jueves, 23 de junio de 2011

La banca de los países escandinavos no ve alto riesgo de contagio en la crisis de la deuda

El riesgo de contagio es la preocupación del momento. Ayer por la tarde, Jean-Claude Trichet dio una rueda de prensa en su calidad de presidente, no del Banco Central Europeo, que todavía es, sino del Consejo Europeo de Riesgo Sistémico (ESRB), organismo que empezó a funcionar en enero y al que se retirará tras cesar en octubre en su actual cargo. Trichet ha afirmado que los primeros estudios del ESRB muestran que el riesgo de contagio de la crisis del crédito público de algunos gobiernos europeos a los bancos privados es muy elevado, habida cuenta de que los bancos son los principales inversores en deuda soberana.

Un estudio llevado a cabo por la agencia de calificación de riesgos crediticios Fitch Ratings muestra un panorama diferente. Tras estudiar la percepción que tienen las entidades de crédito de los países escandinavos, mediante una serie de entrevistas llevadas a cabo la semana pasada, la conclusión es que en su gran mayoría no ven un riesgo alto de contagio. Sólo un 21 por ciento de las entidades afirmó percibir un riesgo elevado de contagio de la crisis, actualmente circunscrita a Grecia, Irlanda y Grecia, a otros países como España, Italia y Bélgica. El 64 por ciento afirmó que el riesgo de contagio era medio y un 15 por ciento, que bajo. La percepción del riesgo era máxima en Copenhague y mínima en Helsinki. Dinamarca es el único país escandinavo que está actualmente en recesión. Con todo, el 40 por ciento de los ejecutivos bancarios entrevistados afirmó que la crisis de deuda soberana es la mayor amenaza que se cierne sobre los mercados de crédito europeos en el horizonte de los próximos 12 meses. Sin embargo, otras amenazas parecían casi tan preocupantes: la posibilidad de una segunda recesión mundial preocupaba al 30 por ciento y el fin de los estímulos monetarios y fiscales en Estados Unidos a otro 30 por ciento.

Curiosamente, la posibilidad de que la crisis pase de los estados a los bancos, que es la obsesión de Trichet en los últimos meses, no parece preocupar a los bancos escandinavos. Se conoce que ellos no han invertido apenas en deuda soberana de los países rescatados hasta la fecha. Así entiende uno la frialdad con la que Finlandia, por ejemplo, se enfrentó al rescate de Portugal, hace unas semanas, y sus reticencias al segundo rescate de Grecia, ahora. Pero, por otra parte, ¿no será que la obsesión de Trichet – que parece ser también la de Draghi, su sucesor in pectore – responde estrictamente a una preocupación propia de los bancos franceses y alemanes, que en su día prestaron a Grecia más de lo que razonablemente habría que haberle prestado? Parece estar justificada la duda de si el BCE representa demasiado fielmente el interés de los países centrales de la UE - Francia, Alemania - y muy poco el de los periféricos, ya sea del Norte o del Sur de Europa.

Etiquetas: , , ,

@purgatecon

miércoles, 22 de junio de 2011

Crisis griega y ética cívica y fiscal

Al filo de la pasada medianoche, cuando se conocía el resultado de la votación que ratificaba la confianza del parlamento griego en su gobierno, miles de atenienses reunidos en la plaza Sintagma se enfrentaban a la policía con la violencia habitual. Aparentemente, esperaban un fracaso de la moción, o bien estaban preparados para los disturbios saliera lo que saliera. Es tremenda la situación de un país así, y todo lo que podemos hacer es cruzar los dedos para no vernos también en ella.

No puedo por menos de expresar públicamente mi solidaridad con el pueblo griego en esta hora tan difícil. Creo que no se merecen lo que les está ocurriendo. Es una verdadera desgracia en la que se han combinado los fallos del capitalismo, que desencadenaron la crisis, y la falta de precisión, en este caso verdadera brutalidad, de sus mecanismos de ajuste. Estamos muy lejos del «ajuste fino», del fine tuning, con que se presumía poder abordar los problemas en la eurozona antes de 2008. Ahora, el único procedimiento a nuestro alcance parece estar en cortar por lo sano. Una y otra vez, hasta que no quede nada por cortar, por lo que se está viendo en Grecia.

De una u otra forma, la catarsis – palabra griega, precisamente – que tiene que sufrir esa sociedad es radical y completa. Las cosas no podían continuar como hasta ahora. Se estima que el fisco griego pierde entre 20.000 y 30.000 millones de euros anuales como consecuencia del fraude fiscal. Con lo evadido en los tres últimos años, se habría ahorrado este segundo rescate; con lo evadido en los últimos diez, nunca se habría visto en la situación que atraviesa. Y el fraude está especialmente extendido entre la población adinerada. Parece que en Atenas – zona de sequía endémica – se paga un impuesto por las piscinas particulares. Pues bien, de 16.974 piscinas censadas tras una inspección pormenorizada, resultó que únicamente 324 estaban declaradas. La corrupción y el soborno están generalizados. Hay que pagar para conseguir un empleo de funcionario y también para pasar los exámenes en ciertos tramos del sistema educativo. Afortunadamente, estos extremos están ausentes entre nosotros. Pero nos sigue pareciendo natural la corrupción entre los políticos, y votamos para las más altas magistraturas a personas sospechosas de haberse dejado sobornar: con la presunción de inocencia lo arreglamos todo. Y a nadie escandaliza que cualquier empresa sustraiga un 20 ó 25 por ciento de su facturación al pago del IVA. ¿Quién pide factura al fontanero, salvo que pueda trasladarle el gasto a otro? Muchos se justifican preguntando si van a pagar impuestos para sostener el tren de vida de los políticos. El mal está arraigado, es profundo y afecta muchos niveles de la vida social. Es esa incertidumbre sobre la confiabilidad fiscal de nuestro país lo que nos tiene permanentemente en vilo y sometidos al escrutinio de los mercados.

Lo dije una vez, y lo repito: ética fiscal, ética fiscal, ética fiscal. Cuando la tengamos, sabremos exigir a los políticos que administren bien los impuestos que pagamos. Y no al revés. Ética fiscal es lo que necesitamos para salir definitivamente del atolladero.

Etiquetas: , ,

@purgatecon

martes, 21 de junio de 2011

Cameron rehúsa participar en el nuevo rescate de Grecia

Aparentemente, la comunicación efectuada ayer por la comisión europea, por boca del comisario Olli Rehn, y de la presidencia del Eurogrupo, personificada por Jean-Claude Juncker, ha tenido la virtud de tranquilizar a los mercados. La prima de riesgo española ha caído apreciablemente – aunque se mantiene alrededor de los 260 puntos básicos, 80 más que hace un mes – y lo mismo ocurre con la de Italia. China ha anunciado que participará voluntariamente en el rescate de Grecia. Incluso Japón, cuya situación financiera, por razones conocidas, es bastante problemática (hasta el punto de justificar una advertencia preocupada del Fondo Monetario Internacional el viernes pasado), ha prometido contribuir en la medida de sus posibilidades. Es evidente la alarma internacional que ha disparado esta situación.

El Reino Unido pone la nota discordante. Su primer ministro, Cameron, acaba de afirmar que su país no participará en este segundo rescate de Grecia, haga Grecia lo que haga en materia de sacrificios. El momento elegido es significativo. Precisamente hoy, el primer ministro griego, Papandreu, presenta en el parlamento de su país un durísimo plan de ajuste que incluye el despido de 150.000 funcionarios, amén de subida de impuestos. Cameron, entre cuyos planes está el despido de casi medio millón de funcionarios de su país, no se ha sentido nada solidario de otro gobierno que va a hacer algo parecido. Prácticamente, Cameron está diciendo a las claras que él vota por la bancarrota de Grecia. Es comprensible que no le preocupe: los bancos británicos tienen unos 3.400 millones de dólares de deuda soberana de Grecia (datos del BIS), lo que es la décima parte de los 34.000 millones que tienen los bancos alemanes, y todavía una fracción mucho menor de los 57.000 millones en manos de bancos franceses. Muy seguro debe estar Cameron de que Irlanda no necesitará de un segundo rescate, porque entonces las tornas se invertirían.

Cameron viene a decir que, si la renovación de la deuda griega es voluntaria para el sector privado, es decir, los bancos, por la misma regla de tres lo es para los gobiernos. Él, voluntariamente, rehúsa participar. Nadie va a decirle que tiene que hacerlo. Cameron, además, implícitamente presume de desafiar la autoridad del eje franco-alemán, aunque juega a favor de Merkel. Lo importante de la posición adoptada hoy por el Reino Unido es su significado como precedente. Varios otros países querrían desmarcarse de la posición adoptada estos días. Como es obvio, los miembros de la eurozona lo tendrán más difícil; el Reino Unido se mantiene fuera, y esto parece disminuir su responsabilidad en la crisis de un país que pertenece a ella. Pero Eslovaquia – que es miembro de la eurozona – ya había anunciado que no participaría, y habrá que ver la firmeza de su resolución. Más complicado es el caso de Finlandia, donde un reciente éxito electoral de la extrema derecha forzó una votación parlamentaria sobre el rescate de Portugal, votación que entonces salió bien. Difícil va a ser, sin embargo, eludir el mismo trámite en esta ocasión, y su simple convocatoria puede desatar nuevas tensiones en los mercados.

Lo que cada vez está más claro es que España no podrá ser rescatada, por más que llegare a necesitarlo. Con un tamaño económico y financiero que supera la suma de Grecia, Irlanda y Portugal, el consenso político que se necesitaría para que Europa lo llevara a cabo empieza a resquebrajarse.

Etiquetas: , , ,

@purgatecon

sábado, 18 de junio de 2011

Vienna-style rollover de la deuda griega

La frase de moda en las finanzas europeas es Vienna-style rollover of the Greek debt. No me pregunten qué significa; no hablo una palabra de inglés. Me resulta más sencillo explicar de qué se trata. Es un tipo de solución a los problemas financieros de un país, alternativo a la bancarrota declarada y que se ensayó por el Fondo Monetario Internacional y la Unión Europea en 2009, para facilitar la estabilización de algunos países del Este europeo – Letonia y Hungría – tras el comienzo de la crisis. Consiste en que los acreedores del país en cuestión renuncien voluntariamente al cobro del principal cuando llega el momento de la redención. ¿Dónde está el problema? Básicamente, en el tipo de interés que se pacta para la renovación de la deuda. Las agencias de rating – las tres principales han sido extremadamente claras al respecto – son proclives a considerar como una verdadera quiebra todo acuerdo entre deudor y acreedores que no se pacte libremente (sobre todo, por los segundos). Si hay motivos para pensar que los acreedores han dado su brazo a torcer porque temen que de no darlo una verdadera quiebra sería inevitable, entonces las agencias de rating considerarán el asunto como una quiebra encubierta. Por otra parte, las negociaciones entre país deudor y acreedores privados suelen llevarse a cabo en un organismo llamado Club de París, que se puso en funcionamiento hace tres décadas, con ocasión de la crisis de la deuda externa de los países en vías de desarrollo (México, Brasil, Indonesia y otros, a partir de 1982). Pero está claro que en este caso las conversaciones no se podrán llevar a cabo en el Club de París, por la sencilla razón de que eso recordaría mucho a una verdadera quiebra, como las de los años ochenta. Por tanto, las negociaciones con Grecia se llevarán a cabo por la UE y el FMI; se llegará a un acuerdo respecto de los intereses (por ejemplo, Euribor más un determinado diferencial), y ese acuerdo se ofrecerá a todos los acreedores privados – principalmente, bancos de la eurozona –, que libremente aceptarán o rechazarán las condiciones pactadas. Ésta es la idea del Vienna-style rollover. Alemania se ha opuesto a esta clase de acuerdo; sin ir más lejos Wolfgang Schaüble, ministro de Finanzas de ese país, en carta fechada el pasado 8 de junio y remitida a las autoridades de la UE, el FMI, y el Banco Central Europeo, la rechazaba tajantemente. El viernes 17, la canciller Merkel la aceptó, en un intento de conciliar diferencias con el presidente francés Sarkozy.

Las razones del gobierno democristiano de Alemania para haberse opuesto a la «renovación al estilo de Viena» son claras. Hace pocos meses, la derrota electoral sufrida por el partido (CDU) en el crucial land de Baden-Wurttemberg fue explicada por las encuestas como consecuencia de dos sentimientos mayoritarios de los votantes, a saber, el rechazo de la energía nuclear tras la catástrofe de Fukushima y la certidumbre de que Alemania está ayudando financieramente – a costa de los contribuyentes – a otros países de la eurozona para preservar el interés de sus bancos. En el segundo asunto, Merkel ha tenido que pelear con dureza a diestra y siniestra. En febrero, Axel Weber, presidente del Bundesbank – banco central alemán, miembro, como el Banco de España, del Sistema Europeo de Bancos Centrales que sostiene al BCE – y candidato oficioso a sustituir a Jean-Claude Trichet al frente del BCE, se enfrentó públicamente a Merkel al defender que Alemania no tenía que ayudar a países que han demostrado carecer de la debida disciplina. Merkel le retiró de inmediato su apoyo, y Weber tuvo que dimitir de su puesto con un año de antelación al término de su mandato. Pero tras acallar esta clase de protestas, muy difundidas entre la población y también los economistas alemanes, Merkel se encontró con que había saltado de la sartén para caer en las brasas. Trichet, y con él todo el BCE y el FMI – al menos mientras Strauss-Kahn fue su gerente – han apoyado la postura opuesta: apretar las clavijas de los países deudores, pero darles sin rechistar el dinero que necesitan. El argumento es, precisamente, el riesgo que corren los bancos, acreedores de los gobiernos. Mario Draghi, gobernador del Banco de Italia, y nuevo candidato a suceder a Trichet, es de esa misma opinión. Y contra ella no ha podido de momento Merkel.

La posición de los economistas franceses está en cierto modo por encima de las trifulcas entre partidos. Sobre todo ahora que DSK ha caído en desgracia y está a la espera de juicio en Nueva York, nadie en Francia parece querer complicaciones financieras. Sarkozy menos que nadie. Con las elecciones presidenciales del año que viene ya prácticamente ganadas, lo que menos le interesa es crear la oportunidad de que los bancos franceses se vean en dificultades por la bancarrota de Grecia, de la que son los principales acreedores. Por tanto, lo que le interesa es ir tapando el problema, a ver si se resuelve solo, o al menos no estalla antes de las presidenciales francesas. Por similares motivos, aunque con expectativas electorales mucho más pobres, la posición del gobierno español es solidaria de la francesa. Recordemos que Elena Salgado fue la primera – tras el presidente del Eurogrupo, Jean- Claude Juncker – en saludar la candidatura de Draghi como favorita.

Draghi mismo, que no será presidente del BCE hasta octubre – en caso de que llegue a serlo – se la jugó en su entrevista con Merkel la tarde del pasado jueves, 16 de junio, al oponerse abiertamente al enfoque alemán y defender el Vienna-style rollover. O rectifica, o creo que nunca llegará a presidente del BCE; más bien, creo que nunca llegará a presidente del BCE. De momento ha confiado en la posición de Sarkozy. El frente Sarkozy-Trichet-Draghi, respaldado a distancia por el FMI, ha obligado a Merkel a recular. Pero la canciller aún tiene varias bazas, y sobre todo una muy fuerte, fortísima. La primera es la puesta en marcha del propio Vienna-Style rollover. Lo difícil es dar con un tipo de interés que a Grecia le dé cierta ventaja sobre acudir al mercado (donde paga intereses que van desde el 16% a diez años, hasta el 25% a dos años) y que compense a los acreedores del riesgo de que esta operación no esté más que posponiendo el problema. Yo creo que no existe ese tipo de interés. Suponiendo que me equivoque y que los expertos den con un nivel aceptable, está el problema de que unos bancos lo aceptarán y otros preferirán salir de la trampa de una vez por todas. ¿Qué actitud adoptarán las agencias de rating? Va a ser muy difícil consensuar la solución con ellas. Tras su fracaso en predecir la crisis de 2007-2008, precisamente por haber sido demasiado «políticas», llevan unos años muy puntillosas para limpiar su imagen. Si unos bancos aceptan y otros no, las agencias tendrán que decidir si penalizan a los primeros. Fitch ha venido a decir veladamente que lo hará. Y esto tendrá consecuencias, puesto que incluso un cambio de «perspectiva», de «estable» a «negativa», que no llega a ser una recalificación, no dejará sin embargo de afectar a los intereses que los inversores exigirán de los bancos cuando éstos traten de colocar sus propias emisiones en el mercado. Se ha filtrado que el Deutsche Bank – el mayor banco alemán – ya ha pactado con Merkel acudir a la renovación, casi en cualquier circunstancia, y con él lo hará la banca alemana casi en bloque. Pero ¿lo hará también la francesa?

En definitiva, tras casi año y medio de crisis de la deuda soberana, en el que se ha ensayado la fórmula de los rescates, con fracasos tan claros como el de Grecia, ahora hay un problema de credibilidad. Lo que va a ensayarse es una versión un tanto mejorada del rescate. Una solución más radical, como el alargamiento forzoso de plazos a tipos de interés de hace cinco ó diez años, que ha propuesto Alemania, tendría más credibilidad, al menos de entrada. Y ésa es una ventaja con la que cuenta Merkel. La otra es la elección formal del sucesor de Trichet al frente del BCE. Draghi ha perdido algunas de las papeletas que llevaba. Creo a Merkel muy capaz de empantanar todo el proceso de sucesión hasta salirse con la suya en el asunto de Grecia. De momento, ha dado tiempo al tiempo para ver si el Vienna-style rollover funciona, convencida en su fuero interno de que no lo hará. Yo tampoco creo que funcione. En septiembre, con una visión más clara de los resultados del intento de ahora, tendrá cartas para echar el órdago. Después de todo, Sarkozy no puede esperar tener dos «amigos» al frente del FMI (Christine Lagarde, su ministra de Asuntos Exteriores y Finanzas) y del BCE (Draghi, cuyo apoyo le ha sido clave esta semana), y Merkel ninguno. Elegida Lagarde para el FMI, Draghi se caerá de la quiniela. Entonces al presidente Zapatero no le quedará más remedio que disolver el parlamento y convocar elecciones.

Etiquetas: , , ,

@purgatecon

miércoles, 8 de junio de 2011

Problemas de una zona monetaria sub-óptima

Como he señalado en alguna otra ocasión, los mecanismos de ajuste en una zona monetaria óptima, frente al aumento del desempleo en una región de la misma, son tres. Primero, transferencias de recursos desde las regiones con desempleo bajo a la región con desempleo alto, en previsión de que la situación sea meramente transitoria. Segundo, reducción del nivel general de precios de la región con desempleo alto comparativamente a los de las regiones con desempleo bajo, lograda a base de reducir el nivel general de salarios de la primera; algunas veces, a esto se le llama devaluación interna, por contraste con la devaluación externa, lograda por simple modificación del tipo de cambio (que en una zona monetaria no puede cambiar). Tercero, emigración de mano de obra desde la región con desempleo alto a las regiones con desempleo bajo. En la Unión Monetaria Europea, o sea, en la zona euro, han fracasado los tres mecanismos. No hay transferencias comunitarias previstas por ese motivo, los salarios han resultado ser – previsiblemente – rígidos a la baja y la emigración encuentra barreras idiomáticas y culturales muy fuertes.

Sin embargo, las transferencias se han efectuado. Sólo que no han sido transferencias desde la Unión Europea sino desde los gobiernos nacionales. En un famoso artículo escrito en 1948 (A Monetary and Fiscal Framework for Economic Stability: «Un marco monetario y fiscal para la estabilidad económica») del que nunca renegó, Milton Friedman reconoció que el aumento del déficit público, cuando se reducen los ingresos públicos por aumento del desempleo mientras se mantiene temporalmente el gasto público, es un estabilizador automático (en su terminología, built-in), la clase de estabilizadores que él consideraba «buenos». Yo diría, más bien, que inevitables. E, inevitablemente, los países de la zona euro que más han visto crecer el desempleo en esta crisis han registrado importantes aumentos del déficit público en la primera fase de la crisis, mientras se mantuvo la esperanza de una pronta recuperación y el propio Fondo Monetario Internacional abogaba por estímulos fiscales. El quid de una zona monetaria óptima es que la importancia del déficit colectivo habría sido mucho menor, al repartirse entre todos los países en vez de concentrarse en los más débiles, siendo exactamente esto último lo ocurrido en la zona euro.

En cuanto a la necesaria devaluación interna cuando la crisis se prolonga, no tiene por qué ofrecer particulares dificultades – desde un punto de vista estrictamente económico – en una zona monetaria óptima; puede haber ciertas diferencias entre el modelo liberal y modelo socialdemócrata, pero a los efectos que ahora trato no son importantes. Una zona monetaria sub-óptima es harina de otro costal. En relación con la deuda externa, y la deuda pública en parte es externa (en España, por ejemplo, es externa la mitad), la reducción de precios actúa como el ajuste cambiario, es decir, encarece el pago de la deuda externa. Lo más importante de todo es que lo encarece también para el gobierno. Al reducirse los precios y salarios expresados en la moneda común, se reduce igualmente la recaudación tributaria expresada en moneda común, con lo que la cancelación de la deuda pública se aleja en el tiempo. Ese problema no existiría de haber habido transferencias comunitarias en el momento en que debería haberlas habido. Y se trata de un problema, a ojos vista, que disminuye los incentivos del gobierno para afrontar el duro conflicto social que toda reducción de salarios comporta. No es extraño que no deje de oírse el runrún de la salida de Grecia del euro. Después de todo, si la única solución que les queda es la devaluación interna, con su nivel de endeudamiento, casi tanto les da igual como les da lo mismo.

La emigración está funcionando un poco, pero de manera perversa. Ni griegos ni portugueses ni españoles – por citar los países con mayor desempleo – se mueven. Únicamente los irlandeses parecen dispuestos a hacerlo. Pero en vez de emigrar a los países centrales de la UE, donde hay oportunidades de empleo, prefieren hacerlo a Australia y otros países donde se habla inglés y hay una nutrida colonia de descendientes de irlandeses emigrados en el siglo XIX y a comienzos del XX.

Etiquetas: ,

@purgatecon

jueves, 2 de junio de 2011

La política de poder del siglo XXI

La verdadera política de poder del siglo XXI es económica y financiera, la que intenta practicar Alemania. Observen el contraste que se percibe en la guerra de Libia. Allí, nos hemos metido el Reino Unido, Francia, Italia y España, embistiendo cual mihuras para hundirnos hasta las cejas en una guerra por derrocar a Gadafi, que calificamos de «humanitaria», como si alguna guerra pudiera serlo. Es pura power politics, política de poder en la cuenca mediterránea. En cambio, Alemania ha rehusado meterse. ¿No les llama la atención? Semejante despliegue de poder, que tanto gusta al Reino Unido (vean si no: las Malvinas, la primera Guerra del Golfo, la guerra de Afganistán, la guerra de Irak y ahora la guerra de Libia: cinco guerras importantes en menos de treinta años) y a Francia, y a España (a la que gusta cualquier cosa en la que se pueda figurar aunque no alcance a entender las consecuencias), mucho menos a Italia, que se sumó tarde a la coalición, está sencillamente anticuado, en opinión de Alemania. Yo también soy de esa opinión. La política de poder del siglo XXI será económica y financiera, o no será de poder en absoluto. La guerra de Libia terminará siendo un despilfarro y algo muy próximo al ridículo. Incluso si terminara con éxito para los europeos – nosotros – no nos hará ganar un ápice del poder global que está en juego en el mundo de la economía y las finanzas. ¡Ah! Se me olvidaba que nuestro interés es puramente humanitario.

Y no es que yo esté por la política de poder. Hace dieciocho meses, en noviembre de 2009, cuando la Unión Europea viró de los estímulos fiscales a la consolidación fiscal, yo habría continuado monetizando el déficit público de los países de la UE, mediante su compra por el Banco Central Europeo; lo dije en cuantas ocasiones se me dio oportunidad de decirlo. Y hubiera preferido la monetización porque prefiero más empleo y más pensiones y más bienestar a cualquier parte alícuota del poder mundial. El poder mundial me trae al pairo. La gente es lo que me importa. Pero entonces Europa, y España durante el semestre de su presidencia, apostaron por un euro fuerte en lugar de uno débil, y utilizar esa fortaleza como principal recurso en la política de poder. Y el medio fue la consolidación fiscal. Es así de sencillo.

Pero la historia cuenta. Ahora, dieciocho meses después, no hay fácil vuelta atrás. Si yo dijera que todavía es factible monetizar el déficit, sin poner en mayor riesgo al euro, mentiría. No creo que nadie me hiciera ningún caso porque la cosa es demasiado evidente como para ignorarla. No se puede decir: «borrón y cuenta nueva». Se ha arriesgado ya mucho, se ha llegado demasiado lejos como para que un repentino giro de nuevo hacia los estímulos fiscales, con monetización incluida, dejara de percibirse por los mercados como un signo de debilidad; los días de la moneda común estarían contados y serían pocos. No es que enloquezca por la moneda común, a decir verdad. Hoy me considero más un euroescéptico que un eurocreyente. (¡Anatema, anatema!). Lo que más me preocupa es, como he dicho hace poco, de qué forma podríamos devolver una deuda en euros que aumentaría en términos de paridad adquisitiva en cuanto retornáramos a una peseta inevitablemente devaluada. Y tampoco llego al extremo de los «indignados», que estos días de atrás aplaudían a rabiar la decisión islandesa de no devolver la deuda que tenían contraída con el exterior a través de sus bancos. Negarse a hacer honor a los compromisos adquiridos me parece de una cara dura increíble en el país que en 2007 era considerado por la ONU como el más rico del mundo, precisamente porque llegó a disfrutar de ese privilegiado nivel de vida gracias al dinero que le prestaron los demás. Que la cosa no durara eternamente no es como para decir que lo correcto no es pagar por ello sino dejar que paguen otros. ¡Gorrones! Eso es lo que es Islandia: un país de gorrones.

[Nota: Este artículo forma parte de una serie titulada Crisis de deuda soberana. Si se perdió las entregas anteriores, sólo tiene que hacer clic abajo, en la etiqueta, para tener la serie entera en una misma pantalla; las entradas más antiguas se encuentran abajo.]

Etiquetas:

@purgatecon

martes, 31 de mayo de 2011

Causas de la crisis de deuda soberana /y 6

De todo el conjunto de causas que he ido desgranando en esta serie, ¿cuáles son las importantes y cuáles son espurias? ¿Fue la precipitación de Europa y el Banco Central Europeo en lanzarse a una ofensiva de consolidación fiscal, cuando el dólar todavía trataba de promover los estímulos fiscales, o fue la irremediable idiosincrasia cultural de los PIIGS, o el hecho de que el euro se está construyendo sobre una zona monetaria sub-óptima, o la actuación carente de escrúpulos de los hitmen económicos, o finalmente, la competencia estratégica entre el euro y el dólar como base monetaria de la política de poder del siglo XXI?

No se puede hablar de una única causa con exclusión de las demás. Diría que la más importante de todas ellas resulta de la combinación de dos, a saber, la competencia estratégica entre el dólar y el euro cuando el dólar circula en una zona monetaria óptima mientras que el euro no. Esto parecería remitir a una precipitación doble, estratégica a la vez que táctica, toda vez que la competencia se habría agudizado por los responsables del euro antes de que la reactivación de la zona euro fuera un hecho. Pero la cosa se puede mirar también al revés. Quizá Alemania tenía claro que nosotros (incluyendo a griegos, portugueses, italianos y españoles, o sea, los PIGS) no estábamos por la labor de construir una zona monetaria óptima – reléase la entrada al respecto para ver las exigencias que comporta – y decidió aprovechar las crisis para imponer la disciplina encaminada a imponer tal optimalidad. Entonces, esas tres (o cuatro, si incluimos nuestra peculiar idiosincrasia) causas resultan ser distintos aspectos de una misma cosa. Nos queda la actuación de los hitmen, que – como siempre sostengo en relación con la especulación – se aprovechan de la crisis aunque no sean propiamente una «causa» de ella.

[Nota: Este artículo forma parte de una serie titulada Crisis de deuda soberana. Si se perdió las entregas anteriores, sólo tiene que hacer clic abajo, en la etiqueta, para tenerla entera en una misma pantalla; las entradas más antiguas se encuentran abajo.]

Etiquetas:

@purgatecon

lunes, 30 de mayo de 2011

Causas de la crisis de deuda soberana /5

Hay una explicación específicamente europea de la crisis de deuda soberana. Muy brevemente, la crisis de la deuda soberana es la forma que adopta en esta fase de la crisis económica la competencia entre dos divisas, el euro y el dólar, por adquirir/conservar el primer puesto en el ranking mundial de monedas de reserva. Lo cual require, naturalmente, de varias aclaraciones.

Primero, por qué es tan importante para una moneda estar en el primer puesto del ranking mundial de monedas de reserva. Sencillamente, porque la moneda que lo ocupe, sea el dólar, como hasta ahora, sea el euro, como nos hemos propuesto los europeos que sea, disfrutará de un premio en el mercado global de divisas. Siempre habrá gente que la demande, no para gastarla adquiriendo bienes y servicios en Europa, sino para realizar transacciones con materias primas entre cualesquiera países que no sean europeos o para atesorarla en forma de saldos líquidos a la espera de emplearla rentablemente en algo. Los medios han acuñado, para referirse a este último aspecto, la expresión «moneda refugio»; vale, si se tiene presente que la noción de primera moneda de reserva es más amplia, y por tanto más exacta. Cuando se da esa circunstancia, la moneda vale relativamente más que lo que representa la contribución de la economía que la emite a la producción mundial de bienes y servicios, y los residentes en ella obtienen un plus de productos de la oferta global sobre lo que de otro modo obtendrían. Es la ventaja de que han estado disfrutando en Estados Unidos. Por tanto, se podría decir que los europeos queremos que el euro sea la moneda-refugio a escala global, para disfrutar de la ventaja que han tenido los estadounidenses, y ese empeño nos ha metido en ciertas dificultades. Una de ellas, y de las peores, es la crisis de la deuda soberana. Cuando se tiene presente lo que está en juego, uno entiende mejor la crispación de los medios anglosajones por convencernos a todos de que los portugueses, los italianos, los griegos y los españoles (¡ah!, se me olvidaba: también los irlandeses) somos unos verdaderos cerdos, incapaces de hacer nada a derechas excepto divertirnos revolcándonos en la porquería. Ya que de esa imagen depende crucialmente el fracaso de Alemania – que es quien está más en el empeño – en lograr su malvado fin.

Pero, y ésta es la segunda aclaración, ¿acaso los europeos nos hemos dejado tentar por la codicia y por ello estamos a la espera de ser castigados? Desde luego que no. Para nosotros, que el euro llegue a convertirse en la primera moneda de reserva, o moneda-refugio universal, no es asunto de codicia sino de una importancia vital para el propio proyecto europeo. Si el proceso de integración en que estamos inmersos ha de progresar, o aun sobrevivir, la cuestión de la moneda común y su ascenso a la posición de primera moneda de reserva sólo puede recibir una respuesta. Por una parte, resulta evidente que los problemas de que adolece la moneda común con ocasión de la crisis de la deuda soberana están provocando cierta desafección entre algunos miembros de la Unión Europea que tendrían que haber adoptado ya el euro, como lo han hecho Eslovenia y Eslovaquia; me refiero muy concretamente a Polonia y a la República Checa. Estos dos países, que lo tenían previsto cuando ingresaron en la UE en 2004, están ahora más lejos que nunca de acompañarnos en el euro. No sólo eso; en algunos países que están dentro del euro, la corriente de opinión partidaria de salirse crece en fuerza por momentos; es el caso de Finlandia. Y ya se empieza a discutir si Grecia y Portugal deberían plantearse la salida del euro como única solución a sus problemas económicos.

Pero la historia tiene giros extraños. Finlandia, cuya deuda externa es insignificante, podría salir del euro, si nos atenemos únicamente a las circunstancias económicas del caso. Es casi el único país que podría hacerlo. Grecia, por ejemplo, cuyo caso ha llegado a discutirse en el seno del Eurogrupo – reunión de los ministros de Finanzas de los países que comparten el euro –, no podría hacerlo sin cometer un error garrafal, del que cualquiera puede darse cuenta. Ahora mismo, la deuda soberana de Grecia se estima en 327.000 millones de euros, unos 30.000 euros por cabeza (la nuestra no llega a 13.000). Si salieran del euro, y sólo tendría sentido que lo hicieran para devaluar su antigua/nueva moneda, el dracma, con objeto de aumentar sus exportaciones, reducir sus importaciones y pagar a los acreedores extranjeros con el superávit comercial, por otra parte, indefectiblemente ocurriría que el peso de la deuda externa sobre los ciudadanos se incrementaría en un 50% como consecuencia de la devaluación, según estimaciones recientes, con lo que la deuda que tendrían que soportar pasaría de la noche a la mañana a equivaler para ellos a unos 450.000 millones de euros, ó 45.000 euros per cápita de ahora. Algo parecido nos pasaría a nosotros, por cierto, aunque en menor medida, si se nos antojara salir del euro. Como no hay bien que por mal no venga, resulta que la crisis de la deuda soberana ha venido a encadenarnos, sobre todo a los más endeudados, de una manera mucho más férrea a la galera del euro. De otra manera, se podría decir que la deuda soberana ha venido a quemar nuestras naves y a uncirnos – cual bueyes – al carro de Alemania.

[Nota: Este artículo forma parte de una serie titulada Crisis de deuda soberana. Si se perdió las entregas anteriores, sólo tiene que hacer clic abajo, en la etiqueta, para tener la serie entera en una misma pantalla; las entradas más antiguas se encuentran abajo.]

Etiquetas:

@purgatecon

jueves, 26 de mayo de 2011

Causas de la crisis de deuda soberana /4

Una de mis teorías favoritas sobre la crisis de la deuda soberana – y no sólo es favorita mía, sino de muchos observadores no comprometidos con el sistema – es la que encuentra sus causas en la actuación de los hitmen. Hitman – plural hitmen – es un neologismo inglés que designa al asesino a sueldo. En economía se popularizó tras la publicación en 2004 del best seller de John Perkins Confessions of An Economic Hit Man, en el que el autor relataba sus actividades durante varias décadas como «conseguidor» de fondos del Banco Mundial y varias agencias estadounidenses de ayuda al desarrollo, para comprar la voluntad de presidentes y gobiernos de países emergentes y ponerla al servicio de la lucha contra el comunismo y los intereses de empresas multinacionales. En el libro, describía los medios de que se valía para lograr sus fines, y que incluían informes fabricados, soborno, sexo, chantaje e incluso asesinato.

Una vez acabada la guerra fría, los hitmen económicos no dejaron de actuar. Había todo un mundo globalizado al que sacar rentabilidad, y probaron nuevas herramientas en las crisis financieras. En las crisis de los noventa y primeros años de este siglo, encontraron la forma de manipular los mercados, depreciar las monedas nacionales hasta extremos absurdos, poner histéricos a gobiernos y favorecer los pánicos, con el objetivo de hacerse con las riquezas de los países afectados, a precio de ganga. Ahora mismo, hitmen al servicio de hedge funds radicados en paraísos fiscales de todo el mundo seguirían manipulando informes, la opinión de los mercados, la actuación de organismos internacionales y hasta comprando a funcionarios de la Unión Europea y el propio gobierno griego, simplemente, para eso: forzar la venta de los activos reales de Grecia a precios de saldo.

¿Fantasía conspirativa o realidad? Ustedes mismos juzguen.

[Nota: Este artículo forma parte de una serie titulada Crisis de deuda soberana. Si se perdió las entregas anteriores, sólo tiene que hacer clic abajo, en la etiqueta, para tener la serie entera en una misma pantalla; las entradas más antiguas se encuentran abajo.]

Etiquetas:

@purgatecon

martes, 24 de mayo de 2011

Causas de la crisis de deuda soberana /3

El problema básico de la eurozona es que no ha conseguido convertirse en un «zona monetaria óptima», como la teoría afirma que tendría que ser para funcionar establemente. Se habla de la falta de una gobernanza económica única, como único quiere ser el mercado interior de la Unión Europea. Pero esto de la gobernanza común es una forma de escapar al problema. Más inmediata es la falta de mecanismos de ajuste. En una zona monetaria óptima, según la teoría, un aumento vertiginoso del desempleo, como el que se ha dado en España, debería dar lugar – con o sin gobernanza común – a: a) una reducción de salarios y precios, que hiciera más competitiva su producción y atrajera capitales de otras regiones de la zona monetaria; b) procesos emigratorios desde la región con desempleo a regiones de la zona monetaria donde el empleo esté creciendo; ó c) transferencias de renta, basadas en impuestos o en inflación generada por monetización del déficit, desde las regiones con empleo a las regiones con desempleo. a) opera muy lentamente si es que opera en absoluto y b) no opera en absoluto: los irlandeses, con un crecimiento muy débil, se plantean emigrar antes a Australia que a Alemania, que crece por encima del 6% interanual, o a Francia, que lo hace al 4%. c) no está prevista en cuanto a impuestos y el Banco Central Europeo rechazó monetizar el déficit. Consecuencia: apenas hay ajuste, el desempleo se eterniza en las regiones de crecimiento más débil y – sin transferencias – lastra las finanzas de sus gobiernos por la doble vía de mayores gastos y menores ingresos. Así, la crisis de deuda soberana es prácticamente inevitable. Nada que no hubiera podido prever la teoría. La cuestión, entonces, es si la eurozona puede sobrevivir como una zona monetaria sub-óptima. Sobre esto, no hay nada escrito.

[Nota: Este artículo forma parte de una serie titulada Crisis de deuda soberana. Si se perdió las entregas anteriores, sólo tiene que hacer clic abajo, en la etiqueta, para tener la serie entera en una misma pantalla; las entradas más antiguas se encuentran abajo.]

Etiquetas:

@purgatecon

martes, 17 de mayo de 2011

Causas de la crisis de deuda soberana /2

Acerca de las causas subyacentes de la crisis de la deuda soberana, hay por lo menos dos teorías con «denominación de origen», una tercera de un marcado carácter teórico, y una cuarta – trivial – que sitúa su origen en la especulación. Digo que esta última es trivial porque la especulación siempre sacará provecho de cualquier situación, pero no puede crear ninguna. Lo que nos interesa es la situación creada porque, mientras subsista, la especulación siempre estará aprovechándose de ella por más de que uno se lamente sin poder evitarlo.

A la primera de las dos teorías con «denominación de origen» la llamaré la angloamericana, porque son los medios especializados de habla anglosajona – Financial Times, The Economist, Wall Street Journal, Bloomberg… – quienes la han popularizado, hasta el extremo de darle carta de naturaleza. Estos medios toman los datos brutos que la economía y las finanzas producen todos los días, y los utilizan para enhebrar un relato según el cual la crisis de la deuda soberana revela dramáticamente la debilidad del euro, basado en una heterogénea colección de economías nacionales totalmente disímiles entre sí, carentes de disciplina común en ámbitos-clave como impuestos y finanzas públicas, mercados laborales y sistemas financieros, organización de los poderes públicos y hábitos de consumo y ahorro de los particulares, ética de los individuos y morales colectivas. Si la Unión Monetaria Europea ha logrado que se emita y circule una moneda común, en realidad – continúa el relato – tan solo ha logrado eso, mientras el foso se ensancha en todos o casi todos los ámbitos mencionados. Se diría que las fuerzas centrípetas que sostienen a la moneda común prevalecieron sobre las fuerzas centrífugas que tienden a hacer que se desmorone, en el periodo 1999-2008; tras el comienzo de la crisis, y hasta el otoño de 2009, se mantuvieron en precario equilibrio; y de forma clara desde comienzos de 2010 las fuerzas centrífugas predominan, y lo hacen de manera más intensa con cada incidente singular de la crisis de deuda soberana.

Como se puede apreciar, el relato de los hechos y su encadenamiento lógico por los medios angloamericanos coincide parcialmente con el de las causas de la crisis que he llamado «aparentes» en una entrada anterior. Lo que hay es una diferencia de énfasis en un extremo: según el relato angloamericano, el euro estaría cada vez más cerca de hundirse definitivamente en el marasmo de la heterogeneidad de sociedades y políticas, para hacerse pedazos y desaparecer tragado por la historia. Hay una especie de destino fatídico empujando hacia delante las cosas, contra el que lucharían – inútilmente, como Tántalo empujaba su piedra – los países centrales, y sobre todo Alemania. Quizá es el espíritu nacional de la propia Alemania el que lleva esa impronta fatídica en su seno; Alemania, siempre intentando cosas imposibles y desastrosas siempre, como en 1914, en 1939 y, aunque por otros medios, también ahora. Y el motivo de su fracaso, al que parece nuevamente abocada en esta ocasión, no es otro que la grandeza de Alemania aparece lastrada por la mediocridad de algunos de los socios de que se rodea. Los medios angloamericanos incluso acuñaron una palabra despectiva para designarnos: PIGS (cerdos, en inglés), siglas de Portugal, Italia, Grecia y España (Spain). Esta palabra se acuñó bastante antes, en los noventa del siglo pasado, y entonces a Irlanda no se la asociaba al grupo; antes al contrario, Irlanda era, según el relato angloamericano, un ejemplo a seguir. Primero, por razón de ser un país «anglosajón», si no étnicamente – que no lo es – sí lingüísticamente; segundo, porque los descendientes de irlandeses forman una comunidad muy influyente en Estados Unidos, y viene a cuento porque hablamos de la opinión informada por medios angloamericanos; y último pero no menos importante, porque Irlanda seguía desde lustros atrás las prescripciones desreguladoras del Fondo Monetario Internacional y de la corriente principal del pensamiento económico actual, prescripciones que nos metieron de hoz y coz en la actual crisis. Cuando se vio que el más obediente discípulo de la clase resultaba ser tan torpe como el más revoltoso; es decir, cuando Irlanda tuvo que pedir la misma clase de ayuda financiera que poco antes había pedido Grecia, hubo que cambiar a regañadientes las siglas para dar entrada a Irlanda en el pelotón de los torpes, con gran dolor de todos los anglosajones y de los norteamericanos irlandeses. Y con gran dolor, no tanto por encasquetar el sambenito también al discípulo predilecto; después de todo, también los irlandeses lo hicieron mal, qué caray, el mundo es duro y la competencia lo hace más duro, que se fastidien. No, con gran dolor porque se les estropeó la bonita palabra PIGS para convertirse en PIIGS, que ya no significa nada. Así de «listos» son los que informan la opinión mundial y tratan de manipular los mercados. Con esas palabritas estúpidas se ha pretendido acomplejarnos; a nosotros, que ya tenemos lo nuestro; a los griegos, que lo están pasando realmente mal; a los irlandeses, que sin comerlo ni beberlo les ha tocado la china, hasta el punto que la mayoría de sus jóvenes ya piensa en emigrar; a los portugueses, que pueden empezar a pasarlo tan mal como los griegos en pocos meses; y a los italianos, que de momento ni se inmutan porque la cosa les cae aún lejos.

Y frente a este relato, que presenta a Alemania condenada a fracasar en su empeño actual por causa de nuestra pretendida incompetencia, y que cala cada vez más hondo en Finlandia y en otros países del norte de Europa, la única respuesta oficial de Europa es tratar una y otra vez de convencer a todo el mundo – la última vez por boca del comisario europeo Olli Rehn, precisamente un finlandés – de que España e Italia se han «desacoplado» de la desastrosa trayectoria de los otros tres países, que ahora conforman la palabra inglesa cerdo, en singular, un drama que se representa una vez, aunque sea en tres actos, y que no vuelve a repetirse. Esto es jugar en terreno contrario. Resulta demasiado evidente que lo hacen porque necesitan pedir más dinero para Portugal, y quizá también – por segunda vez – para Grecia, y si los paganos del estropicio sospecharan que no es la última vez que se les pide, y que la próxima sería mucho más dinero (empieza a hablarse de que el rescate de España supondría más de 300.000 millones de euros), no habría quien les sacara dinero ahora.

Todo esto son cosas conocidas. En la presente situación, en la que los medios angloamericanos se extienden profusamente en presentar la forma mediterránea de entender la vida como una ofensa al espíritu WASP del capitalismo, no está de más volverlas a sacar a la luz, ponerlas ahí delante de nuestros ojos y decirnos: «Todo eso no es más que basura intelectual».

[Nota: Este artículo forma parte de una serie titulada Crisis de deuda soberana. Si se perdió las entregas anteriores, sólo tiene que hacer clic abajo, en la etiqueta, para tener la serie entera en una misma pantalla; las entradas más antiguas se encuentran abajo.]

Etiquetas:

@purgatecon

lunes, 16 de mayo de 2011

Causas de la crisis de deuda soberana /1

La crisis de deuda soberana es un episodio, por ahora localizado en Europa, dentro de la crisis financiera global desencadenada en 2008. El episodio consta de una serie de pánicos reiterados de los mercados de deuda, que dificultan extraordinariamente la financiación pública de las economías de la periferia de la zona euro. Los pánicos han forzado, hasta ahora, el rescate financiero de tres de esas economías (Grecia, Irlanda y Portugal) por parte de la Unión Europea y el Fondo Monetario Internacional. Países como España, Italia, Bélgica e incluso Francia – los dos últimos, ya no enclavados en la «periferia» sino más bien «centrales» – han sido objeto de atención más o menos permanente ante el riesgo, real o imaginario, de contagio.

Una matización importante es que sólo los países de la zona euro se ven inmersos en la crisis de deuda soberana. Otros países pueden sufrir problemas enteramente similares, y de hecho los han sufrido en el pasado y podrían sufrirlos en el futuro; pero no se habla de ellos como incidentes de esa crisis sino como casos aparte. Tal es el caso, por ejemplo, de las crisis financieras de Islandia y Hungría, en 2008, y Letonia en 2009, atendidas las tres por el FMI y la segunda y tercera también por la UE, a la que pertenecen ambos países. En este sentido, el primer incidente de la crisis de deuda soberana se considera la crisis de Grecia, destapada a comienzos de 2010. La razón para el diferente tratamiento que se da a los distintos casos no es otra que la íntima conexión de la crisis de deuda soberana con el euro y los problemas de su supervivencia.

A la hora de buscar causas a la crisis, se puede hablar de dos clases: causas aparentes y causas subyacentes. A las causas aparentes me he referido in extenso en este blog. Por resumir, es el giro que imprimió la UE, y de manera particular la zona euro, a su política económica en el otoño de 2009. Mientras el FMI mantenía la recomendación de prolongar los estímulos fiscales, toda vez que la recuperación iniciada el verano anterior parecía aún frágil, la UE viró hacia políticas de consolidación fiscal. Al mismo tiempo, el Banco Central Europeo, que había llevado a cabo una política acomodante, mediante la provisión ilimitada a los bancos de dinero a un año y al 1% de interés, anunció la terminación de esa financiación extraordinaria para retornar a las condiciones habituales: dinero a 7 días y a 3 meses. Los bancos, que habían tenido fácil (y muy barata) la adquisición de deuda pública a corto plazo, la tuvieron un poco más difícil; y los gobiernos, que habían financiado sus estímulos fiscales con deuda a corto tuvieron que empezar a emitir más deuda a largo y a buscar la financiación en los mercados. Los mercados, a su vez, que dormitaban desde septiembre de 2008 en un limbo de desprecio por parte de la opinión pública, que veía en ellos a los culpables de la crisis, se vieron de repente revitalizados y de nuevo plenos de vigor. Por una parte, empezaron a sospechar que quizá la UE y la zona euro habían cambiado de política demasiado pronto, lo que ponía en riesgo la recuperación, sobre todo, en los países más débiles. Por otra, empezaron a discriminar entre los países que venían a ellos a buscar financiación, cosa que no había hecho el BCE. De la confluencia de todo ello, surgió la crisis propiamente dicha.

Etiquetas:

@purgatecon

jueves, 12 de mayo de 2011

Presentación de nueva serie sobre Crisis de Deuda Soberana

Me encuentro por unos días en Rzeszów, una pequeña ciudad – pero realmente bella, como es habitual en toda la Europa oriental – en la Polonia subcarpática, a unos 180 km al este de Cracovia. He venido aquí en una misión docente del programa Erasmus, a impartir un seminario sobre la crisis de la deuda soberana, ese tema que a nosotros nos trae de cabeza y ellos – los polacos – contemplan más con curiosidad que con otra cosa, a cierta distancia, que para eso están fuera del euro. La circunstancia me ha obligado a resumir y sintetizar ideas sobre el tema, que por lo demás tengo bastante trabajado, como habrán podido observar los lectores de PURGATORIO ECONÓMICO. Pero el cambio de perspectiva está resultando realmente útil. Aquí he venido a defender el euro, faltaría más; de ningún modo a confirmar la sospecha de los polacos de que han hecho buen negocio rehusando entrar en la moneda común, como en cambio han entrado sus vecinos eslovacos. No confundamos los planos.

La necesidad de adoptar un punto de vista para mí un tanto inusual en la perspectiva que adopto por lo general en este blog – bastante crítica, creo, con el gobierno económico de España y de la zona euro – me ha llevado a tratar de organizar la información de manera distinta a como estoy acostumbrado; y, sobre todo, a enmarcarla en consideraciones de contexto que permitan situar adecuadamente esa información a quien no tiene presentes los problemas de esta crisis particular, como nosotros – a la fuerza ahorcan – los tenemos. La reflexión que he tenido que realizar, el esfuerzo de hacerla encajar en una presentación en diapositivas y, último pero no menos importante, la posibilidad de disponer del tiempo libre que me dejan las clases para pasarlo en terrazas al aire libre, en una plaza mayor de edificios del siglo XVIII, todos muy bien conservados y/o restaurados, donde se puede trabajar a gusto en días soleados (por ahora, toco madera) que no son corrientes aquí, me ha convencido de que el mejor empleo que puedo dar a mi asueto, aparte de contemplar a lo que por aquí merece ser visto, que es bastante, es escribir, de la forma más ordenada posible, mis ideas sobre el contexto que rodea la crisis de la deuda soberana. Unas ideas, éstas del contexto de la crisis, que casi siempre están en la penumbra de lo entredicho o simplemente sobreentendido, y que, por una vez, conviene hacer explícitas para mejor comprensión de las propuestas políticas.

De ahí la serie Crisis de la Deuda Soberana que en este mismo momento comienza. Permanezcan atentos a sus pantallas.

Etiquetas: ,

@purgatecon