie tiene el discernimiento para darse cuenta de que, efectivamente, no hay alternativa pero no porque no exista, sino porque Alemania no la aceptaría. Asumimos la consolidación fiscal porque de otra forma Alemania rompería la baraja, y eso nos da más miedo que ninguna otra cosa. ¿Es que no puede decirse así, sencillamente? Por lo menos Papandreu, el griego, lo está diciendo.

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martes, 2 de noviembre de 2010

Proposición 19

Junto con las elecciones a congresistas que se celebran hoy en Estados Unidos, el estado de California pone a votación una propuesta para legalizar el consumo y la producción doméstica de marihuana. El apoyo de destacadas personalidades, como Vicente Fox (ex presidente de México) y el financiero George Soros, a la legalización muestra que el asunto trasciende los límites de la cultura hippie. En España, el ex presidente Felipe González se atrevió hace unas semanas a defender la idea.

Los economistas – con el finado Milton Friedman a la cabeza – casi unánimemente han estado por la legalización. La teoría predice que ésta traerá el fin o al menos el debilitamiento de las mafias. Ocurrió en 1934 con el fin de la Prohibición en Estados Unidos. En aquella ocasión, el New Deal también trató de administrar un anestésico social: ya que el gobierno no podía garantizar empleo para todos, se trataba de no impedir que se bebiera para olvidarlo. La presión mediática ahora a favor de la marihuana viene a cumplir un cometido similar.

Hay un tercer argumento, el fiscal. Sólo en California, se estima que un impuesto de 50 dólares por onza (unos 35 euros por cada 30 gramos) podría generar ingresos tributarios de unos 1.000 de euros al año. Es una suma nada desdeñable. Después de todo, se trataría de poner al cannabis en pie de igualdad con el tabaco y el alcohol, cuyos efectos son tan nocivos o más. Y el argumento de que la legalización estimulará el consumo es falaz. La legalización desmitifica la droga, y al disminuir el motivo de transgresión puede incluso que el adicto pase de considerar el consumo un ejercicio de libertad individual a verlo como una adicción como otra cualquiera de la que conviene liberarse.

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viernes, 28 de mayo de 2010

La soledad del Presidente

Donde creo que radica el mayor fracaso de Zapatero, más que en haber dado un giro de 180 grados a las políticas sociales (que esto puede presentarse como un ejercicio de realismo político, siempre elogiable en un hombre de estado), y más que en la pérdida de apoyos a diestro y siniestro (que los apoyos siempre se pueden recuperar cuando hay tiempo, y el Presidente aún lo tiene) lo veo en la quiebra de su proyecto a largo plazo. En noviembre de 2008, la víspera de acudir a Washington a la reunión del G-20, Zapatero alardeaba – y no estaba solo entre los estadistas europeos – de que la política iba a meter en cintura a los mercados. Los demás han nadado y guardado la ropa desde entonces; Zapatero se jugó el todo por el todo a esa carta. Ahora ha comprendido que los mercados son más fuertes y es él quien se somete a la disciplina. Es muy difícil, si no imposible, mantener el tipo en tales circunstancias.

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martes, 30 de marzo de 2010

Diversidad sostenible

No se vea en mi escepticismo ante el coche eléctrico cien por cien una oposición al cambio de modelo productivo, al que mañana me referiré in extenso. Al contrario. Hay que buscar salidas al consumo ingente de combustibles fósiles (no sólo petróleo sino también gas natural) que acarrea cualquier actividad que realizamos, y salidas que sean viables a plazos más cortos que los prometidos por el automóvil eléctrico. Muy, muy resumidamente: si cambiamos todos los combustibles fósiles que mueven el transporte rodado de hoy por energía eléctrica, no habrá forma de resolver la ecuación energética sin acudir en masa a la energía nuclear, o sin llenar el país de centrales térmicas de gas natural (peores, en términos medioambientales, que las nucleares). De otra forma, el balance energético no cuadra. Claro que hay alternativa: viajar en preciosos trenes de alta velocidad, desplazarnos en maravillosos coches cien-por-cien eléctricos, pero no bajar de cinco millones de parados. Ser una sociedad, en definitiva, en que las utilities – es decir, las grandes compañías de servicios de electricidad, de gas, ferroviarias, aéreas, etc. – tengan garantizado un elevado nivel de ingresos mientras desaparece el tejido empresarial de pequeño y mediano tamaño porque el consumidor carece de renta disponible tras las exacciones impuestas por la política industrial y de vivienda (véase la entrada de ayer).

Prefiero el reciclado de aceite vegetal. ¿Saben ustedes que los trenes que circulan por los parques Disney de todo el mundo están movidos, al cien por cien, por aceite reciclado de las cocinas de los restaurantes de esos mismos parques? Es verdad que el aceite vegetal, al quemarse, emite CO2. Pero no es menos cierto que antes, al crecer la planta de la que ese aceite ha sido extraído, restó gases de efecto invernadero de la atmósfera. El débito se compensa con un crédito anterior.

En el Reino Unido, han descubierto que los motores diesel son aptos para una pequeña transformación, con un coste aproximado de 700 libras (menos de mil euros), que les permite funcionar exclusivamente con aceite vegetal usado en cocina. Increíble, pero cierto. Ya se ha organizado un mercado de aceite usado y de conductores dispuestos a reciclarlo en sustitución del gasóleo de automoción; empresas que disponen la recogida de aceite de freidurías de fish and chips y otros restaurantes, y que lo venden a domicilio por Internet. Los efectos resultan beneficiosos desde múltiples puntos de vista: menor dependencia de las importaciones de combustibles fósiles y ahorro de divisas, práctica desaparición de una de las sustancias que más contaminan los aguas, and last but not least abaratamiento del transporte para los usuarios del automóvil.

No lo creerán, pero al gobierno no le gustó. El gobierno de Su Majestad, como el nuestro, depende en alto grado de impuestos especiales que gravan el uso de combustibles fósiles y sus derivados, recaudados de los conductores de vehículos a motor diesel que queman gasóleo pero no de los conductores de vehículos a motor diesel (con una pequeña transformación, casi doméstica) que queman aceite de cocina reciclado. Se entiende el pánico del gobierno: de generalizarse el uso del invento, los ingresos fiscales podrían recibir un buen mordisco. En consecuencia, ha tratado de combatir la “innovación” por todos los medios. Se ha tachado a sus partidarios de defensores de la economía cutre. Se ha intentado ilegalizar la transformación por supuesto aumento de los riesgos en la conducción (sin éxito: la sustitución es prácticamente perfecta e inocua para la conducción). El público británico (a diferencia del español) tiene una noción intuitiva de la economía que no le permite cerrar los ojos a la liquidación de un mercado surgido espontáneamente. Muchos opinan que el desempleo desaparecerá gracias a la multiplicación de mercados así, y no a la acción esquilmadora de las utilities.

Cuando perdí de vista el culebrón mediático de la transformación de motores diesel para usar aceite de cocina reciclado, el gobierno británico estudiaba generalizar el impuesto sobre hidrocarburos de origen fósil a cualquier combustible de automoción, aunque su origen sea vegetal. Pero el asunto no era sencillo. Este impuesto se justifica por la contaminación generada en la combustión; en esto, el aceite reciclado no difiere del gasóleo. Sin embargo, si la contaminación justifica el impuesto, la eliminación de aceite vegetal, serio contaminante de las aguas, justificaría una subvención. Da la impresión que los estudios del gobierno británico le llevaban a la conclusión de que todavía tendría que dar dinero a los conductores que usan aceite reciclado, porque su contribución al ahorro en la depuración de aguas es de mayor valor que su emisión de gases contaminantes. ¡Y hasta ahí se podría llegar!

Al final, parece que el gobierno se ha resignado a tolerar el fenómeno con tal de tenerlo circunscrito a conductores con cierto perfil de “marginales”, manteniendo la presión mediática para desanimar al conductor medio en vez de promocionar la solución. No es, desde luego, la solución que va a terminar con el uso de combustibles fósiles (no hay tanto aceite usado que reciclar), pero sí una de las muchas iniciativas que tendrían que ponerse marcha al efecto. Al menos, se ahorraría bastante en depuración de aguas. ¿No es esto economía sostenible, al cien por cien?

No digo que nos olvidemos del coche eléctrico. Digo que, como política industrial, hay que promocionar las innovaciones que pueda utilizar la mayoría con preferencia a las que sólo va a utilizar una minoría. Si yo fuera ministro de Industria, compraría a los ingleses la patente de la transformación de motores diesel, metería ésta en un paquete más amplio de promoción de los biocombustibles (sobre los que tengo algo que decir), y negociaría el próximo plan renove con los fabricantes condicionándolo, entre otros extremos, a la incorporación de la transformación a modelos de serie. Si no hubiera en España empresarios para organizar el mercado de recogida del aceite usado, me traería del Reino Unido a los que han sabido organizarlo allí pese a la oposición del gobierno, para que lo organizaran aquí con su apoyo. Siendo absolutamente beligerante en Europa, me aliaría con Alemania en el tema del biodiesel a cambio de su aval en este otro tema.

Ésta es mi apuesta de presente. Cada vez que alguien dice “esto es el futuro”, parece predecir un monopolio; como si las alternativas estuvieran condenadas a desaparecer para que el futuro pueda ser realidad. Es cuestión de gustos o, como dicen los economistas, de preferencias. Prefiero la diversidad sostenible en una sociedad abierta a la ingeniería de sistemas con ecos de ciencia ficción.

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martes, 23 de marzo de 2010

Mercados y burocracias

Otra de las preguntas de Gustavo Alonso Carretero, el amigo de Ciudad Real, en su último comentario – a la izquierda de este texto – era si lo ocurrido con el virus H1N1 (gripe A), que ha generado una alarma aparentemente excesiva para el peligro real que comportaba, pero muy lucrativa para la industria farmacéutica, no es un buen ejemplo de manipulación de los mercados. Se refería a la entrada sobre fundamentalismos de mercado (aquí), donde yo decía que los mercados, a diferencia de las burocracias, no son manipulables. La pregunta es interesante, porque me permite aclarar este concepto un poco esotérico de los mercados.

En principio, lo que llamamos en general – y llamaba yo en la mencionada entrada – ‘los mercados’, así, a secas y en plural, es el conjunto formado por los mercados financieros y de materias primas de ámbito global. Sólo entran mercados financieros y de materias primas, lo que excluye lo que se llama mercados de bienes y servicios corrientes; y excluye también mercados de ámbito meramente local aunque sean financieros, como el mercado del crédito a las pequeñas y medianas empresas en España, pongamos por ejemplo.

Digo que los mercados, así entendidos, no son manipulables, fundamentalmente por tres razones. La primera es que están altamente organizados a escala global; por ejemplo, una parte importante del mercado mundial de petróleo está organizado en Rótterdam (Países Bajos), el mercado mundial del cobre está organizado en Londres, el mercado de cereales y carne está en Chicago, los tres grandes mercados de divisas son Londres, Nueva York y Singapur; el mercado de renta variable más importante está en Nueva York, aunque hay plazas importantes en Tokio, Hong Kong, Shangai, Londres, París y Frankfurt; y, así, sucesivamente. El regulador de cada uno de estos mercados ha sido constituido de forma que el impacto de los sobornos sobre su actuación sea mínimo, si no propiamente inexistente, sobre todo, porque imparte a los operadores instrucciones sólo sobre cómo deben actuar, no sobre qué actuar. La segunda razón es que, como son globales y están altamente organizados, concurre a ellos un gran número de operadores y de intermediarios, lo que hace prácticamente imposible sobornarlos a todos. Y la tercera, y quizá más importante, es que los mercados están todos interconectados como vasos comunicantes, de forma que los productos intercambiados en cada uno de ellos es sustitutivo de, y sustituible por, los productos intercambiados en todos los demás, de manera que habría que manipularlos todos a la vez para que la manipulación de uno fuera efectiva. Algo que está fuera del alcance de ningún país o grupo financiero del mundo.

En todo caso, el mercado de vacunas contra la gripe A no pertenece a este tipo de mercados. Primero, porque no es un mercado ni de materias primas ni financiero, sino de un bien corriente; todos los medicamentos lo son. Segundo, porque no está organizado y los operadores son un corto número de grandes multinacionales, por el lado de la oferta, y los gobiernos del mundo, que tampoco son tantos, por el lado de la demanda. Y, tercero, porque lo que podríamos llamar el regulador de este mercado es la Organización Mundial de la Salud (OMS), organismo de las Naciones Unidas con un apreciable componente burocrático especialmente vulnerable a los sobornos precisamente porque el mercado no está organizado. Que la OMS recomiende a los gobiernos comprar vacunas antivirales contra una pandemia es equivalente a que la Comisión Nacional del Mercado de Valores recomendara a los operadores comprar acciones de tal o cual empresa, cosa que nunca ha hecho ni hará. Un mercado así es fácilmente manipulable, también por varias razones. Para empezar, hay mucho dinero en juego para una clase dada de operaciones. De todo ese dinero, se puede tomar un buen pellizco para sobornar a uno o varios funcionarios de la OMS, situados en posiciones clave (no tienen por qué ser directivos, basta con que sean asesores con capacidad de influir en el juicio de los directivos). Además, se juega con un tema sensible, como es una posible pandemia con efectos hipotéticamente fatales sobre la salud, con lo que las decisiones tienen que ser rápidas, guiadas por el axioma “más vale prevenir…”. Todo esto configura un cuadro en el que la manipulación por intereses económicos es posible.

Sin embargo, personalmente no creo que todo se haya debido a manipulación por intereses económicos del sector privado. Más bien, lo que ha habido es una confluencia espontánea de intereses, respectivamente económicos y políticos, de las multinacionales farmacéuticas y los gobiernos, confluencia ante la que la OMS no ha hecho más que plegarse, como no podía ser de otra forma. Una razonable alarma, creada por una veintena de muertes muy rápidas en un rincón de Méjico, pudo suscitar la duda de si se trataba de una peligrosa pandemia o de un caso de déficit inmunológico a escala local (como el que exterminó en el pasado poblaciones enteras del Nuevo Mundo por contagio de sarampión, varicela y otras enfermedades benignas en Europa). A la sazón, los gobiernos acaban de cosechar un decepcionante fracaso en la cumbre del G-20 en Londres, donde las expectativas despertadas en la anterior cumbre de Washington, de reformar la arquitectura financiera internacional, quedaron en agua de borrajas. En esa tesitura, una rápida y contundente reacción contra la pandemia, con la vacunación masiva, daba a los gobiernos la oportunidad de aparentar la determinación y eficacia que les ha faltado en la lucha contra la crisis económica.

Dicho esto, no me parece que la solución a la debilidad de las burocracias frente a los sobornos y las presiones políticas sea reemplazarlas por mercados en todas las funciones concebibles. Primero, porque que los mercados no son manipulables no excluye que sean influenciables. Tienen un componente psicológico, que Keynes denominó animal spirits o “espíritus animales”, que los convierte en presa fácil – mucho más fácil que las burocracias – de euforias y pánicos, a los que los mercados son particularmente vulnerables en situaciones con malos registros generalizados de los principales indicadores macroeconómicos. Segundo, porque lo realmente necesario es insuflar una nueva ética, mucho más exigente; y más necesario aun insuflarla en los mercados que en las burocracias.

Después de todo, las burocracias – como destacó Max Weber – generan su propia ética, y sólo se corrompen cuando lo hace quien les manda: el gobierno. Los mercados, en cambio, como expresión de continuas e innumerables subastas donde el que más paga se lleva el gato al agua, no generan ética alguna: ésta es la principal enseñanza de la crisis en que estamos.




Barak Obama se somete a la vacunación contra el virus H1N1, el 20 de diciembre de 2009. (Foto: Casa Blanca)

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miércoles, 17 de marzo de 2010

Tormentos del purgatorio

El purgatorio es un lugar donde se sufre. No es mejor que el infierno salvo en el detalle de que hay lugar a la esperanza: no es eterno. Ahora bien, parte del sufrimiento en el purgatorio económico proviene de la falta de solución a la crisis; por lo menos, solución que pueda vislumbrarse efectiva a corto plazo. Así, la esperanza de salir es verdadera esperanza – en sentido religioso, si se quiere – y no expectativa racional de salida. Otra parte del sufrimiento proviene de que cada cual tiene su propia opinión sobre lo que hay que hacer, pero, nos pongamos como nos pongamos, tenemos que salir de la crisis todos juntos, como sociedad. Por esta razón, se suceden interminables debates, a veces particularmente agrios, acerca de lo que sería más conveniente hacer; debates en los que cada cual tiende a afirmar que sus propuestas son las únicas y que las de los demás conducen directamente al desastre, o sea, al infierno. Éste, como digo, es el estado de ánimo colectivo que podría considerarse “normal” en el purgatorio económico.

Aparte de sufrimientos imaginarios, hay sufrimiento real. Eso es, propiamente hablando, lo que cabe llamar “tormentos del purgatorio económico”. Se concretan en actuaciones como las siguientes. Nadie quiere pagar más impuestos, pero se termina pagándolos; el gobierno empezó diciendo que no habría reforma laboral, pero acaba de decir que la habrá en abril; pocos quieren retrasar la edad de jubilación, pero se terminará retrasándola; hay protestas airadas (entre ellas la mía: aquí) cuando se habla de recortar salarios, pero hasta Krugman dice que hay que recortarlos; Zapatero jura y perjura que no tocará los gastos sociales, pero dos años pueden ser un periodo casi eterno cuando la crisis arrecia.

Si el lector me perdona la inmodestia, lo más inteligente sería posponer la mayor parte posible de los sufrimientos a la época en que la economía esté en franca expansión, como propongo en “Una política monetaria y financiera alternativa” (púlsese el vínculo más arriba); es la estrategia de ir a peor lo más despacio posible. Pero hoy manda la ortodoxia financiera – una forma de ignorar el pasado como otra cualquiera – y la ortodoxia financiera dice que hay que sufrir, sufrir mucho, y sufrir ahora. Forma parte de una cultura de raíces protestantes y moral rigorista, puritana y por momentos auto flageladora, que tampoco es la nuestra. La tenemos instalada aquí – vean ustedes que no en Italia, por ejemplo – … ¿por qué razón? Dejo al lector la tarea de adivinarlo.

Para que el lector se forme una idea clara de lo que significa la ortodoxia financiera en punto a lo que tiene que padecer la sociedad en el purgatorio económico, propongo la imagen del tormento de la garrucha (artículo de Wikipedia aquí).



La mejor descripción de sus efectos la encontramos al final del capítulo 43 de la primera parte de El Quijote:

“…se desviaron los juntos pies de don Quijote, y, resbalando de la silla, dieran con él en el suelo, a no quedar colgado del brazo: cosa que le causó tanto dolor que creyó o que la muñeca le cortaban, o que el brazo se le arrancaba; porque él quedó tan cerca del suelo que con los estremos de las puntas de los pies besaba la tierra, que era en su perjuicio, porque, como sentía lo poco que le faltaba para poner las plantas en la tierra, fatigábase y estirábase cuanto podía por alcanzar al suelo: bien así como los que están en el tormento de la garrucha, puestos a toca, no toca, que ellos mesmos son causa de acrecentar su dolor, con el ahínco que ponen en estirarse, engañados de la esperanza que se les representa, que con poco más que se estiren llegarán al suelo.”

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lunes, 1 de marzo de 2010

Fundamentalismos de mercado

Una de las causas más importantes de la crisis actual, y sobre todo de su excesivamente larga duración, estriba en lo que denomino fundamentalismos de mercado. Fundamentalismo de mercado es toda creencia de que, como los mercados no son manipulables en tanto que las burocracias sí lo son, el mercado es un mecanismo infalible de asignación de recursos. Y si no quieren usar la palabra ‘infalible’, digan ustedes ‘el mejor’ o ‘el menos malo’ de los mecanismos de asignación conocidos. ¿Verdad que nos entendemos? Los fundamentalismos de mercado vienen a identificarse con lo que otros llaman ‘neoliberalismo’ o ‘neoliberalismos’.

De que los mercados – sobre todo los mercados globales – no son manipulables no cabe deducir que no sean influenciables. Lo son, y en gran medida. Los medios de comunicación, y los organismos internacionales, amén de los gobiernos, ejercen continua y muchas veces contradictoria influencia sobre ellos. De manera que si los gobiernos, los organismos internacionales y los medios ostentan ideas espurias sobre la crisis o la forma de tratarla, los mercados no serán inmunes a ellas.

Un magnífico ejemplo es el pánico que hizo presa de los mercados hace unas semanas. El año pasado la generalidad de los gobiernos del mundo desarrollado se dejó llevar por el triunfalismo; ese triunfalismo fue aireado por los medios, y los mercados se contagiaron de él. Estábamos saliendo de la crisis, eso nadie lo dudaba, y el problema era que algún país como España daba muestras de estar rezagándose. Desde fin de año, sin embargo, el horizonte de la reactivación empezó a estar menos claro. El paro no deja de crecer y la confianza de los consumidores se desploma en Estados Unidos mientras las exportaciones no terminan de despegar en Alemania. La reacción de los mercados en estos casos es automática: si no se puede ganar dinero con apuestas alcistas, habrá que intentarlo jugando a la baja. ¿Contra quién se apuesta a la baja? Los mercados tienen una memoria corta pero lastrada con una pesada inercia: el blanco predilecto del pánico fue el país, España, que parecía ir retrasado en una recuperación que ha demostrado ser ilusoria. ¿Parece absurdo? Lo es, pero así es como los mercados razonan. No es conspiración, ni manipulación; es, simplemente, un fallo del mercado. Una concatenación de estos fallos nos metió de hoz y coz en la actual crisis.

Una conclusión de este breve relato es que los mercados, que juzgan continuamente la credibilidad de empresas y hasta países, no son merecedores, a su vez, de excesiva credibilidad. Sufren de euforias y pánicos, y orientarse en exceso por sus animal spirits equivale a emborracharse con sus euforias y enloquecer con sus pánicos. La política económica debe estar dotada de mayor consistencia y estabilidad. En ningún caso, dejarse arrebatar por sus sacudidas irracionales.

Y algo más, todavía. Un principio básico de la política económica debe ser dotar al crecimiento de los países más castigados por el paro de la mayor autonomía posible respecto de los mercados, financiando en todo lo que se pueda su déficit público sin recurrir explícitamente al ahorro privado.

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domingo, 21 de febrero de 2010

Las razones de un cambio

Hasta ahora, este blog se ha llamado de forma distinta: “Ningún almuerzo es gratis”. Hace una semana, un amigo me advirtió de que hay otro blog con nombre parecido: “Nada es gratis”. Comprobé que es cierto. Mala suerte. Mi nombre es apreciablemente mejor. “Nada es gratis” no pasa de ser una trivialidad, y además poco divertida. En cambio, “Ningún almuerzo es gratis” es una traducción bastante fiel del refrán inglés “There ain’t such a thing as a free lunch” o “There is no such a thing as a free lunch”, un dicho que tiene larga tradición en el pensamiento económico. Milton Friedman utilizó la segunda forma para titular uno de sus libros. La frase aparece en numerosos libros de texto y hay quien considera que es el núcleo del pensamiento económico.

En consecuencia, me he resistido varios días a valorar siquiera la posibilidad de un cambio. Pero hay dos razones de peso para reconsiderar esta actitud. La primera es que, pese a todo, hay demasiada proximidad semántica entre ambos nombres. Dado que el de ellos es anterior, podría parecer que simplemente trato de diferenciar mi producto del suyo. Nada más lejos de mi intención.

La segunda razón es más fundamental. Las vueltas que le he dado al asunto me han ayudado a comprender que “Ningún almuerzo es gratis” refleja muy pobremente mis ideas sobre la crisis. Y éste es, eminentemente, un blog sobre la crisis. En realidad, mis ideas ahora tienen muy poco que ver con las de Friedman. En general, soy bastante crítico con la definición convencional de economía en los términos de Lionel Robbins, como ciencia que trata de la asignación de recursos escasos susceptibles de usos alternativos. Tengo la convicción de que ésta es una crisis de insuficiencia de demanda efectiva. Es como si el sistema económico se hubiera vuelto loco. Los recursos no son escasos; más bien al contrario, son superabundantes en cierto sentido, y aún así no se los puede emplear. Por tanto, existe la posibilidad de que haya almuerzos gratis, a condición de encontrar los recursos necesarios entre los que están ociosos y de movilizarlos oportunamente.

Una vez decidido el cambio de nombre, había que elegir el recambio. He optado por un título inspirado en Paul Krugman, a saber, “Purgatorio económico”. Eso sí define, con bastante claridad, a mi juicio, la situación en que el capitalismo se encuentra. En esa situación, la tarea fundamental estriba, por ahora, en evitar que el purgatorio se convierta en infierno económico. Como ha dicho el propio Krugman, en ir a peor lo más despacio posible.

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