viernes, 10 de junio de 2011

Reforma bancaria en el Reino Unido

El pasado miércoles por la tarde, un comité del parlamento británico se entrevistó con los máximos ejecutivos de los cuatro mayores bancos del país (RBS, HSBC, Barclays y Lloyds), con objeto de conocer su opinión sobre una reforma bancaria que está en estudio. La reforma consistiría en separar la banca de depósitos de la banca de inversión, de modo que aquélla quede a salvo de los riesgos que pueda correr ésta en sus operaciones especulativas. Puede sonar pretencioso, pero esto es exactamente lo que vengo proponiendo desde hace meses: terminar con la banca universal. (Por ejemplo, aquí y aquí).

Dos de los grandes banqueros han prometido los mayores desastres financieros si la reforma se lleva a cabo. No ha trascendido la declaración de los otros dos.

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miércoles, 11 de mayo de 2011

Que cada palo aguante su vela

Las declaraciones de la primera ministra eslovaca, Iveta Radicova, ayer mismo en la London School of Economics, afirmando que Eslovaquia apoya la reestructuración de la deuda soberana de Grecia, adquieren una singular importancia. Primero, por quien lo dice: la máxima autoridad de un país que es miembro de la Unión Monetaria Europea (por otro nombre, la «zona euro»), que rehusó participar en el rescate de Grecia en la primavera del año pasado, sigue negándose a participar en un segundo rescate, aunque sea de menor magnitud que el primero – aunque, ojo, las cifras crecen cada día: ayer se hablaba de 25.000 millones de euros, hoy ya de 60.000 millones – y que recomienda, en su lugar, que los bancos y otros inversores privados empiecen a cargar con su parte del coste de la crisis. Ésta es mi posición desde el principio. Aplicada la regla a España, significa que más vale que el gobierno retire su garantía sobre la deuda bancaria ahora, que esperar a que esa garantía tenga que hacerse efectiva, cause la bancarrota del Estado y luego haya que hacer pagar a los bancos su parte de la crisis, que será un resultado doblemente peor, por arruinar a la vez el crédito público y el de los bancos.

Las declaraciones de la señora Radicova son valientes e importantes, en segundo lugar, por el marco donde fueron hechas: la LSE, sancta sanctorum de la enseñanza de la economía en Europa, la sucursal educativa de la City londinense, ante un público de estudiantes y profesores, que ha servido de amplificador de las declaraciones mismas. Los bancos británicos no tienen una gran inversión en deuda griega, pero los alemanes y franceses sí; de modo que podría pensarse que no importa mucho a los primeros que la deuda griega se reestructure a costa de los bancos, porque los bancos – en este caso – no serán británicos. Pero los bancos británicos sí están «pillados», y bien «pillados», en la crisis irlandesa, en cambio. Las noticias que llegan de Irlanda no son tan preocupantes como las de Grecia, y los más optimistas pueden pensar que Irlanda ha salido de la crisis – como los más optimistas aquí piensan que España se ha «desacoplado» – pero, si los bancos británicos no han invertido en deuda griega sino en deuda irlandesa, los bancos irlandeses sí invirtieron en deuda griega, y como Irlanda se ha comprometido a respaldar a sus bancos, la reestructuración de la deuda soberana de Grecia traerá consigo nuevos problemas para los inversores británicos en deuda irlandesa. ¿Se dan cuenta de la conexión? ¡Ay, esta crisis va a acabar con todos nosotros, muy pronto!

Las declaraciones de la primera ministra eslovaca revelan, también, por qué tuvieron que reunirse, en secreto, los ministros de Finanzas de Alemania, Francia, Italia y España para prometer dinero fresco a Grecia a cambio de ajustes más duros: hay países pequeños que están diciendo “No, gracias”, y otros – como Finlandia – que antes decían que sí y ahora pueden decir también que no. Mírese por donde se mire, lo más sensato es afrontar cuanto antes un «desinflado» suave, ahora que todavía se está a tiempo, de la burbuja bancaria de todo el Continente. Va a resultar que es toda la banca europea, y no sólo la española, la que anda necesitada una estricta separación de las distintas líneas de negocio y la capitalización de cada una de ellas conforme a los riesgos inherentes a cada actividad, como vengo proponiendo para España. Y que cada palo aguante su vela.

Se me dirá que es muy duro lo que planteo. No es verdad. Duro es el ajuste que soportan desde hace tres años los asalariados, los pensionistas, los empleados públicos, los parados de larga duración, los pequeños empresarios y autónomos, obligados a cerrar; y se demuestra, por enésima vez, que todo ese inmenso sacrificio no es lo que los mercados necesitan para tranquilizarse. Por una vez, que el ajuste se haga extensivo a los bancos, reformando el sistema bancario para que se salve todo lo que se pueda salvar (y sobre todo los depósitos, para que la liquidez no colapse) pero dejando que las pérdidas sean privadas en vez de nacionalizarlas por sistema. Por una vez, hágase la reforma que se está necesitando, y no la que conviene a los poderosos en detrimento de toda la sociedad. Porque ésa es la reforma, créanme, que están exigiendo los mercados.

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sábado, 12 de marzo de 2011

El modelo inglés

La situación de la economía británica es una demostración fehaciente de hasta qué absurdos extremos puede llegar el doctrinarismo en su visión de la política económica. El gobierno Cameron-Clegg se formó sobre la base de un consenso antikeynesiano de raíz; en otros temas, algunos de la importancia de la actitud ante Europa, las divergencias son de bulto: Cameron es euroescéptico, mientras Clegg es europeísta, por ejemplo. Pero Cameron está aparentemente empeñado – con un empeño que podría llevarle a ganar el premio Nobel – en demostrar con hechos que el keynesianismo es una aberración, y a Clegg le va esa marcha. El gobierno aprobó en mayo una drástica reducción del gasto público, decidió que a la universidad sólo deben ir los ricos, y suprimió prestaciones sociales; todo, eso sí, muy bien envuelto en moralina de austeridad. Ah, y decidió despedir a medio millón de funcionarios, esa gentecilla plagada de vagos que en realidad no hace nada por mejorar la competitividad. Conforme los programas de consolidación fiscal han ido avanzando, la economía británica se ha ido paralizando; en el cuarto trimestre de 2010, registró un brillante -0,6 por 100 de crecimiento, o sea, decreció. Está al borde de otra recesión. Pero el gobierno no ceja.

La patata caliente ha pasado a manos del Banco de Inglaterra, la autoridad monetaria. Rápidamente, la dirección del Banco ha decidido mantener el tipo de interés de referencia en el 0,5 por 100, la mitad que el del Banco Central Europeo y el nivel más bajo de su historia. Y hace esto cuando la inflación interanual ha saltado del 3,7 al 4 por 100 anual en un mes. Pero aún hay más. El BdI mantiene su programa de ampliación de reservas bancarias, con el ambicioso objetivo de comprar activos de los bancos comerciales hasta un importe de 200.000 millones de libras esterlinas, casi 240.000 millones de euros. Esto, prácticamente, supone barra libre para los bancos.

Con lo que transmiten los gurús financieros, uno no se hace idea de qué creen estar haciendo las autoridades británicas, tanto fiscales como monetarias. En los tiempos en que uno estudiaba, estaba claro que la política fiscal era la más “sensible” a los ajustes de la actividad y el empleo, mientras que la política monetaria lo era a los de la inflación y la balanza de pagos. Si aquello que uno estudió vale aun para algo, que probablemente no, porque los genios de la autorregulación lo han cambiado todo, se diría que el Reino Unido aplica justo la política contraria a la indicada para relanzar la actividad y el empleo así como reducir la inflación. De continuar con el mix actual, la libra se depreciará aun más en los mercados de divisas, lo que favorecerá temporalmente a los exportadores británicos pero acelerará la inflación. Al mismo tiempo, la restricción fiscal mantendrá la actividad deprimida y un desempleo en aumento o, al menos, con gran resistencia a disminuir. A plazo un poco más largo, con salarios congelados – como debe de ser, los Cien Ilustres dixerunt – e inflación creciente, habrá una considerable transferencia de renta de los asalariados a sus empleadores (¡vaya, si va a resultar que Cameron no es tan tonto como parece!) y, con tipos nominales fijos en niveles ínfimos y, de nuevo, inflación creciente, los tipos reales serán – son ya – negativos, con lo cual quien tiene dinero puede divertirse jugando en el casino de la City, que la casa incluso le devuelve algo de lo que pudiere perder.

Ante este panorama, uno puede preguntarse: ¿y cuál es el modelo productivo de este buen señor, David Cameron? Muy sencillo. Lo mismo que España es el país de vacaciones para toda Europa, ¿por qué no va a ser la City londinense el casino preferido de los ludópatas globales? Así se ganaría una pasta gansa en comisiones de intermediación, y de ello podría llegar a vivir todo el país; no todos bien, desde luego, pero lo que hace falta es que vivan bien quienes tienen que vivir bien; los demás ya se irán acostumbrando. El plan sólo tiene un fallo, o por mejor decir un riesgo. Para salir bien, se precisa que el margen de ganancia segura que se ofrece a los inversores con tipos de interés reales negativos (uno tiene que devolver menos que lo que le han prestado) no se vea evaporado por la pérdida de valor internacional de los activos como consecuencia de la depreciación de la libra. Esto depende de que las autoridades sean capaces de frenar la espiral antiinflacionista, o sea, de mantener la inflación justo en el punto en que representa un incentivo y no lo contrario. Por eso es tan importante contener la demanda efectiva, manteniendo alto el paro o incluso aumentándolo, si es menester. En realidad, no había nada de ironía en calificar de ‘brillante’ el registro de un crecimiento negativo en el cuarto trimestre de 2010. Es la confirmación de que la política de Cameron produce exactamente los resultados que está pensado que produzca. Lo cual demuestra dos cosas. Una, que los antikeynesianos no son antikeynesianos hasta el fin; el doctrinarismo es para los incautos que se lo quieran tragar; estos antikeynesianos lo que son es keynesianos perversos, que mantienen intacto el aparato conceptual de Keynes, sólo que para ponerlo al servicio de fines inconfesables. La otra, reconozco mi error anterior, es que Cameron no es, en efecto, tan tonto como parecía: fue número uno de su promoción de Economía en Oxford.


[Nota: Si le ha interesado esta entrada, puede que también le interese esta otra: El modelo alemán].

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sábado, 26 de febrero de 2011

¿Y qué se esperaban Cameron y Clegg?

La pasada primavera, cuando el gobierno de coalición conservador-liberal anunció a bombo y platillo sus medidas para ajustar el presupuesto, que incluían el despido de casi medio millón de empleados públicos y una drástica subida de las tasas universitarias, entre otros estupendos ahorros, pronostiqué una pronta recesión en el Reino Unido. Hoy se ha conocido la tasa revisada de crecimiento del PIB en el cuarto trimestre, y resulta ser del –0,6 por ciento, una décima porcentual peor que lo adelantado provisionalmente hace algunas semanas; el peor registro desde el tercer trimestre de 2009, cuando los britones empezaron a acariciar la esperanza de estar dejando atrás la recesión. Políticos y economistas de aquel país se han mostrado decepcionados por la noticia.

Y pregunto yo, ¿decepcionados de qué? ¿Es eso lo que les enseñan en la afamada London School of Economics, a sentirse “decepcionados” por lo obvio? Alguno todavía me espetará que defiendo un déficit público insostenible, o qué sé yo. Contestaré que según y cómo, aunque he de confesar que, como se está poniendo la cosa, realmente ya es muy difícil. Pero es que la cosa, precisamente, se ha llevado al punto de querer que nos pille el toro, como vulgarmente se dice. En definitiva, no; no es defender el déficit público, aquí y ahora, lo que pretendo. Reducir el déficit público puede ser una solución obligada, y ahora seguramente ha llegado a serlo en Europa. Lo que es de malos economistas es venir con la biblia liberal a prometer la recuperación económica con la reducción del gasto público, y cuando la recuperación no se produce (sino todo lo contrario) manifestar decepción. No se pretenda tomar al público por idiota y alardear de que se trabaja para el futuro. Ustedes no hacen más que obedecer servilmente a un viejo atavismo del género humano, que lo impele a realizar sacrificios para calmar la ira divina en que personificamos lo adverso cuyo origen nos es desconocido. Lo cierto es que no tienen ni idea de lo que pasa, y su doctrina tiene mucho menos de ciencia que de superstición.

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miércoles, 26 de enero de 2011

El fantasma del estancamiento planea sobre Europa

Era previsible. Yo mismo lo pronostiqué hace meses, en la entrada del 24 de mayo de 2010 (aquí). El PIB del Reino Unido en el cuarto trimestre de 2010 ha caído medio punto porcentual. El gobierno conservador de Cameron habla de lo frío que ha sido el invierno, pero los analistas británicos coinciden: los ajustes presupuestarios han dejado a la economía muerta (stone dead).

El problema de España puede ser parecido. Con un agravante, y es la reacción que cabe esperar de los mercados. Los mercados no van a castigar a la deuda soberana británica, porque el Banco de Inglaterra – que no tiene las manías del Banco Central Europeo – comprará deuda en el mercado secundario antes de que el efecto de subida de tipos de interés se traslade al mercado de emisión. Nosotros no tenemos esa válvula de escape. Si el PIB español cae un solo trimestre, como lo acaba de hacer el británico, nos ocurrirá lo que a Irlanda, que, metida en una reforma bancaria, registró un descenso del PIB en el tercer trimestre de 2010, y los mercados se le echaron encima.

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