lunes, 20 de junio de 2011

Primera victoria política del 15-M

Yo quizá no lo habría hecho así. De haber sido coordinador de Izquierda Unida en Extremadura – que afortunadamente no soy – puede que hubiera planteado una dura negociación con el PSOE; digamos, la mitad de las consejerías y una vicepresidencia con amplias atribuciones, para empezar. E IU habría sacado tajada de su posición de arbitro, ya que Fernández Vara es un hombre razonable, como acaba de demostrar pidiendo que no se demonice a IU y que el PSOE asuma sus responsabilidades en la derrota.

Pero lo que yo pueda pensar que haría en caso de… no tiene ninguna importancia, ni siquiera para mí. Mucho más interesante es comprender lo que ha ocurrido. Cuando la semana pasada Cayo Lara quiso hacer acto de presencia en una movilización contra el desahucio de una familia en Madrid, dio un ejemplo de oportunismo político. Está muy feo que los allí presentes le abuchearan y hasta le arrojaran un balde de agua encima. Muy feo. Pero, en cierto modo, se lo había ganado a pulso. Sus nada contenidas peticiones del voto a los concentrados en Sol y otras plazas del país, presumiendo de que IU era el verdadero representante del 15-M, recibió en Tetuán cumplida respuesta: «No nos representas». Y este fin de semana, desplazándose a Extremadura a retorcer el brazo de IU en esa Comunidad, para que apoyaran la investidura de Fernández Vara, acaba de demostrar que no sólo no representa al 15-M, sino que ni siquiera lo escucha: «PP, PSOE, ¡la misma m… es!». Me parece que Cayo Lara tiene que revisar un poco sus conceptos. Uno puede situarse dentro o fuera del movimiento 15-M, pero lo que no puede es estar para unas cosas y no estar para otras, según le convenga. Esa clase de manipulación de la opinión pública es uno de los aspectos que valora más negativamente el 15-M.

En cambio, decidiendo que ellos se abstienen, los de IU de Extremadura se han comportado como verdaderos indignados. ¿Que eso favorece al PP? Habrá que verlo. Dando su voto al PSOE, habrían asumido un compromiso de estabilidad con el gobierno regional, que habría atado sus manos en el futuro. Absteniéndose ellos, gobernará el PP, ciertamente; pero IU no le deberá nada. En cualquier momento, puede hacer caer a ese gobierno, si le interesa. Quizá así pueda lograr más cosas, que de la otra forma, para su electorado.

Es una nueva forma de hacer política, fuera de conceptos frentepopulistas propios de la III Internacional, ya desfasados. El 15-M está compuesto en su mayoría por jóvenes que no saben nada de eso, y ni siquiera les interesa. En repetidas ocasiones, se ha sugerido al 15-M concretar sus propuestas y convertirse en partido político. Ellos lo han rechazado. No quieren ser sino lo que son: un grupo de presión multitudinario. Otros presionan subiendo la prima de riesgo de España, o utilizando los organismos internacionales. El 15-M es el grupo de presión de los que no pueden presionar sino desde la calle. Ayer, unos políticos «a la antigua» han escuchado e interpretado a su manera el grito de la calle. Es lo que el 15-M les pide a todos los políticos. El 15-M ha llegado para quedarse y ser un factor constante de presión sobre la política nacional, como los son los mercados. Los partidos no deberían olvidarlo.

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jueves, 19 de mayo de 2011

Para entender el 15-M

En 1899, mientras Joaquín Costa exigía la disolución del ministerio de Marina (ya no había barcos, pues todos se habían perdido en Santiago de Cuba o en Cavite) y el cierre de cuarteles para abrir escuelas, Antonio Maura clamaba en el Congreso de los Diputados que o la revolución se hacía desde arriba o se haría desde la calle. Cualquiera puede tener sus dudas si la situación ahora es comparable o no al 98, pero me atrevo a opinar que las palabras de Maura son exactamente lo que hay que tener presente para enjuiciar el movimiento que los medios internacionales empiezan a denominar la «Spanish revolution».

A uno le molesta una sumisión cultural tan manifiesta, como la que denota la aceptación una tal denominación, en lengua extranjera. A otra, que se critique de raíz el sistema democrático y no se valore lo que costó traerlo a España. A un tercero no se le ocurre nada mejor que decir que la crítica debe manifestarse en las urnas. Un cuarto, en fin, se indigna de que el movimiento surja ahora, precisamente en campaña electoral y con el propósito manifiesto de influir en el sistema que critica. Ninguno se ha enterado de nada. La advertencia al establishment es recibida por el establishment haciendo oídos sordos.

Las formas del movimiento son todas prestadas; empiezo a sospechar que incluso el eslogan que tanto me gusta («El poder nos teme porque la revuelta enamora») es copia de otro de Mayo del 68. Pero todo eso es secundario. O mejor dicho, es de importancia cardinal, pero no se entiende nada. ¿Es que no se han enterado de que se trata de una crítica a la democracia formal, y que por tanto las formas son objeto de desprecio? Duro reto para una sociedad oficial que ha envejecido en la adoración de las formas. ¿Que no quieren la democracia que tenemos? Sí la quieren, pero quieren más. ¿Que por qué no votan para expresar su descontento, como quiere el presidente del gobierno? Puede que lo hagan por el partido que defiende los derechos de los animales o cualquier otro. El punto crucial es que no son tontos y saben que ése es un voto inútil, y que para votar útil tan sólo se les da un par de opciones, ninguna de las cuales les gusta. Podrían formar un nuevo partido político, pero no hay tiempo y además no es eso lo que primariamente les interesa. El hecho de que hayan surgido en una campaña electoral es prueba de que no son «antisistema» al uso, puesto que quieren influir en el sistema a su manera; el establishment debería alegrarse. Y el PSOE debería alegrarse más todavía, porque aparecen cuando las encuestas dan una abrumadora victoria al PP, al que ellos no quieren votar porque saben que no cambiara la política ni un ápice. Y el PP debería alegrarse bastante, porque ésos son votantes naturales del PSOE que en estas elecciones no van a ir a votar, o votarán inútil. Entonces, ¿a qué viene tanto aspaviento, tanto miedo a la calle?

Por una razón muy sencilla, y esto sólo lo diré una vez. Quedará en el blog, si ustedes quieren para la historia, y nadie hará caso. La democracia formal, desprovista de cualquier contenido real, ha demostrado ser una mentira. No es verdad que los ciudadanos decidan la política, porque los ciudadanos no decidieron los ajustes del 10 de mayo de 2010 y todo lo que ha venido después. Si el presidente del gobierno hubiera consultado, la mayoría del país habría dicho NO. Por eso asumió toda la responsabilidad en solitario, como un héroe de tragedia romántica. Pero eso no es importante, es más bien materia para una ópera bufa. Lo importante es que ese día se dio un golpe de Estado en España. ¿Pues que a lo peor no había otro remedio que darlo? Pues a lo peor, pero se dio. Y el golpe de Estado no lo dio el gobierno, ni siquiera el presidente del gobierno, con toda su trasnochada gallardía. El golpe lo dieron los organismos internacionales y lo dieron los mercados, utilizando la debilidad del gobierno como instrumento. Y la calle ha percibido que esta democracia formal está desequilibrada, porque el interés de un hedge fund de las Islas Cayman pesa en la definición de nuestra política más que el voto de los ciudadanos. Los ciudadanos han salido a la calle para contrarrestar ese desequilibrio, de la única forma que el sistema les deja. A eso se reduce todo. Pero eso, con lo poco que parece, a lo mejor es el inicio de un gran cambio. El riesgo es que no estamos preparados.

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martes, 26 de abril de 2011

Buena marcha del turismo: alivio a corto plazo, preocupación a largo

Resulta que el turismo está creciendo a buen ritmo. No tanto por los residentes como por los no residentes, cuyas visitas han aumentado en enero-marzo un 9% sobre el mismo trimestre del año pasado. También los precios han caído, con lo que la repercusión del dato anterior sobre los ingresos por turismo todavía son desconocidos. Veremos. En todo caso, es oportuna una reflexión sobre el asunto, dentro de la complejidad de nuestros problemas socioeconómicos – fundamentalmente, el paro – y financieros, o sea, la deuda.

No cabe la menor duda de que en cualquier estrategia a largo plazo de salida de la crisis, el turismo tiene que desempeñar un papel protagonista. El turismo es nuestra exportación más importante; lo único peculiar en ella es que los importadores viene aquí a por el producto en vez de tener nosotros que enviárselo a ellos. Es una exportación enormemente económica, porque los gastos de transporte corren a cargo del comprador en vez del vendedor, como suele ser habitual. El problema es que el ladrillo ha puesto una hipoteca sobre el turismo, como la ha puesto sobre la economía española en general. Se puede decir, sin temor a equivocarse, que la misma burbuja inmobiliaria que nos tiene permanentemente al borde de la ruina ha degradado nuestro medio ambiente, sobre todo en las costas, destruyendo por completo el paisaje natural en muchos lugares y sustituyéndolo por malas copias de la «Gran Manzana». Esa destrucción sistemática del entorno natural de nuestras costas ha hecho muchas grandes fortunas en España, y ha contado con los parabienes y la complicidad, realmente culpable en muchos casos, de la clase política, en todos los niveles de la administración pública: local, autonómica y estatal. Para evitar la mayor parte de la burbuja inmobiliaria, hubiera bastado con que los poderes públicos cumplieran con sus obligaciones para con el medio ambiente, que, salvo raras excepciones, no han cumplido en ninguna parte. En este sentido, la clase política de todos, absolutamente todos los partidos con responsabilidades de gobierno, es tan culpable como los especuladores inmobiliarios, cuando no ha fomentado directamente la especulación inmobiliaria como fuente de ingresos alternativa a los impuestos. Digámoslo claramente: ha habido burbuja inmobiliaria porque se prefería eso a una imposición mayor. Y, por esa razón, el déficit ha sido doble en España: primero, porque la recaudación ha caído como consecuencia del descenso en el nivel de actividad económica en general; y segundo, porque la participación de los poderes públicos en las plusvalías inmobiliarias se ha evaporado con las plusvalías mismas. Todavía no he escuchado a ningún partido político hablar de este asunto, y mucho menos sacar las debidas conclusiones.

Ahora, el turismo se reactiva. Bienvenida sea esa reactivación. Pero muy pronto, si las cosas siguen yendo bien, volveremos a escuchar la vieja cantinela del «turismo de alpargata» y lo deseable que sería cambiarlo por un «turismo de yate y campo de golf». Dejando a un lado si esto último es verdaderamente deseable o no, lo que está claro es que el exceso de construcción de nuestro país dificulta seriamente cualquier cambio de modelo en el desarrollo turístico. Estamos condenados a un turismo de masas – inevitablemente más próximo del «turismo de alpargata» que del «turismo de yate y campo de golf» – por la sencilla razón de que tenemos demasiados apartamentos y demasiadas habitaciones de hotel que llenar como para andarnos con remilgos.

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jueves, 14 de abril de 2011

Ochenta años después

Hay no sé cuánta gente empeñada en ponderar las virtudes del llamado «modelo alemán» en economía. Yo mismo tengo un interés grande en ese «modelo», y algo he escrito sobre el particular. Pero, lamento decirlo, me parece un absoluto disparate diseñar políticas económicas que pretendan imponerlo en España, con reformas estructurales o sin ellas. Y espero explicarme con claridad.

El «modelo alemán» requiere unos consensos básicos entre las distintas fuerzas políticas y sociales, que son trasunto de un consenso básico en la sociedad civil. Dicho consenso es una manera común – con matices, por supuesto, pero partiendo de una forma compartida – de concebir la historia alemana. El consenso se refiere a la manera de entender el fenómeno del nazismo. El nazismo fue aupado al poder por una alianza de los terratenientes prusianos (Junkers) y las clases medias urbanas, bajo la benevolente mirada del gran capital industrial y financiero. Con el tiempo, tanto los terratenientes como los industriales salieron escaldados, ante el ascenso de una nueva burguesía (de la cual la célebre IG Farben era emblemática representante), todopoderosa y arrogante, surgida de las clases medias a través del filtro del partido nazi y las SS. Pero lo cierto es que todos ellos prestaron su conformidad al régimen totalitario, recibido con pasmo por una clase obrera que vio descender el paro con Hitler prácticamente a cero. Al final, todos acabaron pringados. Y ese fue el origen del consenso básico. Tras el catastrófico final, en 1945, todos pudieron igualmente entrever la magnitud de la equivocación histórica que habían cometido, y se juramentaron para que eso nunca volviera a ocurrir. A partir de ese consenso básico, se pusieron a continuación de acuerdo en resucitar los logros políticos y sociales de la república de Weimar y de su incipiente «estado de Bienestar», rebautizado economía social de mercado. Tras unas disensiones iniciales sobre el sentido histórico de ésta, entre democristianos y socialdemócratas, entre patronal y sindicatos, todos acabaron convergiendo, dos décadas después de la hecatombe nazi, en la Gran Coalición de finales de los años sesenta del siglo pasado, verdadero origen próximo del «capitalismo renano», que es la expresión concreta en que se plasma el consenso básico del modelo alemán.

En España, falta por completo un consenso básico que se pueda comparar al alemán. Nuestra experiencia paralela del régimen nazi es la II República y la Guerra Civil. Donde los alemanes están de acuerdo en repudiar el nazismo, los españoles seguimos tan divididos acerca de la República y la Guerra como en 1939. Para algunos españoles, la República es el antecedente inmediato, en los órdenes jurídico y político, de la España democrática de hoy día; para otros españoles, fue un régimen débil que se dejó arrastrar a la anarquía por el fanatismo, quizá de unos y de otros. Unos españoles quieren desenterrar muertos de las cunetas e investigar minuciosamente las desapariciones; otros quieren dejar en paz a los muertos, y más en paz todavía a ciertos vivos. Unos querrían perseguir judicialmente los crímenes contra la humanidad que pudieron cometerse; otros sostienen que se cometieron crímenes en ambos bandos y para eso mejor no escarbar en la memoria. Unos apelan a la justicia humanitaria; otros sientan en el banquillo a los partidarios de esa pseudo justicia. Etcétera, etcétera.

Pero no termina ahí la cosa. Sigue habiendo dos Españas, y una todavía consigue helarnos el corazón. O mejor, hay España y anti-España. Los partidarios de España, una, grande y libre (hermosas palabras, por qué no) defienden «la unidad de sus tierras y de sus hombres», que es, en lo fundamental, lo mismo por lo qué Franco desencadenó la Guerra Civil; y una unidad en el nacional-catolicismo, que restrinja el divorcio, niegue el aborto y el matrimonio homosexual, al tiempo que dé más carácter administrativo que verdaderamente político a las autonomías regionales. La anti-España, en cambio, se siente a gusto entre nacionalismos independentistas o al menos «soberanistas», quiere que aborten las niñas de 16 años sin consentimiento paterno y está dispuesta a entregar infantes inocentes en adopción a personas con inclinaciones sexuales contrarias a la naturaleza. Ni siquiera hablan el mismo castellano: unos llaman al pan, pan, y a la guerra, guerra; otros, llaman guerra a lo de Irak e intervención humanitaria a lo de Afganistán y Libia. No hace falta que desgrane la diferente consideración que merecen, a unos y a otros, regímenes como el castrista en Cuba o el chavista en Venezuela, por no hablar de la consideración, igualmente diferente, del trato que habría que dispensar a dictadores como el general chileno Pinochet.

Las diferencias son incluso más profundas que todo eso. En el tema del terrorismo, es la convicción inamovible de los partidarios de la España, una-grande-y-libre, que ellos, ellos solos, lucharán hasta el fin de ETA. En eso siguen la doctrina Mayor Oreja, según la cual los partidarios de la anti-España no pueden luchar de corazón contra el terrorismo separatista, dispuestos como están a transigir con el separatismo, con tal de que no sea violento. Está, al parecer, en la naturaleza de la anti-España luchar contra el terrorismo de ETA sólo porque es terrorismo, no porque sea separatista; y eso determina que su lucha esté llena de contradicciones, con lo que no puede evitar oscilar cual péndulo del extremo violento de los GAL al extremo derrotista de las negociaciones de paz de Zapatero. La España, una-grande-y-libre, lo tiene más fácil y, por ende, lo debe hacer mejor: ella lucha contra ETA tanto en cuanto terrorista como en cuanto separatista, y doblemente mejor en cuanto separatista porque es terrorista. Y lo peor que puede hacer un representante de la anti-España, como Rubalcaba, es aparecer ante la opinión como el gestor de una eficiente política antiterrorista, que ha desmantelado media docena de cúpulas de ETA y metido entre rejas a docenas de terroristas. Aquí, la España una-grande-y-libre pierde los papeles y, lo que es peor, la cabeza y se afana, contra todo sentido común, en demostrar que el tal Rubalcaba, en el fondo de su corazón, es un amante de ETA: sí, digo bien, un amante de ETA, que por el amor que profesa a la organización terrorista, o al separatismo de su ideario, o a ambos, ha llegado al extremo de colaborar con la banda armada, avisando a ésta de una redada (que se sepa) que estaba a punto de caer sobre ella. Y se trata, no ya de desprestigiar al representante in pectore de la anti-España, sino – si es posible – sentarle a él o a sus colaboradores más cercanos en el banquillo y meterlos en la cárcel, como hace años se intentó con Felipe González y se logró con Barrionuevo. Y lo más sorprendente es que este mismo Rubalcaba era valorado, por la España una-grande-y-libre, como el más confiable interlocutor en la anti-España; como el hombre más capaz de tender puentes entre una orilla y otra de la gran catarata que nos separa; como un protagonista necesario, en suma, del pacto de Estado entre los grandes partidos que habría de devolvernos la esperanza en medio de la crisis y dirigirnos con mano firme pero amable por la senda de la recuperación económica. Se diría que, al apuntar y disparar contra Rubalcaba toda su artillería pesada, en una verdadera guerra de asedio que dura ya más de treinta semanas, ha querido esa España demostrar que ella es la única capaz de sacarnos de la crisis y de devolvernos el sentido de nuestra unidad de destino en lo universal. (¡Oh, perdón! Ahora caigo en la cuenta de que estos buenos señores y señoras lo único que quieren es que se cumpla la ley y se respete el Estado de derecho. Perdón, perdón).

¿«Modelo alemán», aquí, en España? ¿De qué estupideces se está hablando?

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martes, 19 de octubre de 2010

Acuerdo en los Presupuestos Generales del Estado

Oigo a un destacado socialista decir que lo más importante del acuerdo presupuestario entre el PSOE y el PNV (más CC) radica en haber frustrado el intento del PP de forzar elecciones anticipadas. Es de los que van de victoria en victoria hasta la derrota final. En realidad, el PP no ha intentado de veras forzar elecciones anticipadas. Cuento al menos cuatro razones para pensarlo. Primera, la política económica que está haciendo el PSOE no debe parecerle tan mal a la derecha; el propio Zapatero se desespera al ver que ésta no le apoya cuando parece que debería hacerlo. Mejor esperar a que la situación mejore, aunque sea con medidas a medias, que hacerse cargo de un país que está permanentemente al borde de la bancarrota. Segunda, de haber querido de verdad derrocar al gobierno, el PP habría apoyado la huelga general del 29-S, como la derecha apoyó la del 14-D de 1988. Pero la situación era muy distinta: entonces se trataba de debilitar a un gobierno fuerte, con mayoría absoluta; ahora, de dar la puntilla a un gobierno minoritario que tiene que hacer contorsiones para mantenerse. Si los sindicatos se acostumbran a las huelgas, como en Francia, al final será el propio PP, una vez en el gobierno, quien lo pague. Tercera, derribar al gobierno habría llevado las dificultades del país para financiarse en los mercados hasta el paroxismo, como no sin cierta ingenuidad nos recuerdan los socialistas al defender el acuerdo. Aunque sea por pasiva, el PP puede apuntarse el tanto de la moderación propia de una fuerza tranquila. Por último, las reglas del circo exigen que la oposición se mantenga al margen y no detenga el espectáculo, para deleite de los damnificados, que cada vez son más numerosos.

Decía el domingo Zapatero que en año y medio, respiro temporal que el gobierno cree haber ganado con este acuerdo, pueden pasar en política muchas cosas. Me gustaría que mencionara una buena. ¿Se atreverá a presentar su propuesta de reforma del sistema de pensiones? Con la que está cayendo en Francia sería políticamente suicida. ¿Llevará adelante la reforma de los servicios públicos de empleo, transferidos a las comunidades autónomas? Me parece que verdes las han segado. Aparte de medidas de detalle, como la inhabilitación de cargos electos por listas de partidos declarados ilegales, pactada ayer con el PP, me temo que el gobierno va a poder hacer muy poco por recuperar la credibilidad, por no decir nada. En realidad, el gobierno ha comprado – a precio de oro, como no podría ser de otra forma – tiempo para una sola cosa, a saber, permitir que las medidas de ajuste y la reforma laboral produzcan los frutos que espera de ellas. Tristemente, como el propio gobierno reconoce, esos frutos serán imperceptibles (aunque claros, que nadie lo dude) antes de 2012. Lo que nos espera es una ofensiva mediática a la desesperada para convencernos de que tales medidas, que han causado justificado disgusto entre la ciudadanía, producirán el efecto deseado después de las elecciones si y sólo si es el PSOE quien vuelve a gobernar.

Decía también Zapatero el domingo que esta legislatura se le debe estar haciendo muy larga a Rajoy. Sospecho que nada comparado con lo larga que se le va a hacer al presidente.

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jueves, 18 de marzo de 2010

Aguirre, o la cólera de Dior



Ya lo ha dicho la presidenta de la Comunidad de Madrid. En política, no es lo mismo llevar tacones que no llevarlos. Tacones mandan. Debía llevarlos el día en que llamó a los ciudadanos a la rebelión contra la proyectada subida del IVA. Obediente, el partido de Aguirre la ha secundado.

Están claras las razones – o mejor, sinrazones – del Partido Popular en este enredo. Primero, la doctrina Rajoy de que el PP tiene que aferrarse a un clavo ardiendo, como éste, si es menester, con tal de no mostrar sus cartas al electorado; todo, para ganar – o habría que decir, perder – tiempo hasta las próximas generales, que supuestamente le entregarán el poder como fruta madura. Segundo, el miedo a perder votos en Madrid, donde el descontento por el rumbo del Estado de las Autonomías crece más deprisa de lo que marchan los ritmos políticos en el resto del país. Tercero, oportunismo político: no deja de ser llamativo que, después de meses de pedirle al gobierno que gobernara, cuando éste gobierna, el PP se emplea a fondo para impedirle que lo haga. Llamativo, como digo.

Los motivos de Aguirre son más oscuros. Para ella, la subida del IVA es una excusa tan buena como otra cualquiera para la algarada mediática que ha montado; ahora se trata de llevarla a la calle. Su doctrina la impartió el 2 de mayo de 2008, en la conmemoración del bicentenario del levantamiento de Madrid contra los franceses. Aquellos acontecimientos supusieron, según ella, la fundación de la Nación Española, así, con mayúsculas. Antes, podía haber Españas, o incluso España, pero no Nación Española. Pero el 2 de mayo de hace poco más de dos siglos Madrid se rebeló contra el odioso opresor, y las demás Españas (lo mismo Andalucía en Bailén que Aragón en Zaragoza y Cataluña en Gerona), siguiendo su ejemplo, pusieron en jaque a los franceses hasta expulsarlos del suelo patrio, y así es como nació, presuntamente, la Nación Española. ¿Acaso no es también Zapatero un opresor de España, tan odioso como Napoleón? Si Madrid se rebela ahora, España seguirá su ejemplo de nuevo. O eso quiere creer la lideresa. Estamos nada menos que ante una línea estratégica que pretende el inicio de una nueva era, una refundación de la Nación; un punto de no retorno, en todo caso, llamado a poner fin a los excesos autonómicos y a restablecer el protagonismo centrípeto de la capital en los asuntos del Estado, protagonismo ahora ostentado por la problemáticas centrífugas del País Vasco y, sobre todo, Cataluña, con la esperada sentencia del Constitucional sobre el Estatut, los referendos municipales sobre la autodeterminación y el debate sobre los toros.

Está por ver adónde llevarán a Esperanza sus apresurados cálculos. Quizá cuenta con un Madrid encanallado, como el que se amotinó contra Esquilache porque les prohibió ir embozados por la calle, y que es prácticamente el mismo que dejó ir indiferente a sus reyes para luego, en un arrebato de sensiblería más que otra cosa, amotinarse contra los franceses al grito de que se llevaban a los niños. Pero ha llovido mucho desde entonces. Es improbable que el Madrid que se ganó la admiración del mundo resistiendo durante tres años el asedio de los ejércitos de Franco al grito de ‘no pasarán’, vaya ahora a secundar a Espe. Incluso es discutible que una parte importante del Madrid que salió a la calle en defensa de la Constitución y contra el golpe de Estado del 23-F, o que paró casi hasta el último centro de trabajo el 14-D, le ría ahora las gracias.

Pero lo peor, para Esperanza Aguirre, no es eso. Lo peor es que ya no cuenta con mozos dispuestos a matar y dejarse matar, navaja en mano, por un quítame allá esas pajas; ni con Daoíz, Velarde y el teniente Ruíz; ni tampoco con aquellas recias matronas que se metían con un cuchillo de cocina debajo de los corceles de los mamelucos para rajarles las entrañas. No; ahora las huestes de Aguirre reúnen a nostálgicos del franquismo, ya jubilados o casi; a pequeños empresarios y autopatronos agobiados, que, viendo peligrar su posición social con la crisis, se dejan arrastrar por el vértigo de la “cacerolada”; y, en fin, a jóvenes generaciones de lo más fashion, algunas de cuyas más aguerridas militantes, émulas de la lideresa, acaso serían capaces de descalzarse un zapato de aguja y sacarte un ojo a taconazos.

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viernes, 26 de febrero de 2010

Esto sólo lo arreglamos entre todos

Llevo dos días dándole vueltas a la campaña lanzada por la Fundación Confianza, que preside el ex ministro Javier Gómez Navarro. Ya saben, los anuncios de TV ésos de alguna gente conocida y otra desconocida, que nos dicen que esto lo arreglamos con optimismo entre todos.

Con Gómez Navarro hay otras personalidades muy notables en política: Miquel Roca i Junyent, Antonio Garrigues Walker y Guillermo de la Dehesa. Detrás están las Cámaras de Comercio y dieciocho empresas que han contribuido con entre 150.000 y un millón de euros cada una, hasta totalizar un presupuesto de cuatro millones. (Aquí la noticia de El País). Cuando se entra en la web de la campaña, se encuentra uno al apóstol de la banalidad económico-financiera, Leopoldo Abadía, junto con populares como Pau y Marc Gasol, Carlos Sainz, Edurne Pasabán, Andreu Buenafuente y Ferrán Adriá, amén de un carnicero, un panadero, un peluquero, un taxista, una estudiante y algo así como un centenar de publicistas, periodistas, planificadores de medios, expertos en marketing y gentes del ramo. Curiosa composición. Tienen un contador de adhesiones (poco serias, hay que decirlo: Pepi, Juani, Nonó y nombres parecidos), y en dos horas he visto subir el contador en más de quinientas. Van casi por seis mil, esperemos que algo más diversificados que los promotores.

La campaña se presenta como una iniciativa empresarial de aliento a la recuperación de la confianza en mitad de la crisis. Algunas frases con gancho: “Contagiar el optimismo, como antes nos contagiamos el pesimismo”, “Ningún gurú arreglará esto”, “Estar obsesionados por el dinero es de idiotas”, y lindezas parecidas. Supongo que quieren decir que no hay que esperar salvadores sino que debemos arrimar el hombro todos, aunque naturalmente unos más que otros.

La presencia de Roca y Garrigues es un auténtico dejà vu. En 1984, ambos protagonizaron la creación de un partido político de centro, el Partido Reformista Democrático, con la intención de recoger votos de la extinta UCD. En las elecciones de 1986 obtuvo menos del 1 por ciento de apoyo, y ni un solo escaño. Se disolvió en seguida. Pero he aquí, como si de un auténtico Guadiana se tratara, que vemos resurgir su sombra un cuarto de siglo después.

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