jueves, 16 de junio de 2011

Previsible reestructuración de la deuda griega

En el pulso que mantienen Alemania y el Banco Central Europeo, no es lógico que este último se salga con la suya y evite la reestructuración de la deuda griega indefinidamente. De ocurrir esto último, desaparecería todo rastro de representación democrática en las decisiones de política económica de la Unión Europea. Yo tengo mis diferencias con la señora Merkel, pero ha sido elegida por el pueblo alemán, que, no siendo la totalidad del pueblo europeo, al menos es un parte. Jean Claude Trichet sólo representa a un puñado de plutócratas. Además, Merkel tiene consigo el factor tiempo. Podrá ceder en los pagos parciales a Grecia en julio y agosto, pero tiene la infalible baza de vetar al sucesor de Trichet si no apoya la posición alemana en esta crucial cuestión. Ya se ha entrevistado con Draghi.

Según datos del Banco de Pagos Internacionales (BIS) de Basilea, Grecia debía, a fines de 2010, 54.196 millones de dólares por concepto de deuda soberana a inversores extranjeros, de ellos 14.960 millones a Francia, 22.651 millones a Alemania, 3.408 millones al Reino Unido y 540 millones a España. La reestructuración de esa deuda no puede equivaler a la pérdida de todo el principal. De modo que el quebranto que sufrirán los acreedores – en su mayoría bancos – ha de ser limitado. La puesta de los bancos franceses en revisión por Moody’s y Fitch a lo largo del día de ayer, sin mención alguna de los alemanes, considerablemente más expuestos, muestra que ambas agencias han decidido tomar posiciones (opuestas) en el debate con objeto de influir sobre la postura de Francia en el mismo. España respalda al BCE. Me gustaría creer que hay en ello algo más que el papanatismo de creer que en el BCE están los mejores economistas de Europa. Conozco a alguno, y no es tan bueno.

Hay dos problemas más serios que el quebranto que se puede esperar en Europa de la reestructuración de la deuda griega. Uno es la exposición de los bancos griegos a la deuda soberana de su país, estimada por el BIS en 159.100 millones de dólares. Ese volumen, repartido entre ocho bancos, puede llevar a la quiebra de todos ellos. A su vez, el BIS estima que la exposición de los bancos europeos a la banca griega asciende a 136.317 millones de dólares, de ellos 56.740 millones corresponden a bancos franceses, 33.974 a bancos alemanes, 14.060 millones a bancos británicos y 974 millones a bancos españoles. Estas cifras son apreciablemente superiores a las de la deuda soberana, y añadidas a ella podrían suponer un quebranto ciertamente considerable para la banca europea. Una solución a este problema, ya planteada meses atrás, consistiría en la conversión de deuda bancaria griega en capital extranjero. La privatización de activos públicos, actualmente en estudio, podría ser menos eficiente que la venta de la banca griega a los bancos extranjeros que sean sus mayores acreedores. En todo caso, el préstamo de 90.000 millones de euros que se debate ahora no hará más que demorar tres años la resolución de este problema, que nos esperará, acrecentado como una bola de nieve, al término de ese plazo.

El segundo problema es la inversión que ya ha realizado el propio BCE en bonos griegos, inversión que podría rondar los 70.000 millones de euros a precios medios del último semestre, lo que casi podría ser el doble de esa cifra a precios nominales. La banca europea, en efecto, ha aprovechado el programa de compra de bonos por el BCE en el mercado abierto para deshacerse de la mayor parte de su cartera de deuda soberana de Grecia. Si Grecia reestructurara, el quebranto del BCE podría ser considerablemente mayor que el de la banca privada de todo el Continente. Podría, pero no tiene necesariamente que serlo. El BCE ha adquirido la deuda griega con un considerable descuento, y todavía podría recoger sustanciosos beneficios si la quita asociada a la reestructuración fuera menor que el descuento con que él la ha adquirido. Sospecho que el BCE no está haciendo otra cosa que negociar con Alemania una quita que le resulte beneficiosa. De ahí mi convencimiento de que el BCE terminará por ceder a la tesis alemana, con tal de que se le garantice suficiente compensación y los bancos alemanes acepten la conversión en capital de sus créditos sobre la banca griega.

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miércoles, 25 de mayo de 2011

El horizonte económico se ensombrece por momentos

En el lapso de poco más de un mes, los mercados han pasado, de esperar una pronta solución de la crisis de deuda soberana, a temer la bancarrota de Grecia y el contagio a España e incluso Italia. Se habla cada vez con más frecuencia de una debacle del euro, a medio o largo plazo, como algo inevitable. Por otra parte, la economía estadounidense se ve amenazada por la extensión a ese país de la política de consolidación fiscal, en sustitución de los estímulos fiscales, la última versión de los cuales está próxima a vencer; con todo lo que eso supondrá de lastre añadido a las ya menguadas posibilidades de reactivación. Japón no ha hecho más que completar el recuento de las pérdidas generadas por el combinado terremoto/tsunami/accidente nuclear, que frenará sus oportunidades de crecimiento al menos este año. China enfría su crecimiento, lo que se traduce en caída de los precios de materias primas. Un volcán revoltoso se une a la protesta islandesa, y podría poner en riesgo el transporte aéreo trasatlántico, además del intraeuropeo. Y el gobierno socialista de España, apoyado desde hace más de un año por los mercados, acaba de sufrir una estrepitosa derrota en las urnas.

En el centro del cambio de coyuntura, sin embargo, está la falta de entendimiento de los gobiernos europeos (y sobre todo el de Alemania) con el Banco Central Europeo. Las desavenencias ya provocaron la dimisión del presidente del Bundesbank, hace menos de un mes, y la retirada de su candidatura a suceder a Jean-Claude Trichet en octubre. Ahora, el rifirrafe se centra en si Grecia debe o no «reestruturar» su deuda (eufemismo por declararse en bancarrota). La reestructuración de marras puede suponer un simple alargamiento de plazos – reprofiling, en la jerga financiera – o la quita de una parte de la deuda, o sea, que Grecia deje de pagar esa parte. Jean-Claude Juncker, primer ministro de Luxemburgo y presidente del Eurogrupo – la dirección política de la eurozona, en su calidad de instancia integrada por los ministros de Finanzas de los países donde circula la moneda común –, se ha pronunciado sin ambages por el reprofiling, como intento de evitar males mayores. A eso se opone tenazmente el BCE – la autoridad monetaria de la zona euro – con el argumento de que cualquier reestructuración de la deuda griega, por «suave» que sea, y el reprofiling es la forma más «suave» posible, reportará un quebranto desproporcionado a los bancos de toda la eurozona, como propietarios de la mayor parte de esa deuda; según el Banco emisor, eso supondría una crisis financiera de las dimensiones de un «Lehman Brothers» europeo. Tan preocupado pretende estar el BCE que amenaza incluso con no aceptar la deuda griega – que ya está calificada como «bono basura» desde hace tiempo, y la semana pasada Fitch la ha hundido aún más en esa sima – como garantía en caso de que sea objeto de reprofiling. Lo cual dejaría a la banca griega sin acceso a las operaciones de financiación del BCE y prácticamente forzaría la salida de Grecia del euro.

Alguien podrá pensar que el BCE se extralimita en sus funciones. Yo, desde luego, lo pienso. El BCE es la autoridad monetaria, pero no la crediticia. Este concepto es difícil de entender en España, donde ambas autoridades las reúne el Banco de España; pero es la excepción en la eurozona, donde la mayoría de los países – Alemania es un caso claro – reparten ambas responsabilidades entre organismos distintos. Se diría que el BCE batalla por ampliar sus competencias. El BCE no es más que la cúpula del Sistema Europeo de Bancos Centrales, y asume competencias delegadas por éstos. Ahora bien, buena parte de ellos no tienen competencias como supervisores de las entidades de crédito, y por tanto no pueden delegarlas en el BCE; y los que las tienen, como el BdE, no las han delegado. Angela Merkel, una de las personalidades que más ha abogado para que los acreedores privados – léase, los bancos – compartan sacrificios con el contribuyente, debe de ser más consciente que nadie de cómo se extralimita el BCE.

Los analistas atribuyen la beligerancia del BCE a sus propios riesgos en el asunto. Los bancos griegos han ido cediendo al BCE su cartera de deuda nacional al objeto de refinanciarse. Cualquier reestructuración, incluso la más suave, repercutiría en la cuenta de pérdidas y ganancias del BCE. Algunos han llegado a estimar que, si la deuda soberana de Grecia fuera objeto de una quita del 50%(*), las pérdidas del BCE le llevarían, a él también, a la bancarrota.

[(*): El mercado secundario, con el tipo de interés del 25% anual en los bonos griegos a dos años registrado esta semana, asume la bancarrota de Grecia dentro de ese plazo y por lo menos una quita del 45%].

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jueves, 14 de abril de 2011

Ochenta años después

Hay no sé cuánta gente empeñada en ponderar las virtudes del llamado «modelo alemán» en economía. Yo mismo tengo un interés grande en ese «modelo», y algo he escrito sobre el particular. Pero, lamento decirlo, me parece un absoluto disparate diseñar políticas económicas que pretendan imponerlo en España, con reformas estructurales o sin ellas. Y espero explicarme con claridad.

El «modelo alemán» requiere unos consensos básicos entre las distintas fuerzas políticas y sociales, que son trasunto de un consenso básico en la sociedad civil. Dicho consenso es una manera común – con matices, por supuesto, pero partiendo de una forma compartida – de concebir la historia alemana. El consenso se refiere a la manera de entender el fenómeno del nazismo. El nazismo fue aupado al poder por una alianza de los terratenientes prusianos (Junkers) y las clases medias urbanas, bajo la benevolente mirada del gran capital industrial y financiero. Con el tiempo, tanto los terratenientes como los industriales salieron escaldados, ante el ascenso de una nueva burguesía (de la cual la célebre IG Farben era emblemática representante), todopoderosa y arrogante, surgida de las clases medias a través del filtro del partido nazi y las SS. Pero lo cierto es que todos ellos prestaron su conformidad al régimen totalitario, recibido con pasmo por una clase obrera que vio descender el paro con Hitler prácticamente a cero. Al final, todos acabaron pringados. Y ese fue el origen del consenso básico. Tras el catastrófico final, en 1945, todos pudieron igualmente entrever la magnitud de la equivocación histórica que habían cometido, y se juramentaron para que eso nunca volviera a ocurrir. A partir de ese consenso básico, se pusieron a continuación de acuerdo en resucitar los logros políticos y sociales de la república de Weimar y de su incipiente «estado de Bienestar», rebautizado economía social de mercado. Tras unas disensiones iniciales sobre el sentido histórico de ésta, entre democristianos y socialdemócratas, entre patronal y sindicatos, todos acabaron convergiendo, dos décadas después de la hecatombe nazi, en la Gran Coalición de finales de los años sesenta del siglo pasado, verdadero origen próximo del «capitalismo renano», que es la expresión concreta en que se plasma el consenso básico del modelo alemán.

En España, falta por completo un consenso básico que se pueda comparar al alemán. Nuestra experiencia paralela del régimen nazi es la II República y la Guerra Civil. Donde los alemanes están de acuerdo en repudiar el nazismo, los españoles seguimos tan divididos acerca de la República y la Guerra como en 1939. Para algunos españoles, la República es el antecedente inmediato, en los órdenes jurídico y político, de la España democrática de hoy día; para otros españoles, fue un régimen débil que se dejó arrastrar a la anarquía por el fanatismo, quizá de unos y de otros. Unos españoles quieren desenterrar muertos de las cunetas e investigar minuciosamente las desapariciones; otros quieren dejar en paz a los muertos, y más en paz todavía a ciertos vivos. Unos querrían perseguir judicialmente los crímenes contra la humanidad que pudieron cometerse; otros sostienen que se cometieron crímenes en ambos bandos y para eso mejor no escarbar en la memoria. Unos apelan a la justicia humanitaria; otros sientan en el banquillo a los partidarios de esa pseudo justicia. Etcétera, etcétera.

Pero no termina ahí la cosa. Sigue habiendo dos Españas, y una todavía consigue helarnos el corazón. O mejor, hay España y anti-España. Los partidarios de España, una, grande y libre (hermosas palabras, por qué no) defienden «la unidad de sus tierras y de sus hombres», que es, en lo fundamental, lo mismo por lo qué Franco desencadenó la Guerra Civil; y una unidad en el nacional-catolicismo, que restrinja el divorcio, niegue el aborto y el matrimonio homosexual, al tiempo que dé más carácter administrativo que verdaderamente político a las autonomías regionales. La anti-España, en cambio, se siente a gusto entre nacionalismos independentistas o al menos «soberanistas», quiere que aborten las niñas de 16 años sin consentimiento paterno y está dispuesta a entregar infantes inocentes en adopción a personas con inclinaciones sexuales contrarias a la naturaleza. Ni siquiera hablan el mismo castellano: unos llaman al pan, pan, y a la guerra, guerra; otros, llaman guerra a lo de Irak e intervención humanitaria a lo de Afganistán y Libia. No hace falta que desgrane la diferente consideración que merecen, a unos y a otros, regímenes como el castrista en Cuba o el chavista en Venezuela, por no hablar de la consideración, igualmente diferente, del trato que habría que dispensar a dictadores como el general chileno Pinochet.

Las diferencias son incluso más profundas que todo eso. En el tema del terrorismo, es la convicción inamovible de los partidarios de la España, una-grande-y-libre, que ellos, ellos solos, lucharán hasta el fin de ETA. En eso siguen la doctrina Mayor Oreja, según la cual los partidarios de la anti-España no pueden luchar de corazón contra el terrorismo separatista, dispuestos como están a transigir con el separatismo, con tal de que no sea violento. Está, al parecer, en la naturaleza de la anti-España luchar contra el terrorismo de ETA sólo porque es terrorismo, no porque sea separatista; y eso determina que su lucha esté llena de contradicciones, con lo que no puede evitar oscilar cual péndulo del extremo violento de los GAL al extremo derrotista de las negociaciones de paz de Zapatero. La España, una-grande-y-libre, lo tiene más fácil y, por ende, lo debe hacer mejor: ella lucha contra ETA tanto en cuanto terrorista como en cuanto separatista, y doblemente mejor en cuanto separatista porque es terrorista. Y lo peor que puede hacer un representante de la anti-España, como Rubalcaba, es aparecer ante la opinión como el gestor de una eficiente política antiterrorista, que ha desmantelado media docena de cúpulas de ETA y metido entre rejas a docenas de terroristas. Aquí, la España una-grande-y-libre pierde los papeles y, lo que es peor, la cabeza y se afana, contra todo sentido común, en demostrar que el tal Rubalcaba, en el fondo de su corazón, es un amante de ETA: sí, digo bien, un amante de ETA, que por el amor que profesa a la organización terrorista, o al separatismo de su ideario, o a ambos, ha llegado al extremo de colaborar con la banda armada, avisando a ésta de una redada (que se sepa) que estaba a punto de caer sobre ella. Y se trata, no ya de desprestigiar al representante in pectore de la anti-España, sino – si es posible – sentarle a él o a sus colaboradores más cercanos en el banquillo y meterlos en la cárcel, como hace años se intentó con Felipe González y se logró con Barrionuevo. Y lo más sorprendente es que este mismo Rubalcaba era valorado, por la España una-grande-y-libre, como el más confiable interlocutor en la anti-España; como el hombre más capaz de tender puentes entre una orilla y otra de la gran catarata que nos separa; como un protagonista necesario, en suma, del pacto de Estado entre los grandes partidos que habría de devolvernos la esperanza en medio de la crisis y dirigirnos con mano firme pero amable por la senda de la recuperación económica. Se diría que, al apuntar y disparar contra Rubalcaba toda su artillería pesada, en una verdadera guerra de asedio que dura ya más de treinta semanas, ha querido esa España demostrar que ella es la única capaz de sacarnos de la crisis y de devolvernos el sentido de nuestra unidad de destino en lo universal. (¡Oh, perdón! Ahora caigo en la cuenta de que estos buenos señores y señoras lo único que quieren es que se cumpla la ley y se respete el Estado de derecho. Perdón, perdón).

¿«Modelo alemán», aquí, en España? ¿De qué estupideces se está hablando?

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miércoles, 30 de marzo de 2011

Alemania, Portugal, España y la crisis de la deuda

Cada uno interpreta a su manera los hechos que van ocurriendo, y debo confesar que no me convence la de otros. Se dice que los democristianos han perdido las elecciones regionales en Baden-Württemberg por los bandazos de Merkel en política energética. Quienes así se manifiestan – el lobby nuclear – no tienen ni idea o mienten a conciencia. Si acaso, esos “bandazos” han impedido que el descalabro democristiano fuera mayor. El principal efecto de Fukushima ha consistido en provocar un trasvase de votos a los verdes desde los socialdemócratas, muy desdibujados en los últimos meses. La pérdida de votos del gobierno – el partido liberal casi ha desaparecido del mapa político de los länder disputados – tiene que ver más con el descontento popular acerca de los asuntos europeos que con ninguna otra cosa.

Donde los alemanes ven que Angela Merkel está cediendo en demasía es en la crisis financiera. En su mayoría, los votantes opinan que el gobierno apoya en exceso a los bancos y muy poco a las capas más desfavorecidas de la población. El descontento se convierte en enfado cuando se percibe que Merkel emplea dinero de los contribuyentes en sostener no sólo a los bancos alemanes sino también a bancos de otros países europeos, como Grecia, Irlanda, ahora Portugal y quizá en un futuro no muy lejano también España. Parece el cuento de nunca acabar. Las explicaciones de los tecnócratas de turno, empeñados en que el sistema bancario – no sólo alemán, sino lógicamente de toda la zona euro – es imprescindible para el buen funcionamiento de la economía, no terminan de convencer. Sobre todo cuando parece evidente que hay alternativas, pero siempre se gira en la misma dirección. En este sentido, la crisis de Irlanda ha sido demoledora para la confianza del público alemán en la canciller. El anterior gobierno irlandés, de signo liberal, se obstinó en garantizar hasta el último euro de la deuda preferente de sus bancos, mientras Merkel porfiaba que los acreedores de la banca irlandesa – británicos, en su mayor parte – deberían compartir con el contribuyente alemán el coste de la crisis. Pero el gobierno irlandés tuvo entonces el apoyo del Banco Central Europeo – la tesis de la garantía absoluta todavía lo tiene – porque los acreedores bancarios son en su mayor parte otros bancos, y hacer que estos compartan los costes equivale, ni más ni menos, a hacer aflorar pérdidas que pondrían en peligro la confianza en el sistema bancario de toda la Unión Europea. Piénsese, por ejemplo, en Portugal. Un tercio de su deuda bancaria, unos 77.000 millones de euros, está en manos de bancos y cajas españoles; si se les obliga a compartir el coste de la crisis una fracción de esos activos se convertirá en humo, y están los bancos y cajas españoles como para volver a recapitalizarse de inmediato para tapar el agujero que podría surgir de esa forma. Todas estas cosas no se le ocultan al votante alemán, que está mejor informado y tiene más criterio que el español, por ejemplo. Un poco de su perspicacia no nos vendría mal, ya que tanto se habla del “modelo alemán” y sus virtudes.

Y debo confesar que Merkel empieza a despertar mi sincera admiración. Llevo más de un año diciendo, por activa y por pasiva, que la política alemana nos lleva al desastre. Pero, al César, lo que es del César, su habilidad es pasmosa. Ha encajado el resultado electoral dando la razón al lobby nuclear y reconociendo que Fukushima es la causa de su derrota, para reafirmar a renglón seguido su fe del converso en las renovables: el accidente nuclear ha venido a ser algo así como su particular caída del caballo en el camino de Damasco. En realidad, lucha por yacimientos de votos donde los democristianos nunca se habían atrevido a pescar. Ella conoce mejor que nadie la verdadera causa. Hacerse la tonta le proporciona margen de maniobra para seguir machacando, erre que erre, en la sombra. Anteayer, el ministro de Agricultura del nuevo gobierno irlandés – correligionario de Merkel – ya ha dicho que habría que considerar la posibilidad de que los acreedores bancarios compartan el coste de la crisis. En cierto modo, era inevitable porque los intereses de la deuda bancaria están devorando los 89.000 millones de euros del rescate de noviembre; hay que cortar esa sangría, ya que de otro modo los rescates no servirán para nada y toda la estrategia europea frente a la crisis se vendrá abajo. Poco a poco, Merkel va a ir sacando adelante su política, mal que les pese a los tecnócratas.

Esta perspectiva es crucial para entender en qué situación se encuentra España. Si el reparto de sacrificios con los acreedores bancarios se termina imponiendo como condición para los rescates, el pánico volverá a desatarse en los mercados. Es lo que trata de evitar el BCE, pero ¡al diablo con el BCE!, debe pensar Merkel. El viernes pasado, la cumbre comunitaria fracasó estrepitosamente en diseñar un mecanismo permanente de rescates financieros en la UE; aprovechando la dimisión del gobierno portugués, Merkel lo ha dejado todo en suspenso hasta que se acepte esa condición. El tiempo juega a su favor y en contra nuestra. Mientras el Banco de España, fruto de la autocomplacencia y debilidad con que está afrontando la crisis, pierde el tiempo con cuatro cajas de ahorros que tendrían que estar intervenidas y en proceso de liquidación desde el lunes 28 a las 24.00 horas (pero ¿qué hacer con los depósitos?: el BdE no puede ni siquiera planteárselo pues no se ha preparado adecuadamente), nuestros bancos y cajas, que mancomunadamente constituyen el primer acreedor de Portugal, echarán cuentas de qué pérdida habrán de encajar en cuanto se acuerde el rescate del vecino país. Y si sus cálculos les llevan a pensar que la pérdida en ese caso puede ser mayor que la que sufrirían vendiendo sus activos portugueses ahora, nuestros propios bancos y cajas serán los que desaten el pánico.

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lunes, 21 de febrero de 2011

El modelo alemán

En este preciso momento, dos modelos económicos son los importantes. A efectos prácticos, los demás no cuentan. Al primero, en orden estrictamente cronológico, lo llamo el modelo de Hume, en honor de David Hume, filósofo inglés (maestro de Adam Smith, para más señas) que ya lo formuló de una manera coherente hace dos siglos y medio. Participando en el debate, al parecer animado en su tiempo, sobre el nivel de impuestos necesario para sostener los gastos de la corona británica, Hume opinó que la clave era que los contribuyentes fueran ricos, porque siendo ricos se podría recaudar lo suficiente aunque el tipo impositivo fuera reducido, y siendo reducido a ellos tampoco no les importaría demasiado pagarlo. ¿Y qué hacer para que fueran ricos? Desde luego, no abrumarles con impuestos, para empezar. Lo fundamental sería excitar sus apetitos consumistas, estimularles a producir para adquirir todo lo que pudiera ofrecerles el mercado. Si el apetito llegara a ser muy intenso, no tendrían más remedio que hacerse ricos para satisfacerlo, y habría que dejarlos en libertad de buscar el medio más adecuado para conseguirlo. Sencillo y claro, a más no poder. Este modelo se identifica con el laissez faire.

El segundo modelo surgió bastante después, hará unos ciento cincuenta años. Lo llamo el modelo de Lassalle, en honor del político y sindicalista alemán que lo pensó por primera vez. Ferdinand Lassalle observó que había una clase de individuos que nunca tendrían oportunidad de hacerse ricos: los obreros, naturalmente. Pero, a diferencia de lo que pensaba Karl Marx – competidor de Lassalle por la dirección del movimiento obrero alemán –, para quien el obrero no se haría rico porque estaba explotado, Lassalle creía que el obrero no podía hacerse rico sin arruinar al empresario, y sin empresarios ricos no habría empresas, ni empleo, ni obreros, ni nada. Enunció entonces una así llamada ley de bronce de los salarios, inspirada en la tesis del salario como reproducción de la fuerza de trabajo, del clásico inglés David Ricardo (más tarde expropiada por Marx), pero que en realidad iba mucho más lejos. Lassalle era un verdadero obrerista. Aun reconociendo – digamos, por razones sistémicas – que el salario debía ser lo estrictamente necesario para mantener al obrero en condiciones de subsistencia, quería sinceramente mejorar su condición y dirigir al movimiento obrero de la forma más adecuada para conseguir esa mejora. Concibió, a tal fin, la noción de salario indirecto, pagado en especie por el Estado – educación, sanidad, protección social de todo tipo – y sufragado por lo que básicamente serían impuestos. Los obreros debían dejar de preocuparse, o al menos de preocuparse en exceso, por la magnitud de su salario directo y atender más bien a la lucha política por hacer llegar al poder y mantener en él a partidos con el modelo de Lassalle como programa de gobierno.

Como se ve, el modelo de Lassalle no supone una crítica radical del modelo de Hume. Admite, con éste, un objetivo del capitalismo como es que algunos individuos se hagan ricos. Lo que ocurre es que no todos pueden intentar hacerse ricos si algunos han de serlo efectivamente; ni siquiera funciona si la mayoría, lejos de querer hacerse ricos, únicamente intentan ser menos pobres. De ahí la dureza de la Ley de Bronce. El arreglo, sin embargo, resulta aceptable si del enriquecimiento de algunos se sigue que, gracias a los impuestos que pagan éstos, todos pueden acceder a las ventajas de una sociedad moderna y tener la oportunidad, aunque sea en segunda generación, a través de sus hijos, de ingresar en el grupo de los ricos. Para ello es imprescindible que el movimiento obrero sea lo bastante disciplinado como para aceptar la Ley de Bronce y someterse a ella. Otto von Bismarck, el “canciller de hierro” y artífice de la unidad alemana, vio posibilidades en las ideas de Lassalle y llegó con él a acuerdos en varios puntos concretos. (En España, esas ideas fueron importadas por Gumersindo de Azcárate y difundidas a través de la Comisión – luego Instituto – de Reformas Sociales).

A la muerte de Lassalle y Marx, el movimiento obrero alemán quedó dividido entre los seguidores de uno y otro, aunque todos se mantuvieron en el mismo partido (socialdemócrata). Los seguidores de Lassalle, encabezados por Friedrich Ebert, se hicieron con el gobierno de Alemania en el marasmo que siguió a la Primera Guerra Mundial. En colaboración con los liberales de izquierda y el partido católico (Zentrum), que trataba de aplicar la doctrina social de la Iglesia, fundaron la República de Weimar, en gran medida inspirada en el modelo de Lassalle. Eran sin embargo malos tiempos para un experimento social así. Con el ascenso de Hitler, el experimento fracasó.

Al finalizar la Segunda Guerra Mundial, los católicos del disuelto Zentrum, liderados por Konrad Adenauer, se unieron a los protestantes que compartían sus valores sociales para formar juntos la democracia cristiana y recuperaron el modelo de Lassalle-Weimar, aunque sin llamarlo así. Ministro de Finanzas con Adenauer, Ludwig Erhard aprovechó las aportaciones de la escuela de economistas de la universidad de Friburgo, con Walter Eucken a la cabeza, para reformular el modelo conforme a un pensamiento cristiano, y lo rebautizaron economía social de mercado. Una de sus mejoras fue sugerir que, si los incrementos de productividad lo permitían, el salario directo tampoco tenía que ceñirse rígidamente a lo previsto por la Ley de Bronce, con lo que podría apartarse del nivel de subsistencia. Así, se preservaba en el obrero la dignidad de la persona (y se reintroducía la sociedad de consumo).

Los democristianos gobernaron ininterrumpidamente Alemania durante veinte años. En los dos primeros tercios de ese periodo, la socialdemocracia siguió dividida entre lassallianos, a quienes desesperaba ver a la derecha apoderándose de lo que históricamente había sido su modelo, y marxistas, para quienes la economía social de mercado era la prueba de que la burguesía podía apropiarse del modelo para legitimar la explotación capitalista. El líder socialdemócrata Willy Brandt resolvió el dilema en el famoso congreso de Bad Godesberg, en 1959, donde el partido rompió con el marxismo. A partir de las conclusiones de ese congreso, socialdemócratas y democristianos llegaron en 1966 a formar gobierno juntos (la Gran Coalición), y juntos se mantuvieron tres años consolidando las bases de lo que se ha dado en denominar “capitalismo renano” (Rheinischer Kapitalismus), y que no es sino el resultado de aplicar consecuentemente el modelo de Lassalle-Weimar-Friburgo. Casi medio siglo después, la Gran Coalición – repetida ocasionalmente, como en el primer mandato de Angela Merkel – continúa interpretándose como un verdadero pacto de Estado, al que en lo esencial han sido fieles los principales partidos. Cuando gobiernan los socialdemócratas, se preocupan sobre todo de aumentar el salario indirecto sin detrimento de la productividad; cuando gobiernan los democristianos, priorizan los incrementos de productividad respetando el salario indirecto. El modelo presenta incomprensiones, desajustes, fallos e incluso esporádicos renuncios y deslealtades. Pero nada que funciona es perfecto.

[A Detlev Albers, profesor de Ciencia Política de la Universidad de Bremen, presidente regional del SPD en esa circunscripción, y buen amigo que nos descubrió el capitalismo renano, in memoriam; a Juan Velarde, que me reveló la importancia de la Escuela de Friburgo, y a EIDA, donde aprendí la noción de salario indirecto y sus complejas relaciones con el directo, hace más de treinta años].

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jueves, 17 de febrero de 2011

Frankfurt se come a Wall Street

Anteayer conocimos una de esas noticias que hacen historia. Yo la comparo con el dato – del que tuvimos noticia en 1986 – de que el año anterior las transacciones financieras entre ambas orillas del Pacífico habían superado por primera vez a las transatlánticas, noticia que para mí supuso tomar conciencia de la globalización.

Cuando hace una semana se dio a conocer la fusión de las Bolsas de Londres y Toronto, a pocos extrañó que la primera se quedara con el 55 por 100 del capital de la entidad resultante, y la segunda únicamente con el 45 por 100. Hay cosas que caen por su propio peso. Pero cuando se supo que las Bolsas de Wall Street y Frankfurt también han cerrado un acuerdo de fusión, lo más llamativo fue que la alemana se queda con el 60 por 100 de la fusionada y la neoyorquina, sólo con el 40 por 100.

Hay, pues, un proceso generalizado de fusiones internacionales en las Bolsas de todo el mundo. La cosa empezó en 2000, con la creación de Euronext, producto de la fusión de las Bolsas de París, Bruselas y Ámsterdam; la de Lisboa y Oporto se sumó al acuerdo dos años después. En 2007, Euronext y la Bolsa de Wall Street se fusionaron a su vez, para dar como resultado NYSE Euronext, entidad que es la que acaba de unirse a Deutsche Börse, propietaria de la Bolsa de Frankfurt.

No está claro por qué los directivos de NYSE (siglas de New York Stock Exchange) han aceptado una posición subordinada frente a los alemanes. Una explicación que se ha dado es que Deutsche Börse tiene mayoría de accionistas estadounidenses, de manera que éstos tendrán, directa o indirectamente, el 55 por 100 del capital de la nueva sociedad; los británicos, un 23 por 100, y los alemanes sólo el 11 por 100. Pero no está claro que esto sea así. Primero, porque 10 de los 17 puestos en el consejo de administración serán para alemanes. Segundo, porque el departamento de Justicia y la SEC – especie de Comisión del mercado de valores – estadounidenses van a examinar la fusión con lupa, lo que es signo de que no les gusta un pelo. Ya hay bufetes de abogados que preparan demandas multimillonarias contra los directivos de NYSE por no haber defendido adecuadamente los intereses de sus accionistas. Está pendiente la elección de nombre, y muchos norteamericanos exigen que las siglas NYSE encabecen el que se elija, como ya antes ocurrió con Euronext.

Dejando a un lado crisis particulares de la sociedad norteamericana por la caída de otro de sus símbolos, lo más probable es que todo se deba a un estricto cálculo económico. Se ha sabido que Deutsche Börse tiene un valor de mercado de 15.000 millones de dólares, frente a 10.000 millones de NYSE Euronext. Pero la razón tiene que estar en la previsión de beneficios futuros. Los operadores de Wall Street sin duda aspiran a llevarse la parte del león de esos beneficios, toda vez que el nuevo gigante nace con una declarada vocación por expandir el mercado global de productos derivados. Han observado, probablemente con acierto, que los derivados están mucho más extendidos en Estados Unidos que en Europa, razón por la cual los operadores de allí tienen más experiencia y más competencias adquiridas en esa clase de negocio que los de aquí. Son aquéllos, por tanto, quienes tendrán mejores oportunidades de sacar tajada.

Y los alemanes, ¿no sacan nada? Por supuesto que sacan, pero en el mercado de valores más que en el de derivados. Mientras hasta ahora los operadores bursátiles europeos – excluidos los de Euronext – trataban directamente con Nueva York, en adelante encontrarán ventajoso operar en Nueva York pasando por Frankfurt. Eso supondrá muchos millones de euros en comisiones para los operadores alemanes. Además, bastantes empresas europeas, aunque no sean alemanas, querrán cotizar en Frankfurt ya que, por el mismo precio, estarán cotizando en Nueva York, y en París y en... Lo cual desviará negocio desde las Bolsas nacionales desconectadas de este proceso.

¿Y la Bolsa española?

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sábado, 5 de febrero de 2011

El Plan de Competitividad que se nos viene encima

No teníamos bastante con el Pacto de Estabilidad y Crecimiento, que ha prolongado innecesariamente la presente crisis en Europa, y ya se nos anuncia la negociación y puesta en marcha de un Plan de Competitividad a escala europea. Las cábalas se han disparado y el menor gesto de Angela Merkel es analizado para atisbar de qué puede ir la cosa. Las sugerencias de la cancillera sobre el mercado de trabajo – en concreto, desvincular los salarios de la inflación y ligarlos, en su lugar, a la productividad – encienden luces de alarma en el cuadro de mandos de los agentes sociales. La propuesta de limitar por imperativo constitucional el déficit público ya era conocida.

Hace años, en una celebración de una universidad del este europeo a la que fui invitado, conocí al entonces rector de la universidad alemana de Wuppertal, que resultó ser profesor de ciencia política. Le pregunté su opinión sobre Merkel. Recuerdo bien lo que me respondió: “Es muy hábil en el juego del poder”. Ahora lo está demostrando. Merkel sabe mejor que nadie, entre otras cosas porque así es también en su país, que la fijación de los salarios debe dejarse a la autonomía de las partes negociadoras, patronal y sindicatos. Como sabe, igualmente, que modificar la constitución en ciertos países puede resultar costosísimo; en alguno, como el Reino Unido, es imposible porque carece de constitución escrita. Todo esto parece un juego de pantallas destinado a tapar su verdadero propósito. ¿Y cuál puede ser éste?

Algo que prácticamente ya ha conseguido. La fortaleza del euro, que ahora se trataría de asumir colectivamente como un principio doctrinal de la gobernanza económica de Europa. Ya lo ha conseguido en la práctica, ya que ésa es la política de Banco Central Europeo desde el otoño de 2009; para algo tiene el BCE su sede en Francfort. Y ya lo ha conseguido en gran medida también en el plano de los principios a juzgar por las declaraciones, ampulosas y grandilocuentes, como todas las suyas, de nuestro presidente, para quién un euro fuerte es un reflejo de nuestra propia fortaleza como sociedad. Bien se ve que no sabe una palabra de economía.

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viernes, 4 de febrero de 2011

Reunión de pastores

Angela Merkel ha estado en Madrid. Unos dicen que vino a darnos instrucciones, dentro de ese supuesto protectorado económico al que aceptamos someternos en mayo pasado. Otros, que a dar respaldo al reciente acuerdo social, a la reforma de las pensiones y a todas las medidas tendentes a reestablecer la confianza, que viene adoptando desde hace un año el gobierno español. Ni tanto, ni tan calvo. La realidad es que esta reunión forma parte de la gobernanza económica de Europa, que muchos por aquí echaban de menos y que, miren por dónde, ya empieza a funcionar. Y se comprobará en el Consejo Europeo de hoy viernes.

Merkel vino a hablar de cosas que no se pueden mentar en los Consejos Europeos; vaya, vino a prepararlo, como quien dice. Porque la Unión Europea es una unión de estados soberanos, y ciertas conversaciones podrían hacer dudar a la opinión pública de que siguen siendo soberanos. Y no, tampoco se trata de eso. Soberanos, lo que se dice soberanos, faltaría más, está claro que lo son; pero de aquella manera, ya se me entiende. Y, desde luego, unos más que otros. Ahora la UE tiene el problema de Irlanda. Resulta que los muy cabritos – porque no se les puede llamar de otra manera – vienen haciendo dumping fiscal desde hace años. Tienen un impuesto de sociedades del 12 por ciento, muy inferior al de Alemania o España, por ejemplo. Con lo cual, las inversiones extracomunitarias que vienen a caer por esta parte del mundo, caen más frecuentemente del lado de Irlanda que del lado de Alemania o España, por seguir con el ejemplo. Y resulta, para más INRI, que entre todos hay que prestarle 85.000 millones de euros, y a un tipo de interés de favor. O sea, los contribuyentes germanos e hispanos vamos a tener que prestarles dinero (que buena falta nos haría a nosotros) para que el gobierno irlandés pueda mantener sus impuestos así de bajos. ¿Lo captan, verdad? El gobierno irlandés hace frente a sus gastos con nuestro dinero, no con el de ellos. Bonito, ¿no? Irlanda debería darse cuenta de la situación por sí misma, pero que si quieres arroz Catalina, ellos no se dan por enterados. Ahora van a tener elecciones, y habría de dejarle muy claro al nuevo gobierno – y en esto a Merkel le habrá costado muy poco convencer a Zapatero – que esto no puede seguir así. Ahí están los griegos, que fundaron en la antigüedad el muy sano concepto de la esclavitud por deudas, y que ahora, tras su rescate, de vez en cuando protestan un poco, pero en lo esencial hacen lo que se les dice. A los irlandeses parece que habrá que retorcerles el brazo. Sólo un poco. ¡Pues qué! Si hace falta, se les retuerce y ya está: gobernanza económica de Europa. Para qué queremos más.

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lunes, 10 de enero de 2011

De nuevo, turbulencias en los mercados de deuda

Cuando el plante de los controladores, señalé que la energía del gobierno en meterlos en cintura era una metáfora de su voluntad de restablecer la disciplina económica en el país, cosa que los mercados no dejarían de apreciar favorablemente. Escribí: “Aunque me temo que nada de esto ayudará a resolver problemas de fondo, pronostico… una relativa calma de los mercados para las próximas semanas, con suerte meses”. La tregua se ha terminado. Los mercados tienden a ser olvidadizos y no recuerdan los más solemnes pronunciamientos, que tanto gustan en cambio a nuestro presidente; prefieren realidades de cierta clase. El gobierno les ha dado algunas; la supresión de la ayuda de 426 euros a los parados que han dejado de cobrar prestaciones, por ejemplo. Ahora está empeñado en degradar nuestras pensiones. Es el eterno error de creer que los mercados son un moderno Moloch, dios implacable al que hay que ofrecer periódicamente un tributo de sangre. ¿Cuándo aprenderán? El presidente se traiciona a sí mismo una y otra vez (“Nunca abandonaré a los más débiles”, ¿recuerdan?) para nada.

Hay mucha confusión, alentada desde distintos círculos, sobre lo que realmente quieren los mercados. En el asunto de las pensiones, para empezar, no es lo mismo lo que quieren los mercados que lo que quiere Alemania. Sin embargo, circula el rumor de que sí. Los mercados quieren estar razonablemente seguros de que un país va a poder devolver su deuda, antes de prestarle más; solamente eso. Alemania quiere que, si su dinero tiene finalmente que rescatar a España, España no tenga mejores pensiones ni edad de jubilación más temprana que Alemania. Luego están los que quieren desmantelar el estado de bienestar, que, en esta coyuntura, apoyan incondicionalmente a Alemania. Son los que nos presentan a los mercados como un dios pagano sediento de sangre y los que nos instan a realizar sacrificios para calmarlo.

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jueves, 25 de noviembre de 2010

Con quién nos jugamos los cuartos

Dicen los expertos que el problema actual de la deuda soberana europea (léase de Irlanda, Portugal, España…) se dilucida en el dilema planteado por Merkel: ¿deben o no compartir los tenedores de bonos los costes de eventuales rescates? Estoy de acuerdo, pero conviene matizar. La cuestión no se refiere a cualesquiera bonos, sino a los bonos bancarios. Lo que ocurre es que los bonos bancarios tienden a convertirse en deuda soberana cuando los gobiernos salen en su rescate. Lo que Merkel dice es que Europa no debe ayudar a los gobiernos a garantizar el cien por cien de la deuda bancaria, sobre todo si quien debe cargar con la garantía es, sobre todo, el contribuyente alemán. Y no le falta razón. Pero, implícitamente, el planteamiento va más lejos. Si tiene razón el gobierno irlandés, en el sentido de que al imponer sacrificios al tenedor de bonos bancarios se destruye para muchos años el crédito de los bancos, la conclusión inevitable del argumento alemán es que lo único que puede ayudar a restaurar el crédito de los bancos irlandeses es un cambio de propiedad, de manera análoga a como la compra por los bancos españoles del Banco Francés y otros restauró el crédito de la banca argentina, que antes estaba por los suelos. Dicho de otra forma, y atando los cabos sueltos, si el contribuyente alemán debe rescatar a los bancos irlandeses, pero no del todo, tal que el crédito de éstos se arruine, la compra de los mismos a precio de saldo por bancos alemanes restauraría plenamente su credibilidad, y en el acto. Lisa y llanamente, Alemania está utilizando la crisis de la deuda soberana para quedarse con la banca de los países que muestran su debilidad ante los mercados.

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jueves, 18 de noviembre de 2010

Irlanda da su brazo a torcer

El gobierno irlandés ha intentado convencer a todos – mercados, Unión Europea, Fondo Monetario Internacional – de que no necesitaba dinero antes de los grandes vencimientos de su deuda soberana previstos para bien entrado 2011. Por unos días, pareció que lo conseguiría. Naturalmente, no convenció a los mercados, pero con ello contaba el gobierno irlandés, confiado en que, de prolongarse la tensión durante meses, acabaría disolviéndose como azucarillo en aguardiente. La mejor cura contra el pánico y la especulación es la sangre fría. Pero a quien no ha conseguido convencer es a Alemania, dispuesta a no creer nada hasta ver subir de forma sustancial el impuesto irlandés de sociedades, actualmente en el 12,5 por ciento anual.

Y sí, Irlanda necesitaba fondos antes de las renovaciones de 2011. A fines de septiembre, el gobierno asumió la recapitalización de AIB y otros bancos, por importe cifrado en 50.000 millones de euros. Asumió, pero no puso un euro, porque no lo tenía. Por así decirlo, escrituró la recapitalización pero no la desembolsó. Necesitaba acudir a los mercados, pero – con tipos del mercado secundario rondando el 9 por ciento – es lógico que no se atreviera a hacerlo, porque, para semejante cantidad, el marginal se iría a las estrellas. Alemania le ha dicho que nones. Sin recapitalización efectiva, o sea, sólo con el aval del gobierno, los bancos alemanes no van a prestar a los irlandeses en el interbancario europeo. Como consecuencia, el castigo en CDS sería inasumible, quizá durante años.

Al final, Merkel – que empieza a demostrar que los tiene muy bien puestos – ofreció una transacción. El Fondo de Estabilización Financiera rescataría a los bancos irlandeses – poniendo el dinero prometido por el gobierno – y no al país, con lo que Irlanda podría salvar su orgullo nacional. Pero el gobierno irlandés sabía bien lo que esto significaba: Alemania impondría una quita a los acreedores de los bancos irlandeses. Viendo el peligro, el Reino Unido se ofreció in extremis a rescatar a los bancos irlandeses (los principales acreedores de éstos son británicos). Yo también creí que el gobierno irlandés cogería la opción alemana. Pero no ha hecho falta el rescate británico. El gobierno irlandés ha rechazado la oferta de sacrificar a los bancos y entregado a su país, atado de pies y manos, en cambio, a la cámara de torturas del FMI y el BCE.

¿Por qué ha actuado así el gobierno irlandés? Puede haber varias teorías. Quizá ha optado perjudicar el interés del país para proteger el de los bancos. Puede que haya querido dar una lección de europeísmo al sacrificar su soberanía nacional para salvar el crédito futuro de su país. A mí, sobre todo, me parece que confía más en la benevolencia del FMI con uno de sus discípulos predilectos que en la de Alemania con un presunto paraíso fiscal en plena eurozona.

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miércoles, 17 de noviembre de 2010

La economía política de hoy día

Quienes sostenían, hace mes y medio, que no había crisis de la deuda soberana en Europa, ahora desahogan sus nervios urgiendo a Irlanda a que tome una decisión sobre su rescate. Parecen sordos: Irlanda ya la ha tomado, y es negativa. El gobierno irlandés, reforzado con la red de seguridad tendida por la Unión Europea, va a tratar de cruzar el tempestuoso océano de la tormenta financiera, para llegar a mares más tranquilos. Mucho peor lo tiene Portugal. El vecino país está perdido. Las aguas podrán calmarse para Irlanda, pero Portugal carece de fundamentos como para resistirse a embates del calibre que está aguantando Irlanda. ¿Y España?

Lo he dicho y lo repito, el mar de fondo de la crisis de la deuda soberana europea, lo mismo la primavera pasada que este otoño, tiene su origen en la sospecha de los mercados, que empieza a convertirse en certeza, de que Europa se precipitó al trocar los estímulos fiscales en consolidación fiscal. Se está ahogando el crecimiento antes de que éste se haya afirmado lo imprescindible para considerarlo “sostenido”. Aquí todo el mundo es antikeynesiano, aunque pocos tienen el coraje de declararse “austriacos”. ¿En qué creen? Es la economía política del ama de casa (copyright, aquí): ningún ama de casa sensata gastaría más de lo que su marido trae a casa, y tampoco deben hacerlo los gobiernos. Nadie tiene el discernimiento para darse cuenta de que, efectivamente, no hay alternativa pero no porque no exista, sino porque Alemania no la aceptaría. Asumimos la consolidación fiscal porque de otra forma Alemania rompería la baraja, y eso nos da más miedo que ninguna otra cosa. ¿Es que no puede decirse así, sencillamente? Por lo menos Papandreu, el griego, lo está diciendo.

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viernes, 5 de noviembre de 2010

Mentiras y estupideces

Casi todo lo que se dice sobre economía – especialmente en Europa – entra en una categoría o la otra. Por ejemplo, Jean Claude Trichet, presidente del Banco Central Europeo, acaba de decir que la inyección de 600.000 millones de dólares, acordada por la Reserva Federal estadounidense, no tiene como finalidad depreciar el dólar. Miente como un bellaco. La medida sigue a meses de tira-y-afloja para que China revaluara el yuan, cosa que no ha hecho. La depreciación del dólar consigue parcialmente el mismo objetivo, por un camino distinto. Además, el propósito fundamental de la expansión monetaria en cuestión es monetizar deuda pública norteamericana y facilitar ulteriores estímulos fiscales, y cualquiera que siga esa política sabe que la depreciación cambiaria es inevitable.

Por otra parte, oigo a periodistas decir que la consiguiente apreciación del euro perjudica las exportaciones europeas, incluidas las españolas y las alemanas. Es una estupidez, que demuestra que no se entiende en absoluto por qué se obstina el BCE en apoyar la consolidación fiscal restringiendo la financiación extraordinaria; es decir, la política monetaria opuesta de la norteamericana. Se debilitan las exportaciones europeas a la zona dólar, que ciertamente es muy amplia. Pero las exportaciones alemanas al resto de la zona euro se ven beneficiadas. En otras palabras, la industria alemana está utilizando la fortaleza del euro para ganar cuotas crecientes de mercado entre sus socios de la eurozona, a costa, naturalmente, de nuestra producción y de la de los demás países de esta zona.

Mientras, los medios celebran – con notoria inconsciencia – que España haya alcanzado el puesto número 20 del ranking de desarrollo humano de la ONU. Olvidan que Islandia, número 1 inmediatamente antes de la crisis, ha caído al número 17 en sólo dos años.

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