viernes, 8 de abril de 2011

Cataluña y el impuesto de sucesiones

Esta semana, al cumplirse sus cien primeros días de mandato, el presidente catalán, Artur Mas, ha procedido a borrar de su mapa el impuesto de sucesiones. No sólo eso: previsiblemente, acaba de darle la puntilla en toda España.

La primera idea que a uno se le ocurre en este asunto es que Mas, que está despidiendo centenares de empleados públicos de la Generalitat y sus aledaños, como las universidades, por falta de recursos, ahora parece empeñado en tener menos recursos todavía, porque algo recaudaría por vía de este impuesto, digo yo. Una pregunta irrelevante: ¿cuántos empleados públicos tendrán que perder su puesto de trabajo para pagar este gesto? Porque, evidentemente, es un gesto dirigido a los ricos; una reducción de impuestos, con su correspondiente redistribución (regresiva) de la renta disponible, de la que se van a beneficiar las rentas altas, y más cuanto más altas. Sin embargo, quedarse en eso sería superficial. Es listo el honorable president. Pero no tan listo como para que en PURGATORIO ECONÓMICO no nos hayamos percatado de la jugada y para que no veamos en ella menos una muestra de fuerza que de debilidad del nacionalismo catalán.

La idea es tan sencilla como atraer a Cataluña tantas grandes fortunas como sea posible. ¿Que es usted hijo de un venerable anciano forrado de pasta? Si el anciano está próximo a su fin, no tiene usted más que trasladar su propia residencia, digamos, a Barcelona, y empadronarse allí. Si no lo hace, cuando se produzca el luctuoso proceso, y suponiendo que el occiso le deja a usted una herencia valorada en 100.000 euros, tendrá usted que pagar 124 euros en Madrid y 620 en Castilla-La Mancha, pongamos por ejemplos. Bueno, 600 euros no es tanto - ¿o sí, en los tiempos que corren? Pero si lo que hereda es 100 millones de euros, entonces tendrá que pagar 124.000 en Madrid y 620.000 euros en Castilla-La Mancha; nada en Cataluña. Con el importe del impuesto que se ahorra, puede usted comprar una vivienda, más o menos lujosa según de donde proceda, en un buen barrio de Barcelona, vivienda que prácticamente le saldrá gratis. Dice la web de la Comunidad de Madrid que se bonifica el 99% del impuesto (en Castilla-La Mancha, únicamente el 95%) y no el 100%, para mantener un «elemento de control tributario». Pues bien, en Cataluña ni eso. Y hay una coda muy interesante: las bonificaciones mencionadas son sólo para padres, hijos, cónyuges y parejas de hecho; los demás tienen que pagar el impuesto entero: por ejemplo, 20.000 euros para una herencia de 100.000. De manera que el efecto llamada será muy poderoso en todos los casos en que el presunto heredero no sea familiar en primer grado.

Debe pensar el buen Artur Mas que ahora que empiezan a retornar los inmigrantes de los últimos lustros a sus países de origen, ya va siendo deseable que en su lugar empiece a llegar gente guapa, de ésa que tan mal habla de Cataluña y los catalanes, a ver si cambian de opinión y, sobre todo, que lleguen con la bolsa llena. Ya se sabe, Barcelona es bona…. Aunque mucho me temo que eso no le devolverá ni de lejos la brillantez de antaño, cuando era la Ciudad de los Milagros, o cuando Eduardo Mendoza la rememoraba para nosotros y fue incluso más grande, a finales de los años sesenta y durante los setenta del siglo pasado, en los tiempos del movimiento vecinal y la Asamblea de Catalunya, de la Nova Cançó y Gato Pérez, de Seix Barral y Ariel, de Pepe Carbalho y Últimas tardes con Teresa, de El tartufo y Els Joglars y Comediants, de Fata Morgana y El extraño caso del doctor Fausto… sólo por citar lo primero que se me viene a la cabeza. Eran tiempos en que la ilustrada clase media aspiraba a elevar a su nivel a un proletariado inmigrante. Ahora la clase media continúa manejando el cotarro pero ya no es ilustrada, y su única ambición es trepar a la clase alta.

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miércoles, 19 de enero de 2011

Cómo hay que leer las declaraciones

Oigo a Elena Salgado – todos la hemos podido oír – diciendo que no escucha más que elogios sobre lo bien que lo está haciendo España en materia de corrección del déficit. Cita concretamente a Jean Claude Juncker, político luxemburgués del partido democristiano, que ahora oficia de presidente del Eurogrupo. Le escucho y, en efecto, se deshace en aplausos.

Pero los halagos que no oigo son los de Angela Merkel. Y cuando la oigo a ella, es para mandar un mensaje bien diferente. Ayer, por ejemplo, se reunió el Eurogrupo para discutir la ampliación del mecanismo de rescate comunitario. Todo el mundo sabe que, si se amplía, no es porque Grecia e Irlanda – países ya rescatados – hayan agotado el Fondo; tampoco porque se corra el riesgo de que lo agote Portugal, país que está el primero de la lista en utilizarlo. No, si hay que ampliarlo es por si acaso España llega a estar en esa situación. Y si la Comisión Europea quiere que se amplíe y el Eurogrupo discute si hacerlo es porque España lo está haciendo requetebién, pero haber riesgo de que lo necesite, haylo.

Pero la verdadera prueba del nueve es la posición de Alemania. Alemania ha dicho con claridad que quiere mayor disciplina fiscal, si se le pide más dinero. Y está claro que no lo dice por Grecia e Irlanda, porque eso es toro pasado; ni siquiera lo dice por Portugal. Está claro que lo dice por España. Ah, pues ¿y no lo estábamos haciendo rematadamente bien? No cabe duda de que Alemania no se fía de España; a otros podremos dársela con queso, que a ella no. De alguna manera, Alemania empieza a sospechar que lo “rematadamente bien” que lo estamos haciendo en la reducción del déficit, se parece cada vez a lo “rematadamente bien” que lo hizo Grecia para incorporarse al euro, y después para mantenerse en él. Hasta que se descubrió que todo era un fraude contable.

¿Tienen base las sospechas alemanas? Pseé… y qué sé yo. Pero lo que es evidente es que la actividad financiera de las Comunidades Autónomas es terreno abonado para una contabilidad, digamos, creativa. Hace años tuve oportunidad de contrastar las reglas de contabilización de las CC.AA. y cada una seguía las que le daba la gana. La Dirección General de Política Económica, entonces, tenía que conformarse con lo que las propias CC.AA. querían darle. O mucho han cambiado las cosas, o las posibilidades de que se esté obteniendo una imagen distorsionada del déficit consolidado son bastante grandes. Luego, o sea antes, la semana pasada, oímos decir al presidente que no le temblará la mano a la hora de meter en cintura a las Autonomías, y todo cuadra.

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